1001 maneras de decir te quiero

Una pareja de jinetes del asfalto
Hay parejas para todos los tipos, y Kosenamen de todos los tipos (A.V.D.)

¿Te imaginas llamándole a tu novia «mi coneja»? Y tú ¿Te referirías a tu chico como «mi cerdito»? Un filólogo de Graz se ha entretenido en estudiar las diferentes maneras en las que los amantes se refieren a su pareja en la intimidad. Con interesantes resultados.

18 de Febrero.- Una de las cosas que más llama la atención cuando uno viene a vivir a Austria, si no la que más, es que uno tiene la sensación de haber aterrizado en una de las islas de un archipiélago idiomático.

El alemán es un bosque frondoso, o una tarta de milhojas. Una confederación de territorios idiomáticos que tiene sus primeras estribaciones en lo que hoy es Polonia, cuyos ecos se escuchan en los ubérrimos Países Bajos y cuyas reminiscencias llegan hasta la cuenca del Támesis, pasado el brazo de mar que separa las Islas Británicas del continente europeo.

Por eso, una de las ciencias más fructíferas por estas tierras es la filología.

Abundan los estudiosos del idioma y de sus usos y nosotros, los extranjeros que vivios aquí, aprendemos tanto las palabras como la estructura mental que se esconde detrás de ellas.

Por ejemplo, yo hoy he aprendido una palabra nueva, la cual me ha llevado a escribir este post: Kosenamen.

¿Qué es un Kosenamen? En principio, un mote, un apelativo.

Pues bien: un filólogo de la Universidad de Graz se ha entretenido en estudiar las maneras en que los enamorados se llaman entre sí en todo el ámbito de habla alemana.

En cualquier idioma, la manera en que nos referimos o llamamos al ser amado obviamente dice mucho de nosotros (y, muchas veces, del aguante del ser amado). No es lo mismo escuchar a alguien que habla de “mi chico” o “mi chica” (apelativos ambos que remiten irremisiblemente al universo de la Superpop y la Ragazza), que aquellos que hablan de “mi marido” o “mi mujer”, y no digamos ya aquellos que hablan de “mi señora” (es una de esas expresiones que uno escucha y que hacen aparecer al difunto Manuel Fraga, q.e.p.d., envuelto en una compacta nube de humo de puro).

Mis padres, se llaman entre sí por ejemplo “niño” y “niña” (no tengo registrado que mi hermano llame a mi cuñada de ninguna manera especial) pero hay parejas que se llaman “churri”, “churrito/a”, “pichulín/a” e, incluso, yo tuve noticia de dos amantes que se llamaban entre sí “caldito” (¿? , a lo cual habría que añadir quizá ¡!). En fin.

Son nombres que, por lo general, tienen en común que provocan situaciones un poco vergonzosas si salen de la intimidad de los esposos o de su círculo (aunque también hay parejas a las que esto les chupa un pie y se tiran al aborígen del exhibicionismo sin pudores).

¿Cómo es en alemán? Según nuestro filólogo austriaco, al ser los Kosenamen una cosa que pertenece tanto a la intimidad de las personas, hay pocos datos a nivel científico (filológico) en los que poder fundar un estudio sobre un tema que aporta datos de tantísimo interés sobre las capas más escondidas del idioma.

Empecemos, pues, con la lista: el primer lugar de la lista lo ocupa, por derecho propio, Schatz (Tesoro), que es el estándar. Tras Schatz, la lista se interna en el reino animal. A saber: Maus (ratón, y es curioso, añado yo, la simpatía que los ratones despiertan en la cultura germánica), Hase (Conejo/a, reconozcamos que, en español queda un poquitín raro, pero solo un poquitín), Bär (Oso, no digamos) y Spatz (gorrión).

(Paréntesis, Sptazi –pajarito- es también el nombre con el que los padres se refieren al pene de los niños, parte de la anatomía que yo he escuchado llamar también con el bonito y divertido nombre de Zebedeus, supongo que por Zebedeo, pescador del siglo I que fue el padre de varios de los apóstoles)

Naturalmente, estos Kosenamen antedichos son la versión alemana de Alemania. Aquí (y Lugner se ha encargado de divulgarlo suficientemente) los mismos nombres se declinan así, Mausi o Mauserl, Schatzi o Schatzerl…En fin: todo un mundo de románticas posibilidades.

Nuestro filólogo termina diciendo que, en el curso de su intrépida investigación por la selva del idioma, ha encontrado otros nombres que difícilmente cuadrarían con la sobriedad germánica (Schweinchen, cerdito), pero que desprenden un irresistible atractivo caribeño (Herz, Herzchen, corazón y corazoncito respectivamente).

Azúcar, que hubiera dicho Celia Cruz.

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Un comentario a 1001 maneras de decir te quiero

  1. Ana dice:

    Caray, a qué cosas se dedica la gente y le pagan. Yo también quiero trabajar haciendo estudios de esos y vivir de ello. 🙂 Mis abuelos se llamaban «Señor» + nombre de pila del marido y «Señora» + nombre de pila de la mujer. No sé si era muy romántico, pero sonaba bien.

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