Erich Rebasso: cosecha negra

Wienerwald
A.V.D.

17 de Agosto.- La única foto de Erich Rebasso que ha sido reproducida por los medios muestra un primerísimo plano de un hombre rubio de ojos azules que parece encontrarse al final de su juventud. Las cejas, muy pobladas, dan al rostro un carácter noble pero hasta cierto punto simiesco, parecido a las representaciones de nuestros primeros padres que se guardan en los museos de historia natural.

Rebasso conserva en la foto la frescura del que está acostumbrado a trabajar a la intemperie y, quizá debido a la limpieza de su mirada, resulta difícil creer que tenía cuarenta y ocho años. Más parece un treintañero en cuyo rostro empezaran a marcarse las huellas de largas marchas por el monte o de sanas gestas dominicales encaramado en un sillín. Si hay que buscar un indicio de su auténtica edad, quizá pueda encontrarse en la dolorida expresión de la cara con que Rebasso nos mira desde el otro lado del río de la muerte. Los ojos ligeramente entornados, la boca cerrada. Como si le agrediese una luz fuerte o se encontrase presa del cansancio. El fondo de la foto ha sido eliminado, aunque por los tonos pardos se adivina cierta vegetación, y el único indicio que tenemos de la forma de vestir de Rebasso (ese dao que nos resultaría tan revelador) es lo poco que se ve de una camisa azul de rayas, comprada seguramente en una cadena textil local, digna, pero no especialmente cara, como Tlapa o Vögele. Una camisa que hablaría de un hombre de gustos modestos o de una persona que, al estar obligada por razones profesionales a vestir de traje la mayor parte del tiempo, reservase para el fin de semana un uniforme impersonal compuesto de un par de camisas de sport y ese tipo de vaqueros que los hombres se compran cuando tienen pareja estable y no se sienten en la necesidad de tomarse el trabajo de gustar.

Los restos de Erich rebasso fueron encontrados ayer en los bosques de Viena por un cazador, cerca de un caminillo muy concurrido. Debido al avanzado estado de descomposición del cuerpo, ha habido que esperar a que las pruebas de ADN confirmasen la identidad del difunto.

Rebasso regentaba, junto con su hermano, un bufete de abogados que basaba su prosperidad en la privilegiada relación que los nuevos ricos rusos tienen con la capital de Austria. Es relativamente frecuente que los empresarios venidos del frío se gasten aquí el producto de sus no siempre claros negocios, comprando las putas más bellas, los diamantes más puros y cantidades industriales de ese tipo de alcoholes de alta graduación que se suben a la cabeza sin producir jaquecas graves al día siguiente.

Por otro lado, los abogados vieneses unen, a su sólida reputación de eficacia, labrada durante décadas de equilibrios entre dos bloques, una fama merecida de ser partidarios de enterrar en silencio todos aquellos asuntos cuya delicadeza asciende a varios miles de rublos.

También saben que deben obrar con prudencia, porque sus clientes no se andan con contemplaciones  y un paso en falso puede costarles muy caro. El día 27 de Julio, viernes, Erich Rebasso se despidió de su secretaria, a la que probablemente le confirmó citas para la semana siguiente a las que ignoraba que nunca acudiría. Al tomar el ascensor, quizá pensase en las cartas amenazadoras que había recibido de algunos clientes rusos que habían sido víctimas de una estafa cuyo centro eran dos pequeñas sociedades domiciliadas en el bufete de abogado de los hermanos Rebasso.

Haciéndose pasar por Erich, alguien había utilizado el nombre de estas dos empresas para estafar a un grupo de pequeños ahorradores rusos un total de cincuentamil euros. Rebasso se había declarado inocente, pero los estafados no habían atendido a la sutileza legal de su argumentación, y habían tomado su ofrecimiento de ayuda para esclarecer lo sucedido como una burla.

Al llegar al garaje subterráneo del edificio en el que trabajaba, Rebasso se dirigió a su berlina Mercedes. Debió de sorprenderse al ver a un desconocido al volante. Rapidamente, un segundo sujeto le redujo y le tiró como un fardo al asiento trasero. El Mercedes salió del garaje seguido por un vehículo de alquiler. Al día siguiene, la familia de Rebasso denunció su desaparición e informó a la policía que le habían pedido un rescate de medio millón de euros. No lo sabían, pero Erich Rebasso estaba ya muerto, los ojos azules, helados para siempre, observando el frío crecimiento de las raíces de los árboles del bosque de Viena.

Sus asesinos fueron detenidos en Moscú hace unos días. Los acreedores, probablemente, nunca recuperarán su dinero.

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