Austriacos, niños y perros ¿El mundo al revés?

Si ves a una cebra
Niños y perros, esa cuestión palpitante (A.V.D.)

 

Un viejo (y maligno) axioma que circula por estas tierras dice que los austriacos tratan a los niños como si fueran perros y a los perros como si fueran niños ¿Qué habrá de verdad en ello?

7 de Diciembre.- Una de esas cosas en las que más se manifiesta eso de que los Alpes son una barrera tan cultural como puramente física es la relación diferente que tenemos con los animales las personas de cultura meridional y los que, en este blog, son conocidos normalmente como “aborígenes”.

Los del sur, a pesar de los pesares, no pueden evitar pensar para sus adentros lo que dicen muchos turcos arrugando la nariz, esto es: que los austriacos tratan a los perros como si fueran niños y a los niños como si fueran perros.

Una madre del sur (italiana, española, turca, griega) se dejaría despellejar viva antes de mantener con su retoño la relación de despego que muchas madres austriacas (y no digamos alemanas) tienen con sus niños.

En el mundo mediterráneo los niños (y más ahora, que hay tropecientas familias con un hijo único) crecen entre algodones. Se les da de comer hasta que (con suerte) adquieren unos modales que podrían competir con los de la reina de Inglaterra, se les atan los cordones de los zapatos hasta que pueden acreditar la posesión de una tupida mata de vello genital, se les subvencionan los caprichos y los vicios hasta que cumplen los treinta (o los cuarenta), se les limpian y ordenan las habitaciones –particularmente a los chicos-, se les inspeccionan las novias y, cuando llega el momento en que la novia se convierte en nuera, el chico, cómodamente, sustituye una madre por otra y aquí no ha pasado nada.

En Austria, en cambio, a los dos años, se pone al crío en la trona y, sonriendo, se le dice:”Hansi (o Gretl) esto redondo es un plato, esto con un mango es una cuchara” y se confía en que el hambre les haga relacionar un objeto con el otro para evitar la amenaza de la desnutrición.

Para cuando los chavales austriacos tienen cinco años se espera de los padres que les hayan enseñado a ser independientes casi completamente. Deben saber vestirse solos (aunque sea de aquella manera), ir al baño y eliminar los residuos que esta actividad deja en su cuerpo de forma autónoma (el convenio sindical de las “tante” de los kindergarten no las obliga a entrar en contacto directo con los detritos producidos por ningún crío), deben saber dar la mano a los adultos para saludarles; en algunos casos, ir al colegio solos (para que algún desaprensivo pueda secuestrarles y tenerles a tranchetes en un sótano durante década y media) y si se caen en el parque y no hay demasiada sangre, pues se frota un poco el chichón y hale: a tirar para adelante que no está el mundo para quejarse y quién te crees tú que soy yo.

Por supuesto, a los veinte años, los niños y las niñas austriacos ya han alquilado un piso en el que pueden drogarse o explorar el estimulante mundo de la sexualidad sin la siempre cargante injerencia parental; mientras que sus homólogos españoles…Bueno, todos sabemos lo que hacen sus homólogos españoles.

Esto por lo que respecta a los niños pero ¿Y los perros? (Y quien dice perros, los animales en general)

La literatura clásica española, esa fuente de conocimiento sobre nuestro alma más profunda, está llena de ejemplos de maltrato animal (sin ir más lejos, aquel cuento de Cervantes sobre los galgos y los podencos) y, la verdad, eso no nos deja en buen lugar a los del sur. Sin embargo, desde pequeños, se nos enseña a mantener una (sana, añado yo) distancia de los animales. Sobre todo si son de otros. Porque los animales, por mucho que nos gusten (y nos gustan), son depósitos andantes de patógenos.

Nosotros, a los españoles me refiero, queremos a los animales, pero no nos olvidamos nunca de que lo son. En cambio, muchos austriacos tratan a los animales como si fueran niños eternos (lo son, en cierto modo, porque conservan toda su vida la inocencia) o, muchísimo peor, como si fueran personas aquejadas de alguna disminución psíquica; y, así, muchos gatos y perros llevan aquí una existencia más muelle que muchas personas.

A mis lectores vieneses les pido que hagan el siguiente experimento: en el metro, pongan un perro y un niño al lado. Más tarde o más temprano, la típica señora mayor le hará caricias al perro y preguntará todos los pormenores de su pedigrí, mientras que al niño le podrán ir dando y no merecerá ni un solo gramo de su atención (y esto no es criticar, sino referir; porque he observado la escena varias veces).

A los españoles (incluso a los que, como yo, tenemos animales a los que queremos –mucho- y apreciamos) nos parece una atrocidad y, por qué no, una vergüenza, las cantidades de dinero que algunos se gastan en adminículos caninos y gatunos. Que si collares, que si abrigos, que si tratamientos médicos costosos, que si champú y que si peluquería. Con el hambre que hay en el mundo, señora.

Ahora bien: en favor de la corrección política, nos cuidamos bien de guardarnos estas consideraciones que, si bien se miran, son de sentido común, porque siempre hay alguien que ha visto un reportaje de la ORF y, a nada que te descuidas, te dice:

Pues en España he oido que tiran a las cabras de los campanarios.

Y luego quedas como un bárbaro. Lo cual, si te quieres integrar, no es plan, claro.

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