Austria: la democracia amarilla

Un lector
A.V.D.

 

Si por algo se caracteriza el espacio civil de este país, es por el poder corrosivo de cierto tipo de prensa. Unos contenidos y un sistema de valores que incluso han dado lugar a la aparición de un concepto: el de «democracia amarilla».

3 de Octubre.- Querida Ainara (*): estoy a cinco días de cumplir treinta y siete años. Una edad ideal: no soy viejo, pero tampoco soy ya joven.

Empiezo a darme cuenta de que hay cosas que nunca comprenderé y que nunca conseguiré que me gusten, y me divierte observar cómo, del mismo modo que otras personas mayores que conocí antes, empiezo a despreciar las cosas que no comprendo y a considerarlas chorradas. Verbigracia: nunca podré entender cómo hay adultos que pierden el tiempo jugando con videoconsolas, el rap me parece un retorno a la animalidad de Atapuerca (quejumbroso como la más cursi de las baladas heavys, gritón como una participante de reality show) y del manga, qué decirte: entre todas las drogas con las que el ser humano puede convertirse el cerebro en mermelada de fresa, ver Bola de Dragón me parece la más perniciosa de todas.

Tengo cada vez menos paciencia con la gente que no es consecuente ni seria (entendiendo por seria la gente que se esfuerza en vivir ateniéndose a las siempre escurridizas reglas del sentido común) y, en fin, despojado de cualquier rastro de ingenuidad, he perdido la esperanza en cualquier persona que no seas tú. Murphy se ha convertido en mi santo patrón y, con él, pienso que, si algo puede salir mal, aunque a mí me angustie y haga todos los esfuerzos posibles por evitarlo, saldrá mal.

Por lo demás, sigo pesando lo mismo que cuando hice la selectividad en 1993 aunque también tengo que reconocer que, lo que he ganado en grasa subcutánea, lo he perdido en pelo. Así que vaya lo uno por lo otro. Y creo que me estoy convirtiendo, con progreso lento pero sostenido, en una versión más reconcentrada de lo que he sido desde que nací: alguien infatigablemente leal a mis amigos y a mi familia (aunque esté mal que yo lo diga), un infatigable observador, un curioso impenitente, un hombre que se divierte en encontrar pautas y semejanzas donde otros solo ven caos y desorden. Aunque quizá todas estas cosas, o gran parte de ellas, puedan resumirse en una sola: con los años me he convertido cada vez más en un lector. De personas, de acontecimientos, de periódicos.

Soy un empedernido consumidor de prensa y creo que los periódicos (los medios, en sentido amplio) son a una sociedad lo que la psique es al cuerpo.

Si los periódicos, las radios, las televisiones, gozan de buena salud, si no caen en extremismos, se esfuerzan en distorsionar la realidad lo menos posible (o sea, si se esfuerzan en contar la realidad siendo conscientes de que, al hacerlo, todos la distorsionamos y tratan de vencer esa distorsión), si cuentan las cosas que pasan con medida y dan importancia sólo -¡Solo!- a las personas y a los hechos que autenticamente la tienen, entonces la sociedad goza de buenas defensas para encarar los imparables problemas de su devenir.

Por eso me preocupa, Ainara, y mucho, que la prensa austriaca esté tomada, en la parte que más llega a la población, por el populismo y el sensacionalismo más barato y más cutre. Cuando abro un Österreich o un Heute siento muchas veces como si alguien se hubiera ciscado en alguno de los ideales más nobles en los que creo.

Se me abren las carnes.

Anuncios disfrazados de noticias o rumores elevados a tal categoría, titulares pensados para Google y no para el lector, artículos escritos sin un mínimo cuidado por el idioma, meros collages de clichés parecidos a los que trufan los periódicos españoles (“las antiguas pesetas”, “las (puñeteras) merecidas vacaciones”), sexo cuando falta contenido, ejercientes más o menos confesos de ese oficio en el que se alquilan los orificios corporales a los viandantes, comicastros, políticos que primero roban y luego lloriquean pidiendo clemencia.

Toda una fauna, un sistema de valores absolutamente reaccionario y corrosivo que, aunque en muchos casos sea solo de manera incosnciente, embrutece al lector, deforma su percepción e influye en sus opiniones.

Si por algo se caracteriza la democracia austriaca, el espacio civil de este país, es por el poder tóxico de este tipo de prensa. Un poder que ejerce cada día el Kronen Zeitung –que es el rotativo preferido de un amplio grupo de población que abarca desde los treintagenarios hasta los desdentados habitantes de los geriátricos-, o el Österreich y el Heute.

Tanto es así que, para hablar de la influencia de estos medios, los observadores hablan de “Boulevard Demokratie” (a la prensa amarilla se la llama Boulevard Presse), cosa que podríamos traducir por Democracia Amarilla.

Ambas, la democracia amarilla y la prensa amarilla, son solo sucedáneos hechos para personas que no se respetan a sí mismas. Ambas, la democracia amarilla y la prensa amarilla, merecen ser combatidas hasta el final. Con auténtica democracia y con auténtica prensa.

Besos de tu tío

(*) Ainara es la sobrina del autor

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