Frank Stronach va de compras

La gente ya no se sorprende de nada
Un dinosaurio en Mariahilferstrasse, área comercial de Viena (A.V.D.)

30 de Agosto.- El que esto escribe, ha dejado muchas veces dicho aquí que le parecía que los políticos debían de ser, sobre todo, gestores del dinero de los ciudadanos y que, para ciertas cosas, debían de olvidarse de los condicionantes ideológicos y tratar a los países como si fueran empresas. Sin embargo, los últimos acontecimientos en la trastienda de la política austriaca están haciendo que tenga mis dudas.

Según declaró ayer la cabeza del BZö, Sr. Josef Bucher (al que mis lectores conocen ya como amedrentado entrevistado de Armin Wolf), el millonario Frank Stronach intentó “comprarle” en febrero de este año por medio millón de euros en un encuentro a cinco (Stronach y Bucher junto con sus correspondientes asistentes –femeninas ambas, curiosamente- y Peter Westenthaler, un señor de la camarilla de Haider que, desde que murió El Ausente, parece que no sabe bien si buscar criada o meterse a servir).

Según el relato que hace Bucher de la entrevista, tras veinte minutos de conversación en la que el millonario austro-canadiense le tuteó desde el principio y durante los cuales Stronach le propuso a Bucher fundar un partido a pachas, Stronach se volvió a la asistente (piernas cruzadas, falda corta, ademanes eficientes de “taquimeca”) y dijo: “Mañana, le transfieres a Bucher 500.000 euros”.

Llegado a este punto, el político austriaco, hostelero de profesión en la vida civil, cayó presa de un ataque de indignación y se puso a hiperventilar, se colocó la mano en el pecho como cuando Julio Iglesias entona alguno de sus éxitos y, cuando recuperó el resuello, repuso que “él no necesitaba el dinero” y dio por terminada la entrevista.

En las mismas declaraciones en las que cuenta este suceso que exhala un aroma tan inconfundible a Los Soprano,  Josef Bucher también explica, tapándose la nariz con los deditos muy finitos, que Stronach va por ahí ofreciéndole a la gente (vamos, a los diputados que se le ponen al teléfono) 15.000 Eurazos brutos mensuales a cambio de que se incorporen a sus filas. Oferta que se ve complementada con la de un empleo en el consorcio Magna en el caso de que, por hache o por bé, el partido al que Stronach está dando forma a golpe de chequera no llegue a materializarse.

El repentino ataque de honradez de Josef Bucher, sin embargo, tiene mucho de sospechoso. Si la entrevista en la que el millonario intentó comprar su virtud se produjo en febrero, ¿Por qué Bucher ha esperado hasta el día de ayer, 29 de los corrientes, para cantar de plano? Ha tenido cientos de ocasiones de desenmascarar al fistro sessuarl. Entre ellas, y no la menor, la entrevista que Armin Wolf le hizo hace un par de semanas y durante la cual tuvo la ORF para él solo (o casi).

Vamos a aventurar una explicación: para formar una facción propia en el parlamento austriaco, lo que, aquí, un poco minifalderamente, se llama un Club, se necesitan cinco diputados. De momento, se han dejado seducir por Frank Stronach cuatro. Tres de ellos, por cierto, ex diputados adscritos al BZÖ, el partido de Bucher. A saber:  Robert Lugar, Erich Tadler y la diputada, que anunció ayer su intención de hacerse “Stronachista”, Elisabeth Kaufmann-Bruckberger.

Los dos primeros, habían entrado en el parlamento por el BZö pero, a estas alturas de la legislatura, eran ya lo que, en el argot político austriaco, se llama con deliciosa expresión “diputados salvajes” (Wilde Abgeordneten). Esto es: personas que, por no estar de acuerdo con la deriva de su partido, no respetan la disciplina de voto ni Cristo que lo fundó, y van por libre. Nuestra amiga Elisabeth, sin embargo, hasta ayer, no era nada salvaje (vamos, que se sepa).

Parece probable pues que a Bucher no le haya sentado nada bien este éxodo de personas de un partido que, de todas maneras, y según las encuestas, es ya una formación con menos futuro que la Falange (cualquiera de las cuatro o cinco que se presentan a las elecciones en España) y que haya decidido, con lo que aquí se llama “Stierkampfersehrgefühl” (o sea, con vergüenza torera), morir matando y hacerle a Stronach todo el daño que pueda antes de marcharse a sus negocios en Carintia.

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