Un trabajo digno

Cuidadín
Cuidadín, cuidadín (A.V.D.)

El sistema capitalista se basa en la necesidad que tienen algunas personas de comprar lo que otros quieren vender. Corinna siempre lo supo, y se puso a ello poniendo, como dijo aquella, todo el corazón en el asador.

27 de Febrero.- Querida Ainara(*): los hombres tenemos mucha peor vejez que las mujeres. En cuanto el nivel de testosterona en sangre empieza a descender –a eso de los cincuenta, cincuenta y cinco- se puede decir que tenemos todo el pescado vendido. Nos vamos volviendo raros, perdemos memoria a toda velocidad, el lóbulo frontal derecho del cerebro se nos atrofia poco a poco, y nos volvemos irritables, nos quedamos dormidos en cualquier sitio. En fin: un desastre.

En cambio, la naturaleza –y la evolución de nuestra especie- propició que las mujeres, una vez dejáis de ser fértiles, viváis una segunda juventud. La madre universal os concede el don de dejar de ser madres y convertiros en abuelas. Una ventaja competitiva de importancia capital.

En tiempos de nuestros ancestros, las hembras más ancianas de la manada cumplían una función fundamental: cuidaban de las crías mientras las mujeres jóvenes ayudaban en la consecución del alimento.

En los últimos días ha saltado a la palestra de los medios de comunicación españoles un nombre: el de Corinna Zu Sayn-Wittgenstein (née Larsen).

Su Alteza Serenísima, pues este es el tratamiento que le corresponde a la señora por matrimonio, tiene una biografía digna del mejor alpinista. Toda su vida ha consistido en escalar. Hija de un matrimonio danés de clase media, media-alta, es muy posible que la señora Larsen supiera desde muy pronto lo que quería y cómo conseguirlo. Dos veces casada, dos veces divorciada, dos hijos, una agenda llena de contactos suculentos.

Entre ellos, el del Rey de España, Su Majestad Don Juan Carlos de Borbón del cual pasa por ser una amiga entrañable y persona influyentísima en el círculo más íntimo del monarca (hay quien dice que algo más, pero yo me quedo con la versión oficial, más que nada porque el Rey ya no tiene edad para meterse en según qué jardines).

Corinna Zu Sayn-Wittgenstein, llegado el  caso, tendría todos los aditamentos necesarios para influir y encandilar a un varón cuyo nivel de testosterona estuviese iniciando la de Napoleón en Waterloo (podríamos hacer todo tipo de chistes con la escopeta de su Majestad –la de matar elefantes, naturalmente-, pero el Rey, a pesar de todo, me cae muy bien y además, como hombre, debo ser comprensivo con las flaquezas de mis congéneres porque cualquiera sabe qué me traerá el futuro a mí).

En fin: Corinna es rubia, es aún algo joven, tiene la delantera todavía bastante heróica aunque, por las fotos que hay en internet, ya se adivina que Corinna es ese tipo de mujer  que ha llegado a una edad en que, la que más y la que menos, tiene que elegir entre la cara y el culo (la frase no es mía, sino de la periodista Begoña Aranguren y aparece en su libro Chico Mal de Casa Bien). Corinna se ha decidido, evidentemente, por lo primero (al fin y al cabo lo segundo lo enseña menos). O sea que, en traje de baño, tendrá esas patillas finas que denuncian a la vieja que quiere aparentar verdores juveniles.

En las fotos, labios inyectados, pómulos recauchutados de una manera bastante ordinaria, tabique nasal reducido al mínimo para conseguir un resultado respingón. Un especimen típico.

¿Y a qué se dedica Corinna? Pues se dedica a conseguir cosas para otra gente. Ella vende su influencia, su delicadeza, su encanto personal, su capacidad para saber distinguir una cucharilla de postre de una paleta de pescado, su habilidad para relacionarse con personas a las que les está vedado el contacto con la gente normal como tú y como yo. Príncipes saudíes, duques consortes de inglés volátil y cualificaciones tan sospechosas como sus negocios. Corinna, Ainara, vende humo. Trafica con esos juguetes que los ricos desocupados consideran importantes y es como las polillas de aquella canción horrorosa de Mecano, que de tanto dar contra el cristal se ha colado en la bombilla y ella misma ha terminado por creerse importante.

Lo demuestra una entrevista que ha concedido a un medio español en la que trata de explicar su participación en la azarosa vida profesional del yerno de Su Majestad, Excmo. Sr. D. Iñaki Urdangarín Labaert (persona a la que, presumiblemente, como a su augusto suegro, honra también con sus consejos). Corinna, aparte de defender su papel como perejil de todas las salsas y la importancia de su labor de conseguidora de lo imposible para seres acostumbrados a lo inimaginable, afirma haber querido conseguirle al D. Iñaki “un trabajo digno” (quizá considera que el que tiene ahora no lo es). Puesto por el que el aplicante hubiera recibido entre 200.000 y 250.000 Euros (mensuales).

Hay contextos, Ainara, en los que el adjetivo “digno” puede dolerle incluso al hombre de bien.

Hay personas, Ainara, de las que hay que huir como de la quema nada más echarles la vista encima.

Besos de tu tío

(*)Ainara es la sobrina del autor

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