Frank Stronach pela una manzana en un plató de la ORF

Manzana verde
A.V.D.

 

La otra noche sucedió algo en un plató de la ORF cuya contemplación dejaba en el estómago una sensación rara. No del todo agradable.

1 de Diciembre.- Estos días atrás, falleció el actor español Toni Leblanc. Fue un señor que, en su día, gozó de una popularidad tal que podía permitirse hacer lo que le viniera en gana. Un día, allá en los setenta, en un programa que presentaba Jose María Iñigo, dijo que iba a “hacer en televisión una cosa que no se había hecho nunca” y, ante la incredulidad del respetable se entregó al dadaísta ejercicio de pelar una manzana ante las cámaras. Parsimoniosamente. El público congregado en la sala de fiestas Florida Park, sumido en la perplejidad que debieron de sentir los primeros que vieron Las Señoritas de Avignon, no sabía si reirse o si abuchearle. Si estaba asistiendo a un momento sublime de la historia de las artes o si Toni Leblanc, simplemente, se había vuelto majareta o, peor, si se había quedado definitivamente sin ideas y había decidido echarle a su vida un morro de cemento Portland.

De toda su carrera, aquel momento fue probablemente lo único rabiosamente moderno que Toni Leblanc hizo en su vida.

La otra noche, sucedió una cosa parecida en el plató de informativos de la ORF, cosa que ahora contaré a mis lectores que no residan en Austria y que los que residen en Austria y los que no, podrán ver si pinchan en este link. Sin embargo, antes de contarla, diré que a pesar de lo que voy a escribir a continuación, no me une ninguna simpatía ni política ni personal con Frank Stronach. Pienso que lo que él representa es bueno solo para unos pocos y horroroso para la gran mayoría de los austriacos. Y pienso que Frank Stronach y su sorprendente éxito es la prueba definitiva de que la vida política austriaca vive una crisis honda, peligrosísima y de consecuencias imprevisibles, de la que todos (políticos y ciudadanos) somos culpables.

Fondo del asunto: como Frank Stronach, desde que fundó su partido (un partido hecho a la medida de sus millones, como fue la Forza Italia berlusconiana) no cesa de subir en las encuestas de intención de voto, el stablishment ha decidido que se acabó la tontería y, a la hora de encontrar lugares por donde hincarle el diente, dicho stablishment ha encontrado algunos contratos turbios, relacionados con el consorcio EADS.

Los medios se han hecho eco y como, aquí, si no sales en el telediario de las diez de la noche, el que presenta Armin Wolf, no eres nadie, los consejeros mediáticos de Frank Stronach le aconsejaron enfrentarse a Herr Wolf para que rebatiese las acusaciones de corrupción. Para Wolf era, además, la única manera de romper el cordón sanitario que Frank Stronach, al estilo de los políticos americanos, ha impuesto a los periodistas que sabe que le van a hacer preguntas incómodas (preguntas en las que tenga que ofrecer un razonamiento elaborado en “politiqués”, idioma que Frank Stronach, dada su avanzada edad y su poca experiencia en la política profesional, domina poco).

Sucedió lo previsible. La ORF y el representante de Stronach acordaron una cosa; Stronach entendió otra. Esto es que, por fin, se había accedido a sus deseos y que se le darían cuatro minutos (¡Una eternidad en televisión!) para que dijera lo que le diera la gana. Quedó Stronach muy sorprendido al ver que las reglas de una entrevista consisten, principalmente, en que alguien te hace preguntas y que tú tienes que responderlas y, cogido en el cepo, se debatió y decidió tirar por la calle de enmedio y ponerse, como Toni Leblanc, a pelar una manzana en directo.

El espectáculo de Wolf tratando a Stronach, un señor de ochenta años, como si fuera subnormal (“Le voy a hacer una preguntita que es muy fácil de responder, con un sí o con un no”) y de Stronach chapurreando una mezcla de inglés y alemán, y conteniendo las ganas de despedir al presentador (cosa que un último resto de sentido común le indicaba que no podía hacer) ponía una sensación rara en el estómago. La que da contemplar la crueldad innecesaria que ejerce alguien fuerte sobre alguien muchísimo más débil. Que cada uno de mis lectores, después de ver a Frank Stronach pelando una manzana ante Armin Wolf, decida quién es quién.

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