El buen maestro

A.V.D.

El sábado pasado, fui a esquiar con mi amigo J.. A él, por la paciencia que demostró, va dedicado este texto, que creo que es un resumen bastante bueno de sus cualidades.

13 de Marzo.- Querida Ainara (*): doña Concha Piquer decía que la única cosa que ella sabía hacer en el mundo era cantar. Si hay algo que yo pueda decir en el mismo sentido es que tengo una sólida y felicísima vocación docente. Enseñando, soy feliz. Llevo dando clases particulares desde que tenía catorce años. Antiguamente, daba clase a chicos que tenían problemas para seguir las clases normales; hoy, doy clases de español. Otra gente juega al fútbol.

El sábado pasado, fui a esquiar con mi amigo J.. Era la segunda vez. La primera, entre caida y caida, con los movimientos entorpecidos por los esquíes, vestido de astronauta, sintiéndome absurdo, pensaba yo que todos los que enseñamos a los demás deberíamos acometer de vez en cuando actividades que, como a mí el esquí, nos costase aprender o no perteneciesen a ese terreno en el que todos nos sentimos seguros.

Allí, en el suelo, bajo la mirada atenta y un poco compasiva de la profesora de esquí, mientras intentaba levantarme trabajosamente, no hacía más que pensar: “Paco, memoriza esta sensación, memoriza la humillación de no saber, de sentirte torpe, graba en tu memoria la sensación de no poder hacer que esta señora entienda tus necesidades de aprendizaje; esto es lo que sienten algunos de tus alumnos en algunas ocasiones”. Piensa, Paco, me decía, en lo que te gustaría que la monitora de esquí te dijera, en cómo te gustaría que reaccionara, en qué harías tú para que te relajases, para provocar en ti esa sensación de flujo y de sosiego que es imprescindible para que cualquier aprendizaje tenga éxito.

El sábado pasado, J. se deslizaba delante de mí por la pista (una pista suavecita, porque estábamos practicando para coger seguridad) y hablábamos precisamente de esto. Yo le decía lo buen profesor que era (que es) y los dos empezamos, espontáneamente, a elaborar una lista de requisitos para los enseñantes.

Empezamos por dejar sentado que, salvo en raras ocasiones, un buen profesor bueno no pertenece a tu círculo afectivo inmediato. Uno tiende a pensar que aquellas personas con las que vive tienen habilidades parecidas a las de uno y, cuando descubre que no es así, se enfada, se bloquea y termina bloqueando a quien intenta enseñar. Recuerdo, por ejemplo, lo que me costó a mí enseñarle a tu abuela la fórmula de la ecuación de segundo grado, cuando estaba estudiando.

También convinimos en que un profesor tiene que enseñar siempre desde la humildad, teniendo siempre presente que todos somos torpes en alguna cosa. Por ejemplo, a pesar de los ímprobos esfuerzos de tu abuelo (que violó descaradamente la regla número uno de lo que significa ser profesor) a pesar de sus ímprobos esfuerzos, decía, jamás pude jugar bien al fútbol. Por otra parte, la conciencia de hacerlo mal, aún hoy, hace que ni siquiera me esfuerce en intentar aprender, que me quede rígido al ver aparecer una pelota. Lo cual nos lleva al punto siguiente.

En la mayoría de los casos, el quid del aprendizaje consiste en desbloquear al alumno, en sacarle de esa idea de “esto es dificilísimo y no voy a conseguir aprenderlo nunca”. Para eso, hay que dosificar los retos: hay que empezar desde lo pequeño hacia lo grande. Las pequeñas metas alcanzadas siempre dan seguridad y ayudan a encarar con más salero retos mayores. En mi caso: después de asegurarse de que podía deslizarme sin hostiarme por la pista de los niños, J. me llevó a una pista un poquito más difícil para aprovechar el pequeño capital de seguridad conseguido.

Además, un profesor como Dios manda tiene que ser posibilista: o sea, tiene que utilizar lo que el alumno tiene dentro y no pedirle cosas imposibles; por otro lado, un profesor bueno ve en nosotros mismos cosas que nosotros ni siquiera sabíamos que teníamos.

Para el final dejo lo que a mí me parece que es la habilidad fundamental de un profesor: crear el clima de aprendizaje ideal. Un clima relajado, pero de atención, que es aquel en el que la información se pega al cerebro del alumno. Todos retenemos más lo que nos pasa en circunstancias agradables.

Quizá todo esto se resuma en una cosa, Ainara: hay que enseñar con respeto y con cariño, como el médico cura al enfermo.

Besos de tu tío

 (*) Ainara es la sobrina del autor

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2 Responses to El buen maestro

  1. Isabel dice:

    Jajajajjaj como me acuerdo del día que me enseñastes, la fórmula de la ecuación de segundo grado que machaque y no me entraba, un beso

  2. J dice:

    Ja, ja, ja….

    Gracias Paco!
    Te has dejado una cualidad…. la de la perseverancia…

    Te aviso de que el próximo sábado va a hacer sol, y el estado de las pistas será óptimo, porque acaba de nevar….

    nos vemos en la pista!

    J

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