Un cuento de navidad sin happy end (o así)

Alte frau
Las abuelas son guerreras (A.V.D.)

 

En esta época, con el espumillón, florecen las historias con un componente humano. Para consolarnos, sólo nos cuentan aquellas que terminan bien. Sin embargo, no siempre es así. De todas maneras, con algo hay que quedarse: el mundo está lleno de gente majísima: como la Frau Waltzinger, como Gabriel. Eso es lo que cuenta.

23 de Noviembre.- Graz. Junio de 2011. Frau Waltzinger hace sus compras por las calles de la capital del land de Estiria.

Es una señora delgada, de pelo blanquísimo peinado de peluquería, pulcra hasta decir basta, que camina notablemente erguida a pesar de haber cumplido noventa y tres años. En fin: el tipo más acabado de la jubilada austriaca, reserva de todas las virtudes que atesora este país. De pronto, un desconocido la asalta, le da un empujón, la tira al suelo y, en la confusión, se lleva su bolso.

Los viandantes, sorprendidos por la violencia del acto, miran a la anciana tirada en la acera, mientras el ladrón pone pies en polvorosa. Un vendedor callejero del periódico Megaphon–equivalente al español “La farola”, que venden las personas sin techo- observa todo lo ocurrido.

Se trata de Gabriel, un nigeriano de 32 años.

Como en uno de esos krimis, que tanto y tanto gustan en esta parte del mundo, la policía se encuentra sin pistas, y el nieto de frau Waltzinger, intrépido, decide investigar por su cuenta.

Por pura casualidad, le pregunta al vendedor del Megaphon, que recuerda la escena y, como es un hombre observador, se ha quedado con la cara del caco, que resulta ser otro africano.

Pasan los días y, andando el tiempo, Gabriel reconoce al asaltante de Frau Watzinger. Lo denuncia, la pasma le echa el guante y recupera las pertenencias de frau Watzinger. Bienes con un valor intrínseco escaso pero que, cuando uno tiene noventa y tres años, tienen su importancia. Por ejemplo, sus gafas (sin las cuales había perdido una de sus alegrías: distinguir a Armin Assinger mientras presentaba el Quiere Ser Millonario en la ORF).

Frau Watzinger, como es de justicia, se acerca a agradecerle al vendedor del Megaphon el buen final del caso.

Durante la conversación, la señora se entera de que a Gabriel se le ha denegado su petición de asilo y que, en cuanto caigan las piezas del dominó de la burocracia, tendrá que volver a su país.

A la mujer le parece indignante que una persona que ha demostrado un coraje cívico semejante tenga que abandonar Austria y, mostrando ella misma un empuje insólito para su edad, pone en marcha todos los resortes que puede para evitar la repatriación del caballero que la ha ayudado. Entre otras cosas, escribe al presidente del land de Estiria, Sr. Franz Voves (socialista) que, como era desgraciadamente muy de esperar, se hace el sueco y no quiere implicarse en el caso.

Enterada la televisión pública austriaca, a través de su centro territorial de Estiria, se incluye el caso de Gabriel dentro de la acción Licht ins Dunkel (Luz en la Oscuridad), una acción panaustriaca anual que recauda fondos para personas en situación de necesidad o para proyectos solidarios.

Es realmente pobre, estuvo gravemente enfermo, ha sufrido persecución y exclusión –ha declarado la señora a la Agencia Austriaca de Noticias (APA).

Todos los esfuerzos para que Jonathan permanezca en Austria por razones humanitarias han resultado, sin embargo, en vano.

-Se han agotado todas las posibilidades, ha declarado Lotte Dorudi, de la plataforma “Bleiberecht”

Frau Waltzinger está muy triste pero no se ha rendido; ahora recauda fondos para que Gabriel, que ha decidido entretanto volver voluntariamente a su país, pueda abrir un pequeño negocio y pueda seguir medicándose para las secuelas de la embolia pulmonar que padeció.

El mejor resumen del asunto lo hace el nieto de Frau Waltzinger:

-Hablamos mucho de integración pero aquí hay uno que hace algo concreto por una anciana, y le echamos.

Pues eso.

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2 Responses to Un cuento de navidad sin happy end (o así)

  1. Vega dice:

    Enternecedor y emocionante, pero, sobre todo, injusto y triste.

  2. Jacinto dice:

    DURA LEX SED LEX

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