Llorenç Vitriá: del ring a Mauthausen

Mauthausen
Muertos españoles en Mauthausen (A.V.D.)

20 de Agosto.- Uno de los capítulos más negros de las relaciones hispano-austriacas se produjo a principios de los años cuarenta y tiene como escenario dantesco e ineludible el campo de exterminio de Mauthausen, en las cercanías de Linz.

Ante el visitante, coronando un suave promontorio del terreno, se alza la mole de aspecto medieval, en la que vivían los desgraciados que los nazis llevaron allí a malvivir y, en la mayoría de los casos, a malmorir, mientras extraían la piedra con destino a las grandes edificaciones que la vesania de Hitler, con la complicidad de su arquitecto, Albert Speer, había planeado levantar en la que el dictador alemán sentía como su ciudad natal.

Lo que no mucha gente sabe es que, en Mautahusen, murieron muchísimos españoles a los que, el siniestro personaje que mandaba en España en aquellos momentos (un tipo bajito, frío y acomplejado que hundió al país en cuarenta años de mediocridad, ya sabemos todos de quién hablamos) no movió un dedo por salvar. Se trataba, en su mayoría, de los deportados en el llamado “convoy de los 927”, compuesto por exactamente ese número de refugiados republicanos procedentes del campo de concentración de Angulema. Habían pasado a Francia al perder la República la guerra civil, y el armisticio que el gobierno colaboracionista francés firmó con Alemania en 1940 fue su sentencia de muerte.

Uno de estos pobres desgraciados que terminaron sus días en Mauthausen o sus campos satélites fue Llorenç Vitriá. Probablemente, a mis lectores de hoy en día, el nombre de Vitriá no les dirá nada pero, durante su carrera deportiva, fue uno de los ases del boxeo europeo. Tanto es así, que compitió en los juegos olímpicos de París de 1924 cuando sólo tenía dieciséis años.

Había nacido en Barcelona en 1908 y se había fajado en el boxeo aún cuando este deporte estuvo prohibido en España entre 1911 y 1922, quizá porque el Gobierno pensaba que el boxeo, o el hampa que crecía a su sombra, era peligrosa para el orden público. Vitriá, se convirtió en Campeón de Cataluña en 1923 y en 1924, a los dieciséis, fue proclamado Campeón de España en la categoría de Peso Mosca. Compitió en París y, a partir de ahí, su carrera fue imparable hasta 1932, momento en que le fue arrebatado el campeonato de España y su estrella empezó a apagarse. En 1934, cuando Vitriá tenía solamente 26 años, el boxeo terminó para él de una manera triste: perdió, junto a un púgil llamado Arlándiz, un combate que duró solamente doce segundos.

Es fácil imaginar a Vitriá dando tumbos de gimnasio en gimnasio, boxeando contra la sombra de lo que había sido, durante los dos años escasos que tardó en estallar la guerra civil. En la contienda fratricida, Vitriá luchó en la batalla del Ebro y, cuando Franco tomó Barcelona en 1939, como queda dicho, pasó a Francia; a esperar un destino que no le depararía más que amargura.

El destino de Vitriá después de su deportación fue Mathausen-Gusen, un campo satélite de las canteras de la muerte a donde, es creencia común, se llevaba a los presos que habían dejado de ser útiles en las canteras. Desde que el destino lo llevó a aquel moridero, Vitriá se dejó ir. El día 18 de Junio de 1941, derrotado, decidió escapar de aquel infierno de la única manera que podía: junto con otro exboxeador recluso se lanzó contra la valla electrificada del campo, quedando muerto en el acto. De la maravilla del ring sólo quedó un muñeco desmadejado. Los restos de Vitriá, cenizas que el viento levantó sobre los bosques que rodean a Linz, se fundieron con el verdor de la campiña austriaca, alcanzando quizá la última paz que la vida le negó. Allí descansan.

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Un comentario a Llorenç Vitriá: del ring a Mauthausen

  1. José Damián dice:

    Triste historia, un desgraciado y un mundo desagradecido. Al menos la memoria le puede hacer algo de justicia.

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