Herr P., el bocachanclas y los nuevemil euros

Punta de playa
A.V.D.

 

Nuestra historia de hoy ofrece diferentes aspectos y puede significar diferentes cosas, según se mire. Para unos, hablará de lo indefenso que está el ciudadano anónimo que se enfrenta a los comentarios de un presentador mordaz; para otros, hablará de un ciudadano medio que intenta sacarle dinero a una figura pública ¿Qué opinas tú?

12 de Noviembre.- Maldivas. Paraiso tropical. Año 2011. Herbert P. Septuagenario, encara las olas del Océano Índico cubierto solamente por un bañador negro. Herr P., a la vista está, no es ningún adonis (ni falta que le importa, por otra parte). Los años y las birras han dejado huella en su cuerpamen. La pérdida de masa muscular que afrontan todos los varones a partir de los cuarenta le ha dejado piernas de palillo. El abuso de los triglicéridos ha provocado que Herr P. acumule en el abdomen una reserva de grasas suficiente como para sobrevivir sin problemas a la próxima glaciación.

Si a esto unimos la circunstancia de que Herr P. es un hombre de los de antes y que, por lo tanto, no es fan de la eliminación del vello supérfluo, mis lectores podrán imaginarse la estampa que el buen hombre compone mientras pasa sus vacaciones a la orilla del océano.

La mala fortuna quiere que, a poca distancia de donde Herr P. se refresca los mondonguillos, un equipo de la RTL esté grabando un mierdiprograma (no es criticar, es referir) protagonizado por Dieter Bohlen, cantantastro teutón reciclado en marica mala por obra y gracia de un show cazatalentos. En la emisión, Bohlen utiliza su lengua de vecindona para poner a caldo todo lo que se mueve, mientras simula que pasa sus vacaciones en el trópico. Por razones incomprensibles, el programa tiene éxito.

En el curso de la grabación del espacio, Bohlen, ojo avizor, descubre al bueno de Herr P. enfrentándose al oleaje de manera poco grácil y tratando de evitar el trauma que, para todos los chicos, supone que el agua fría nos toque en la zona ecuatorial. Dieter “megaperraca” Bohlen, sin conocimiento del jubilado, le graba y, vueltos a los estudios centrales de la RTL, el cantantastro se chotea del pobre caballero delante de varios millones de descerebrados (digoooo, de telespectadores). Le llama, entre otras lindezas, monstruo, y se mofa de su cuerpo, pasando las imágenes, como suele hacerse en estos casos, una y otra vez.

Herr P., si no está viendo las imágenes, es alertado pronto por sus amigos y conocidos. El jubilado se siente humillado, expuesto ante la mirada del público, empieza a detectar en la voz de sus familiares y conocidos la cruel sombra de la coña cruel. Se mira en el espejo incesantemente, pierde las ganas de comer. En el supermercado, se queda parado ante las cremas depilatorias. Cuando la situación se agrava, su mujer decide llevarlo al psiquiatra y, una vez el especialista de la salud mental reconstruye un poco la maltrecha autoestima de Herr P., aparece la ira. Y, con ella, el deseo de venganza.

Herr P. se busca un picapleitos,  denuncia a Dieter “megaperraca” Bohlen ante la justicia alemana y pide una indemnización millonaria por los daños psicológicos sufridos y el quebranto monetario que le han supuesto las sesiones de psicoterapia destinadas a contener las ganas de vomitar ante la imagen de la lengua viperina.

La parte acusada argumenta que una playa es un sitio público (la ley alemana, al igual que la austriaca, restringe el ámbito privado a aquellos lugares protegidos por cuatro paredes) y que Bohlen se limitó, si bien con algo de ligereza, a bromear sobre la figura de Herr P. El juez falla y, si bien admite que Herr P. estaba en un lugar público y que, si le grabaron, ah, se siente, comprende que Bohlen se extralimitó en sus comentarios y le condena a indemnizar a Herr P. por valor de 9000 euros (Herr Bohlen los paga con gusto, suponemos, porque debe de ganar mucho más).

Herr P. y su picapleitos piensan sin embargo que la indemnización es ridícula y, sin duda pensando que le pueden sacar a Bohlen más dinero, recurren la sentencia. La justicia no se deja conmover y, en segunda instancia, da la razón al primer juez. Nueve mil euros, ni uno más ni uno menos. Eso vale la imagen pública de Herr P.

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