Los españoles somos clavaditos a los turcos

Cafetería bajo la cúpula
Cafetería del Kunsthistorisches Museum (A.V.D.)

 

Los Alpes son, aparte de una barrera natural, una barrera cultural. En los países del sur incluso nos gusta divertirnos de otra forma. Y tú ¿Qué crees?

18 de Noviembre.- Hay muchos austriacos que se escandalizan cuando digo que los españoles somos clavaditos a los turcos (y añado: clavaditos a todos los demás habitantes del Mediterráneo).

Semejanzas: los turcos y los españoles paseamos. O sea, sabemos pasear. A los austriacos les cuesta lo de andar sin rumbo fijo, de una manera llamémosle improductiva  comiendo pipas, simplemente.

En Viena, por las calles normales (no comerciales, me refiero), no se ve gente paseando como paseaba yo con mis padres cuando era chico. Despacio, con parsimonia, charlando cada uno de sus cosas. Los niños delante, triscando, los padres vigilando el cotarro dos pasos más atrás. Ni tampoco se ve entre “los arios” (llamémosles así) esa estampa tan entrañable que remite sin dudarlo a los países del sur: las mujeres, sobre todo si son de una cierta edad, despellejando a las vecinas, delante. Los hombres, algo rezagados, hablando de lo que hizo la Real Sociedad el sábado pasado. Entre los turcos, por supuesto, sí.

Otra: ¿Qué hace una familia española media típica que se aburre un sábado? Por supuesto: se va al Carrefour o al IKEA “a echar la tarde” (esto no es algo que haya cambiado con la crisis: es un pasatiempo entretenido y barato porque por mirar, hasta ahora, no cobran). Nosotros, al consumismo. Ni a los españoles, ni a los turcos tampoco, se nos alcanzan pasatiempos de provecho .  Por lo mismo: vete un domingo por la mañana al Naturhistorisches Museum a la sección de fósiles del cretácico y cuenta cuántos turcos hay. Cero patatero.

Los niños de los países mediterráneos están hechos al centro comercial, al bullicio. Al caballito de fibra de vidrio que le echas monedas y se mueve y hace ruidos; al McDonald´s que te sube los triglicéridos, al Kebab. De mayores, prolongan el statu quo llevando también a sus hijos a lo mismo, perpetuando así ese vivir en compartimentos estancos que separa a los turcos de los austriacos de nación, y que imposibilita prácticamente el ascenso social de los primeros.

Pensaba yo esto ayer mientras, por mi mala cabeza, caminaba por el Shopping City Süd, que es un centro comercial monstruoso (dicen que el más grande de Europa) a las afueras de Viena. Allí estaba medio Estambul y parte de su provincia. Los viejos, sentados entre las plantas, varonil y adusto silencio; las orondas señoras turcas con sus niños, inflándoles de comida industrial (que no hay nada mejor para tener contento a un crío que atiborrarle de colesterol y carne hormonada). Las mociquillas buscando novio con la minifalda calzada y pintadas para matar; ellos, con las camisetas de licra (fuera hacía fresco, aclaro) a la caza de la madre de sus hijos.

La nueva sensación en el SCS es una tienda llamada Hollister, de Abercrombie&Fitch (o sea, la versión barata de Abercrombie&Fitch). En esta, no había turcos, sin embargo: estaba llena de esos austriacos que se pueden permitir un viaje al año a los Estados Unidos. Para quien no conozca la mecánica, es una tienda de ropa juvenil (infantil, si atendemos a la edad de los dependientes) que está, aunque parezca un contrasentido, casi completamente a oscuras. Sobre algunos montones de ropa, luces blancas proyectadas de una manera estudiada. De manera que si uno, un poner, se interesa por una chaqueta o un jersey, tiene que coger la prenda y acercarse a la luz más próxima para ver si es verdad que es de color azul o morada como pensó al principio. Esta estampa surrealista se completa con una música Chill Out playera y tal puesta a un volumen que impide decirle a quien te acompañe que el jersey te tira de la sisa, o que te has pasado con el tocino porque no te puedes cerrar los pantalones. Y, para rematar, hay una pobre que, a voz (de corneja) en cuello y con ese acento ordinario que tienen a)las americanas o b) las europeas que han aprendido inglés viendo series de televisión americanas, decía “Hi guys, what´s up?” a cada cliente que cruzaba la puerta del establecimiento.

¿Y eso mola? ¿De verdad le gusta a la gente que la traten como si fuera imbécil?

Pues sí, señora: en la tienda no cabía un alfiler.

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