Ella cocina, yo como

Monociclo
Unos trabajan para que otro no caiga (A.V.D.)

 

En los últimos días ha hecho mucha fortuna en los periódicos el concepto de élites extractivas. Alude a los políticos que utilizan el cargo para darse la vida padre a costa de sus administrados. Asesores que cobran un pastizal por no asesorar, arquitectos que no arquitectan, cantantes que no cantantan, en fin: ya se hacen una idea mis lectores.

Para que se vea que en todas partes cuecen habas, aquí dejo la siguiente historia.

9 de Octubre.-  El equivalente austriaco del cíclico conflicto español “!Ladrones! ¡Opresores! ¡Que nos independizamos! -¡Que no!- ¡Que sí!-¿Y si os damos un poquito más de dinero?-Vale, va: entonces nos lo pensamos (hasta la próxima vez)” es la contínua sensación de estar sentados sobre un pleito sin cerrar que tienen los habitantes de la región austriaca de Carintia.

Las lenguas de doble filo dicen que no hay en Carintia mas de cincuenta personas que estén bien de la cabeza –y ninguna de ellas, por cierto, pertenece al gobierno del Land– y, en su perfidia, los maledicentes atribuyen esta circunstancia al trauma colectivo que supuso la guerra que estalló entre la facción eslovena y la facción germanoparlante por el control del territorio de Carintia al final de la primera guerra mundial.

El enfrentamiento fue tan terrible como el civil nuestro.

Por los dos lados. Hermano contra hermano, vecino contra vecino, aldea contra aldea. A horca y a cuchillo. Violando y torturando mujeres, degollando niños, arrasando poblaciones, fusilando cristianos colectivamente. Un cuadro de comedor.

Los ex yugoslavos son un pueblo belicoso –tienen práctica: llevan toda su historia jugando a buscar excusas para matarse unos a otros- y la miniguerra que, en 1919, resolvió el tratado de St. Germain, hizo honor a su reputación.

El conflicto quedó latente y en 1945, los aliados, ingénuos de ellos, creyeron resolverlo promoviendo para el nuevo estado austriaco una constitución que consagraba los mismos derechos para todos los habitantes de Carintia, cualquiera que fuera la lengua que utilizasen para ciscarse en la madre de su vecino.

En esa constitución se decía, por ejemplo, que aquellos pueblos que tuvieran más de un porcentaje de eslovenoparlantes entre sus vecinos podrían nombrar a su pueblo en alemán y/o en esloveno. Muchos miembros de la mayoría germanoparlante consideraban esta dádiva del poder central un escándalo y baste decir que, hasta el año pasado, no se resolvió el tema, y que aún sigue levantando ampollas.

Y en esto llegó Haider (Haider, siempre él) y empezó a reivindicar cosas.

Con un par.

A principios de los noventa, Jörg Haider dijo que los austriacos que habían luchado en el lado nazi durante la guerra mundial también eran merecedores de elogios por su valentía y por su patriotismo, y se armó la gorda, como era lógico. Pero también dijo que los austriacos que se habían cepillado a miles de eslovenos durante las postrimerías de la primera guerra mundial habían hecho muy santamente, porque los eslovenos no eran carintios de pata negra  y los austriacos estaban actuando en legítima defensa, igual que los romanos cuando se cepillaban a los bárbaros que querían destruir la Roma cesárea.

Todo este preámbulo para explicar por qué las declaraciones del político carintio Harald Döbernig –del FPK, 32 años, una joyita visigoda– han levantado polémica. En el transcurso de una conferencia, Döbernig dijo que los eslovenos –o, lo que es lo mismo, para él, los carintios de ascendencia eslovena- no eran carintios de pata negra; asimismo, Herr Döbernig echó sapos y culebras contra la solución encontrada al conflicto de las placas que mencionábamos más arriba. Cuando las palabras de Herr Döbernig trascendieron, se armó la mundial. Llovieron las peticiones de dimisión y el presidente del Land, jefe, por tanto de Döbernig, tuvo que disculparse ante la minoría eslovena.

Döbernig es una de las herencias que Dörfler, presidente del Land de Carintia, recibió de su antecesor en el cargo, Jörg Haider y representa el prototipo de político que El Ausente preconizaba: el JAST (Joven Aunque Sobradamente Trepa). En 2004, cuando contaba 24 tiernas primaveras Döbernig, recién terminados los estudios, se puso a trabajar en la oficina de Haider y empezó a crecer a la sombra del político fallecido, y salió un discípulo tan aventajado que tiene por lo menos tres causas pendientes con la justicia por presunto (siempre presunto) uso creativo de fondos públicos.

Y es que el muchacho va a lo que va y no se anda con sutilezas: en una entrevista concedida en 2010 admitió que leía muy poco (textualmente: “Ich lese ser wenig”) y, a sus 32 castañas presume de seguir viviendo en casa de sus padres –esto no es España y aquí a los veinte se suelen pirar de casa-. También es verdad que, dado su prototipo  de mujer ideal, es poco probable que encuentre a ninguna que esté dispuesta a cargar con él. El muchacho no entiende de repartos igualitarios de tareas domésticas: “ella cocina, yo como”.

En fin ¿Quién dijo “élites extractivas”?

 

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2 Responses to Ella cocina, yo como

  1. Daniel dice:

    Y por supuesto habrá gente que le vote… :/

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