La odisea de las obras de arte vienesas durante la II Guerra Mundial (y 4)

A.V.D.

Por muy pocas horas, el mayor tesoro que Europa haya conocido se salva de desaparecer para siempre. El último capítulo de esta trepidante historia hoy: en Viena Directo

10 de Marzo.- Ernst Kaltenbrunner estaba llamado a pasar a la Historia como uno de los veinticuatro criminales de guerra que fueron ajusticiados en Nuremberg en 1946. En el momento en que jugó un papel fundamental en el salvamento de las obras de arte de los museos vieneses, era la máxima autoridad del partido nacionalsocialista en la zona de Altaussee, miembro de las SS, subordinado de Himmler.

Los mineros que trabajaban en la explotación en donde se guardaban las obras estaban, como ya decíamos ayer, decididos a evitar no ya la desaparición del tesoro artístico más grande que Europa había conocido, sino a proteger lo que, en aquellos momentos (y durante la dura posguerra) era su fuente de trabajo principal. Si las ocho cajas que el gauleiter Eigruber había ordenado colocar en las galerías de la mina explotaban, sabían que les esperaba el hambre y la desolación por muchos años.

Durante esta etapa transcendental, uno de los mineros, Alois Raudaschl, manifestó poder llegar a Ernst Kaltenbrunner a través de una compañera de escuela. Kaltenbrunner vivía en Altausee, y allí habían nacido sus dos hijos. Se esperaba su visita en uno de aquellos días ¿Qué pasaría si pudieran ganar a Kaltenbrunner para su causa? Dico y hecho. Kaltenbrunner tenía un asistente, cuya mujer también era oriunda de Altaussee. Se llamaba Iris Scheidler. En unión de otros compañeros, Raudaschl se dirige a casa de Iris Scheidler, le cuenta la historia de las cajas de madera llenas de explosivos y le ruega que su marido convenza a Kaltenbrunner de que hay que evitar la voladura de las minas de sal a toda costa.

Poco después, llega a Altausee el jefe de las SS Kaltenbrunner. Los Scheidler le informan de lo que está sucediendo y de la destrucción total que sobrevendría sobre la comarca de Altaussee si las minas de sal fueran voladas. Kaltenbrunner accede a sacar de las galerías las cajas de explosivos mandadas colocar por el gauleiter. Es una carrera contra reloj, porque el comando enviado por Eigruber para ejecutar la orden de voladura ya está en camino.

Todos los mineros se han ofrecido volunarios para la tarea de sacar las cajas de explosivos de la mina. Son cargadas en vagonetas y colocadas a una distancia prudencial para que no puedan ocasionar daños en caso de una explosión fortuita.

El comando enviado por Eigruber aparece al poco tiempo. Se dan cuenta de que no pueden ejecutar las órdenes de su jefe, el cual ya ha huido de Linz, su residencia oficial, a Kirchdorf an der Krems en donde le queda poco más que esperar que los aliados le apresen. Los facinerosos de Eigruber le informan de lo que sucede en Altaussee y el gauleiter ordena detener al SS Kaltenbrunner. Antes de ser detenido, éste tiene una conversación muy tensa con Eigruber en la que le pregunta “si se ha vuelto completamente loco” al insistir en su pretensión de volar la mina de sal llena de obras de arte. El enfrentamiento entre los dos hombres dura mucho tiempo. Se amenazan mutuamente con la liquidación definitiva. Sin embargo, en ayuda de Kaltenbrunner vienen los acontecimientos. El SS invoca la superior autoridad de Himmler en aquellos momentos convulsos y remacha diciendo que las órdenes de Hitler son de cegar las entradas a la mina, y no la destrucción total. En ese momento, y por la respuesta que le da Eigruber, Kaltenbrunner se entera de que Hitler se ha suicidado en el búnker de Berlín.

Finalmente, los soldados enviados por Eigruber ponen pies en polvorosa para salvar su propio pellejo del avance americano, y no detienen a Kaltenbrunner. Eigruber, desde Kirchdorf, no cesa de repetir que las bombas deben ser colocadas de nuevo en las galerías, pero ya su voz se pierde en el estruendo de la guerra y sus órdenes, por suerte, no son ejecutadas.

Dos días más tarde, los americanos llegan a Altaussee. Informados del peligro que corren las obras de arte de las minas de sal, ponen las bombas a buen recaudo. El tesoro artístico más importante que el mundo haya reunido nunca está salvado.

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2 Responses to La odisea de las obras de arte vienesas durante la II Guerra Mundial (y 4)

  1. El herpato dice:

    Buenísimo!!! Escribe más capítulos, por Dios!!

  2. Nachete dice:

    Genial Paco! Espectacular historia, me han entrado ganas de leerme el libro ese y recomendarlo a alguna productora! Muchas gracias por acercarnosla!

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