Los encerrados de la Votivkirche

Michael Landau
El Doctor Michael Landau, responsable de Caritas Austria (A.V.D.)

El encierro y la huelga en la Votivkirche de Viena está provocando no pocas fricciones entre la Iglesia y algunos sectores del Estado austriaco.

4 de Enero.- Una de las cosas que sorprenden más a los españoles cuando hablo de Austria es mi constatación de que, aquí, la Iglesia Católica todavía es capaz de formar corrientes de opinión que recorren la sociedad y condicionan el sentir público sobre determinados aspectos de la realidad.

Alguno de mis lectores podrá decirme que en España es igual, y referirme, por ejemplo, las pataletas que periódicamente agarra la Conferencia Episcopal Española sobre determinados temas que sólo les escandalizan a ellos; o esas vigilias o esas misas al aire libre en las que uno tiene la sensación, no sólo de que siempre participan los mismos (y las mismas), sino que esos mismos (y esas mismas) son un grupo de galos rodeados de una corriente humana que ni les concede la importancia suficiente como para intentar rebatirles.

En Austria, sin embargo, es otra cosa.

Como puede comprobarse por la tirantez que está provocando una historia que empezó, si la memoria no me falla, a principios del mes de diciembre pasado.

Por esas fechas invernales, una famélica legión de solicitantes de asilo en Austria emprendieron una marcha hasta Viena, al objeto de hacer notar lo penoso de su situación. La marcha, como se han encargado de recordar los medios austriacos no sin cierto retintín, estaba capitaneada por activistas alemanes y las aproximadamente cincuenta personas que la formaban tenían básicamente dos reivindicaciones muy concretas y muy sencillas: una, que se permitiera trabajar a los solicitantes de asilo (o que se les permita hacerlo dependiendo de su caso individual) y dos, que el Gobierno austriaco les concediese un alojamiento digno (estas personas, la mayoría con historias terribles a sus espaldas, habían estado viviendo hasta entonces en condiciones muy precarias).

La marcha levantó al principio un discreto eco en los medios locales; un eco que no tuvo más remedio que crecer cuando la manifestación se convirtió en un campamento permanente en el Sigmund-Freud-Park, frente a la Votivkirche. Un campamento que, salvando las distancias (sobre todo climatológicas) recordaba muchísimo al del 15-M en Sol.

Dado lo bajo de las temperaturas en Austria el mes pasado, algunos de los acampados buscaron cobijo en la cercana Iglesia Votiva –con permiso, y haciendo un inciso, una de las más feas de la Viena decimonónica, salvo por el detalle exótico de guardar una imágen muy bonita de la Virgen de Guadalupe-; allí, unos cuantos de los manifestantes, erigidos en portavoces de la comunidad, convocaron a los medios para hacer públicas sus posiciones y, con el simple acto de trasponer las puertas del templo, lo que en principio tenía toda la pinta de terminar en un problema de higiene pública ha terminado provocando un sordo contencioso entre la Iglesia y ciertos sectores del Estado austriaco.

Como parece la posición más decente, la postura de la Iglesia austriaca, defendida a alzacuellos partido por su eminencia, el cardenal Schönborn, y por el Dr. Michael Landau, sacerdote y responsable de Caritas en Austria, no pasaba por desalojar violentamente a los que eligieron la Votivkirche para cobijarse, sino por sentarse a negociar con ellos. Cosa que hicieron, por cierto, para ofrecerles alojamientos salubres en dependencias de Caritas. En las iglesias austriacas no hay calefacción y, en invierno, la Iglesia Votiva es un caserón gélido en donde, por la noche, la temperatura no sube de los tres grados.

Los encerrados rechazaron la propuesta de Caritas y redoblaron su pulso al Gobierno poniéndose en huelga de hambre.

El día 28 de Diciembre, de madrugada, la policía desalojó el campamento en el Sigmund-Freuds-Park con un mínimo de incidentes pero, obviamente, no ha podido hacer lo mismo con los huelguistas de la Iglesia Votiva. Que se encuentran en unas dependencias que son propiedad de la Iglesia.

El tema de los solicitantes de asilo, como el de la inmigración en general, resulta muy sensible para los políticos austriacos. La ley de este país es muy restrictiva al respecto y tanto los votantes como aquellos a quienes votan tienen miedo de cambiarla para no convertirla en un coladero (el cardenal Schonborn sostiene y yo con él que humanizar una ley no es que la tome nadie por el pito del sereno, pero claro: el cardenal Schonborn es sacerdote y yo soy extranjero, así que, qué vamos a decir).

Con este panorama, no parece que se vaya a solucionar pronto el conflicto. De momento, los huelguistas han rechazado también tomar líquidos y piden hablar con el presidente Fischer para transmitirle sus reivindicaciones.

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