La última reverencia

El escenario
A.V.D.

7 de Agosto.- Para empezar el post de hoy, quisiera hacer una declaración que, a alguno de mis lectores (sobre todo los que estén más en el ajo de lo que cuento) les puede parecer desconcertante: no puedo evitar sentir cierta simpatía por Stefan Petzner. Antiguo jefe de prensa de Haider, Peter Pan de la política austriaca, muñequito de guiñol, objeto de chistes y de dobles intenciones, presa favorita de todas las personas que le toman por tontico porque no tiene ninguna doblez.

Mi simpatía por Petzner nace, no de ninguna afinidad política (aunque estoy bastante seguro de que Petzner no tiene un pensamiento definido en ese aspecto y nadie puede ser afín a algo inexistente) sino que brota de ese afán protector que a uno le despiertan siempre los niños a los que sus compañeros de colegio acogotan en cualquier esquina del recreo, o esas personas que, en el fondo de su alma, conocen su propia mediocridad y tratan de trascenderla actuando siempre de farol, llamando la atención. Buscando, en definitiva, el amor que se niegan a sí mismos.

A pesar de que no les vi nunca juntos personalmente, estoy seguro de que Petzner creyó encontrar en Jörg Haider ese amor del mentor, solar y curativo, y que su llanto televisado, cuando el astuto político ultra pasó a mejor vida y Petzner se vio devuelto al frío nocturno de su existencia anterior, fue el único sincero de todas las personas del entorno del muerto.

Sirvan como ejemplo aquellas escenas del entierro de Haider en Klagenfurt, con Claudia Haider a la cabeza del cortejo, escenificando la sobria viudez de la mujer del soldado y pareciendo en realidad el consejero delegado de una multinacional que acude al sepelio de un colega no especialmente querido.

Creo que Petzner fue la única persona del entorno de Haider que se engañó a propósito de la auténtica naturaleza del personaje. Por necesidad vital, quizá. Porque si el instinto no me falla, Haider debió de ser el único que, con dosis mínimas de atención, con esa escucha selectiva que los poderosos hacen llover a veces sobre los aduladores que les mantienen en forma la autoestima, hizo sentir a Stefan Petzner, por primera (y quizá por única vez) que era alguien cuya opinión contaba para algo en esta vida.

Desde que Haider murió, Stefan Petzner ha seguido un curso vital algo errático, cada vez con el moreno de rayos UVA más pronunciado, cada vez más delgado, cada vez más merodeador de adolescentes con los que puede hablar de esas cosas pequeñas y absurdas que solo interesan, o bien a los Peter Panes, o a aquellos que están dejando de ser niños, pero que todavía tienen un pie en los inútiles afanes de la infancia.

Desde octubre de 2008, ha ido encontrando su sitio en la política austriaca, rompiendo sin intención todo tipo de tabúes intrascendentes (los indumentarios, sobre todo), viendo como sus sugerencias y opiniones eran rechazadas por ese mundo macho de los políticos como Strache, que se ven a sí mismos como animales de la sabana que tienen que orinar o rugir constantemente para marcar su territorio.

Si yo no me equivoco, ayer Petzner escenificó el último acto de su carrera política. Acudió a la sala de un tribunal que está juzgando a Birnbacher. Llevaba días diciendo que su declaración dejaría en ridículo los explosivos testimonios escuchados hasta ahora.

Se presentó vestido de gangster –traje y camisa negros, corbata estrecha de color gris perla-, se sentó en el estrado y, al poco tiempo, se vio que Petzner no tenía nada que decir y que, además, nadie se tomaba en serio las cosas que decía. Empezando por el juez, que se prodigó en comentarios despectivos.

Por dos cosas: porque no podía hablar sin incriminarse a sí mismo o a Jörg Haider y porque sabía perfectamente que la información que guarda (o que los otros creen que guarda, que para el caso es lo mismo) es la última garantía que le queda de poder despertar el interés de ese mundo exterior que le ve solo, desprotegido, descolgado, algo desubicado, corriendo detrás todo aquel que quiera escucharle.

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