La habitación del Führer

Hitler
Busto de Hitler que estuvo en la plaza del ayuntamiento de Viena y que hoy está en el Museo del Ejército (A.V.D.)

13 de Agosto.- Cuando yo era pequeño, había en España una leyenda urbana que explicaba por qué en los bares ponían paella los jueves.

Se decía –vamos, mi padre me lo contaba con mucho convencimiento- que la valenciana paella era el manjar favorito de Franco y que, como la agenda de Franco, por motivos de seguridad, era un secreto hasta el último momento, y el general podía personarse en cualquier momento en cualquier punto de España, los dueños de restaurantes, para curarse en salud, incluían en sus cartas paella el día central de la semana, no fuera a aparecer el Generalísimo sin avisar y, al no poder comer su plato favorito, los mandara a Cuelgamuros a profundizar el agujero del Valle de los Caídos.

Como los dictadores son unas personas que hacen, en general, lo que les sale del chirimbolo (que para eso pueden y, al que le parece mal, van, se ponen y lo fusilan) y su principal método de actuación es imponer el miedo a las consecuencias de contrariarles, también en la Alemania nacionalsocialista se acometieron muchos proyectos del tipo “porsiaca”.

Esto es, por si acaso a Hitler le daba por dejar de escuchar a Wagner y manifestarse sin avisar, como un ectoplasma cabreado, en cualquier punto de los territorios sojuzgados bajo la bota nazi.

Es el caso de la historia que nos ocupa hoy.

Volksteather
El Volkstheater (A.V.D.)

En 1899, se construyó, entre la Mariatheresienplatz y lo que hoy es el Museums Quartier, el coqueto edificio del Volksteather. Como los nazis eran adeptos a las teorías de Keynes, y estaban convencidos de que el deber fundamental del Estado, en lo económico,era gastar y gastar, sin que en realidad importara mucho la utilidad del gasto, impulsaron muchas obras en lo que entonces se llamaba “Ostmark”, o Marca del Este. No sólo de nuevas construcciones, sino también de renovaciones. En 1938, apenas Hitler puso pie en Viena (para tomar la del humo poco después), se puso en marcha un ambicioso plan de “embellecimiento” de la ciudad, que incluyó la renovación del Volksteather (entonces Deutsches Volkstheater). Se eliminaron las plazas de pie, se remozó un poco la fachada y se construyeron algunos interiores relativamente lujosos en el espacio que hoy ocupa la dirección del teatro. Uno de esos interiores lujosos es una habitación llamada “del Führer” por haber sido concebida como una antesala utilizable en caso de que a Adolf Hitler le diera por aparecer en Viena –ya saben mis lectores el “efecto paella”– para que no tuviese que utilizar los accesos que utilizaban el común de los mortales y pudiera acceder a la sala del Volksteather directamente, sin pasar por la casilla de salida.

La Habitación del Führer es una sala panelada de marrón, diseñada por un arquitecto llamado Leo Kammel (al que hoy sólo conocen los que están muy en el ajo de la época del nacionalsocialismo en Austria y la Wikipedia, claro),  inconfundiblemente Art Decó, a la que se accede por una escalera especial cuya entrada está en un lateral del teatro, en la Neustiftgasse.

La saleta de recepciones en cuestión sobrevivió a los bombardeos de la segunda guerra general (que dejaron gravemente tocada la fachada del teatro que da al Museums Quartier) y, sin ser notada, durmió el sueño de los justos hasta que, en 2005, el director del Volkstheater se hartó de ver aquella lúgubre arquitectura en la antesala de su despacho y mandó desmontarla.

Los funcionarios de la Dirección de Monumentos pusieron el grito en el cielo y, tras el correspondiente recurso, consiguieron que el panelado de la habitación se volviera a montar, diciendo que era “uno de los pocos interiores conservados en Viena de la época nacionalsocialista” lo cual, aceptémoslo, resulta una razón un poco endeble para conservar una cosa que así, a primera vista, no contiene demasiados elementos dignos de mención.

El incidente, eso sí, desató un gran debate alrededor de la memoria histórica, cuyos términos, como suele suceder en estos casos, se sacaron pronto de su quicio y abandonaron los tranquilizadores parajes del sentido común.

Por un lado, la misma histeria que llevó a la eliminación de estatuas y otros chismes añejos en España, llevó a que los puristas quisieran condenar el conjunto al fuego purificador (a buenas horas). Por otro lado, los partidarios de la conservación del patrimonio histórico, convencidos de pronto de la trascendental importancia de una saleta que parece la sala de espera de la consulta de un médico de pago.

El más inteligente fue el director del Volkstheater, que decidió abrir la saleta al público y montar en ella una pequeña exposición y, ocasionalmente, representaciones teatrales de bolsillo. Eso sí: con una explicación en una plaquita del cómo y del porqué. Como debe ser.

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Un comentario a La habitación del Führer

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