Desnudos en la red: el fin de la vida privada

El beso
Merced a las nuevas tecnologías, cualquier beso puede terminar en un sitio insospechado (A.V.D.)

 

Internet ha supuesto la revolución más importante en la historia de la Humanidad desde que Gutemberg inventó un sistema barato para producir libros de manera masiva y barata. Pero ¿Qué consecuencias ha tenido para la esfera íntima de las personas? ¿Sobrevivirá el concepto “vida íntima” a estas primeras décadas del siglo XXI?

7 de Noviembre.- Querida Ainara (*): el hecho de estar alcanzando lo que yo llamo la edad de las prótesis (sustitutos de porcelana para los piños cascados, gorras para remediar el fresquete craneal que produce la pérdida capilar, pastillas para levantarle el ánimo a los órganos que empiezan a hacer de las suyas) hace que uno vea la vida con otros ojos. La consecuencia principal es que uno deja de hacerse ilusiones sobre el ser humano, deja de esperar cosas de la gente (de la masa, particularmente). Se observa a los contemporáneos  con otro sosiego, sin pasión.

Por ejemplo: cuando tú crezcas, no podrás concebir el mundo sin internet.

La aparición de “la Red” ha sido sin duda la revolución más importante en la historia de la humanidad desde que Gutemberg inventó un sistema barato para producir libros de manera masiva (cosas de la vida: el pobre Gutemberg murió más pobre que una rata y entrampado hasta las cejas y, para resarcirse, sus acreedores tuvieron que vender el medio centenar de biblias que le dio tiempo a producir y que hoy valen un pastizal).

Internet ha puesto al alcance del ser humano de manera fácil y en la mayoría de los casos gratuita, todo el material que la especie ha producido desde que sabe escribir. El trabajo voluntario de millones de personas (entre ellas tu tío) que emplean su ocio en darle de comer información a la red en los más variados soportes ha hecho que todos podamos encontrarlo todo, leerlo todo, informarnos hasta la desorientación.

Internet es el espejo de la cultura de la especie y, si alguna vez, nos vamos a la porra y desaparecemos del planeta, cualquier otra civilización inteligente de las que, estoy convencido, pueblan la galaxia, podría hacerse una idea exactísima de cómo somos mirando lo que hemos dejado en los servidores repartidos por todo el planeta. Internet es, sin que medien las censuras de la religión o los gobiernos, un reflejo fidelísimo de la vida de este planeta al principio del siglo XXI.

Los extraterrestres que se entretuviesen en resucitar los gigantescos bancos de datos que guardan el producto de nuestra actividad neuronal, se convencerían de que somos, en gran parte, seres sexuales (o con una cultura de lo sexual de la que la visión de otros seres copulando forma parte fundamental). También descubrirían (y no sería una conclusión errónea) que uno de los vectores de comportamiento de los seres de esta era de la comunicación ultraveloz es el sueño imposible de romper de forma duradera el ruido de la sobreinformación y convertirse en lo que se llama “famosos”.

Esta tendencia empezó, en honor a la verdad, mucho antes de que internet existiera. Justo después de la primera guerra mundial. La industria cinematográfica europea estaba en ruinas y Hollywood se convirtió en la mayor máquina de producir entretenimiento (y, con él, de difusión de valores culturales) que el mundo ha conocido jamás. Y un pilar fundamental de la cultura Hollywoodiense es la de hacer creer que cualquiera puede ser “descubierto”, hacer una película y acceder al olimpo de esos dioses siempre hermosos, eternamente jóvenes, inmortales en apariencia, que pueblan las pantallas grandes y pequeñas.

Antes, se necesitaba la maquinaria promocional de los grandes estudios de Hollywood para pasar del anonimato al estado de Estrella. Hoy, basta con grabar un vídeo en el que tu gato se estampe desde el quinto piso o en el que tú cantes “Campanera” con la misma voz que Joselito para alcanzar la popularidad mundial.

Internet, con su voracidad, exige de nosotros, sus usuarios, productores netos de contenidos con destino al pozo sin fondo de la red, que “nos pongamos en escena”  (nunca el galicismo fue tan elocuente).

 A falta de otros talentos, la única manera que tenemos la mayoría de nosotros de estar en la red y aspirar a ser “famosos” es haciendo accesible nuestra vida privada (o la versión de ella que creemos que nos hará más “populares”).

Al inmenso desaguadero que es internet van a parar nuestros videos sexuales privados (un estudio reciente indica que el noventa por ciento terminan en portales pornográficos), las fotos de las vacaciones que consagran nuestro estátus ante nosotros mismos y delante de los otros,  nuestra supertristeza porque se nos murió ese canario al que, en un arranque de originalidad, pusimos por nombre Cipote. (**)

¿No será esta voladura (in)controlada de la vida privada la forma más insidiosa de la alienación? ¿Qué queda de una persona cuando su vida, sus sentimientos, su imagen, la intimidad que tiene con su pareja, queda para pasto del escrutinio ajeno? ¿Será que yo soy el único que me planteo estas cosas y que soy un antiguo, un dinosaurio destinado a desaparecer?

Besos de tu tío,

(*) Ainara es la sobrina del autor

(**) Todos los ejemplos están sacados de la vida real

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