Viviendo juntos

Una pareja
A.V.D.

12 de Septiembre.- Querida Ainara: Una de las actividades que los seres humanos emprenden con más frecuencia es la de emparejarse. No es fácil. Todos vamos por el mundo con un aparato de percibir la realidad integrado en la cabeza y, aunque la realidad es la misma para todo elmundo, la calibración del aparato con que la percibimos es distinta para cada persona.

Para que una pareja funcione, hace falta que la percepción de la realidad de sus componentes sea, si no igual, por lo menos compatible. Los antiguos, más o menos hasta la época de mis abuelos, confiaban esto a dos factores: a la suerte y al tiempo. Tenían fe en que, a base de paciencia y de años, esa extraña experiencia de desnudarse cada noche y acostarse con otra persona, se convertiría en una costumbre que, poco a poco, iría disipando lo que Dorothy Parker llamaba “la soledad de las parejas” (la cual, si bien se mira, es la soledad más terrible que le puede acaecer al ser humano, porque se sufre en compañía).

Los antiguos, ya te digo, le echaban a la cosa grandes dosis de paciencia. También ayudaba que, hasta hace cincuenta años, la mentalidad que dominaba en occidente era que venimos este mundo fundamentalmente a sufrir. Así las cosas, la pareja era, para casi todo el mundo, como un melón: hasta que no lo abrías conviviendo con la persona en cuestión no sabías si, casándote (no había otra forma) habías hecho tu felicidad o un billete (sólo de ida) a las profundidades del infierno.

Hoy las cosas han cambiado, claro. Algunos dirán que hemos pasado de estar calvos a tener tres pelucas. Lo que es indiscutible es que, al habernos convertido todos en consumidores en todos los ámbitos de la vida, hasta en este, tan íntimo, todos asumimos que, al invertir en una relación nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestras expectativas, recibiremos cambio el máximo de contraprestaciones. La pareja se ha convertido en algo así como en la carta que los niños le escriben a los reyes. Uno pide y Melchor, Gaspar y Baltasar se encargan del resto. Naturalmente, a la mínima que la consola se queda colgada, cogemos el ticket de compra y nos llegamos al Carrefour más cercano para que nos la cambien.

¿Significa esto que el sistema antiguo era mejor? O por el contrario ¿Debemos suponer que los nuevos tiempos han traido, en esto como en todo, progresos? Como hubiera dicho tu bisabuela: qué sé yo que te diga, Antón.

Parece lógico pensar que una percepción madura de la pareja implica, como en todas las cosas de la vida, una cierta dosis de tolerancia a la frustración. Lo cual conlleva asumir que, como decía un amigo mío, lo mismo que uno tiene días en que mandaría a hacer puñetas a la parte contraria, la parte contraria también debe de tener días en que nos facturaría sin dudarlo a casa de su suegra. Hace falta mucha voluntad para sobreponerse al desgaste contínuo pero insidioso, que conlleva la convivencia y que se ejerce principalmente sobre ese conjunto de hipocresías con las que se nos enseña desde pequeños a disimular la existencia de ese pequeño monstruo, impaciente, colérico y egoísta que vive dentro de todos nosotros.

Frente a nuestra pareja somos vulnerables en toda nuestra indefensión, pero también estamos desenmascarados en toda la evidencia de nuestras carencias.

Por eso quizá los divorcios sean tan áridos, y por eso quizá la mayoría de las personas prefieren no volver a ver nunca a sus ex. A nadie nos gusta que nos pongan delante un espejo que refleja con cruel exactitud lo que somos.

Besos de tu tío.

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Un comentario a Viviendo juntos

  1. El herpato dice:

    Plas, plas, plas!!!

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