Follo (con fatatas fritas)


(Publicada originalmente el 22 de Agosto de 2010)  Como el lector sabe, Penélope y yo somos de un pueblo famoso por sus fiestas patronales –están declaradas de interés turístico-. Esto quiere decir que las hemos tenido que sufrir con frecuencia anual hasta que la vida nos ayudó a librarnos de ellas.
Por eso, para mí, resulta bastante curioso encarar el mismo fenómeno en Austria. Cada año, por estas fechas, son las fiestas de la ciudad de Gols, en Burgenland. Y, sobra decirlo, están muy cerca, pero a la vez muy lejos, de las de la patria de Penélope y mía.

 

Primera diferencia: las fiestas de Sanse son concebidas, por el consistorio y por los que las disfrutan como un don que, obligatoriamente (faltaría más) la municipalidad concede al pueblo a cambio de que se deje gobernar el resto del año. Ergo: casi todas sus manifestaciones son gratuitas. En Gols, el que quiera pasar al recinto ferial tiene que abonar un modesto estipendio que sería inconcebible en Madrid y que se reinvierte en la propia fiesta para que sea más grande y divertida cada curso.
Más: en Sanse los que hacen negocio son los vendedores de chucherías generalmente inútiles (el famoso cazasueños, adorno por antonomasia de los Seat León rojos); se forran asimismo los Cristianos Ronaldos que vigilan, con mirada displicente y palillo entre los piños, las evoluciones de los coches de choque.
En Gols, en cambio, más de un cincuenta por ciento del ferial está dedicado a unas carpas cubiertas de plástico blanco con las que los comercios del contorno buscan atraer a una clientela de prósperos granjeros comarcanos.
Se venden productos de una utilidad tan evidente que podría matar de aburrimiento al juerguista más bragado: puertas blindadas, estufas, calefacciones de hilo radiante, plantas purificadoras de agua, maquinaria agrícola, berlinas en las que fundirse el dinerito fresco de la cosecha reciente…En fin: un universo de chismes que los golseños conciben como la chicha de la fiesta y el emblema de su prosperidad frente a las tribus vecinas.
Gols: un universo agropop
A mí me gusta ir a Gols todos los años porque considero que es un ejemplo encantador (y muy divertido) de la Austria real que mataría de gusto (y me temo que de un ataque agudo de inspiración) a escritores como Wolf Haas (Silentium, Der Knochenmann, etc)
Para que el lector se haga una idea: la parte hostelera de la feria se divide en dos grandes carpas: la de la cerveza y la del vino. La del vino, más grande, es la más frecuentada por la juventud que promete; la de la cerveza, en cambio, es la preferida del público maduro.
La carpa de la cerveza está recorrida en sentido longitudinal por unos bancos corridos en los que la gente se sienta a beber zumo de cebada; el cual puede acompañarse (y de hecho se acompaña) con medio pollo asado –intencionadamente salado para que su ingestión sea a la vez productora de sed y de problemas cardiovasculares-; dicho pollo, de tamaño generalmente raquítico, puede asimismo estar guarnecido de patatas fritas.
Por entre las mesas, se afanan y fregotean unas camareras vestidas con algo parecido a un cruce entre atuendo alpino para apacentar vacas y lo que podría llevar la dueña de un bar del oeste americano especializado en música country. En caso de que la mesera esté en posesión de unos pechos medianamente heróicos, estos se resaltarán por medio del correspondiente Wonderbra. De fondo, una orquesta de miembros enfundados en pantalones de cuero interpreta éxitos de ayer, de hoy y (ay) de siempre.
Como las fiestas de Gols no son otra cosa que un eco de las celebraciones neolíticas por el final de la cosecha, en el aire se respira una gran sensualidad. Da gusto ver a las pandillas de chicos en edad de merecer luciendo camisetas (tan caras como el portador se pueda permitir) que resaltan el bíceps ganado a golpe de mancuerna o azadón, y tapan el michelín que la navidad dejó como regalo a cambio del consumo irresponsable de productos de la famosa repostería burgenlandesa.
Ellas portan sus mejores galas y, en algunos casos, hot pants que dejan poco a la imaginación, o vaqueros ajustados también de buenas marcas. En las camisetas, letreros con doble intención del tipo “Hug my boyfriend” y, las más atrevidas, modelos de la marca De Puta Madre, cuya línea femenina ostenta el sugerente nombre de “Puta de Noche” (por supuesto es muy dudoso que las portadoras sepan qué significa lo que pone en las camisetas, porque el campo Burguenlandés es cerradamente católico y, por lo tanto, no muy tolerante con la prostitución en ninguna de sus formas).
Por cierto: este año, y posiblemente debido a la influencia de la mayoría turca de lugares cercanos como Bruck an der Leiter, se ha puesto de moda que los chicos se depilen las cejas.

Yo, por supuesto, me lo pasé muy bien, me reí mucho y bailé en la discoteca Arena que no tiene nada, pero nada que envidiar, a las mejores discotecas del sur.
La discoteca Arena, delirio de la juventú Golsí
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