El lado oscuro del sueño austriaco

Wienerberg Herbst
El parque de Wienerberg en el distrito de Favoriten (A.V.D.)

 

Abandonan sus países, en los cuales a veces viven en condiciones de extrema pobreza para trabajar en Austria «de lo que sea». Lo que no saben es que tienen pocas posibilidades de integrarse en el mercado laboral austriaco. Son los trabajadores ilegales de la Triesterstrasse.

28 de Marzo.-  Para cualquiera que viva en las cercanías de Favoriten es una estampa habitual. Si conduces por la Triesterstrasse, camino del bonito parque de Wienerberg y pasas por delante del Baumax –el equivalente local al Leroy Merlin- allí están ellos. Son generalmente jóvenes, van en chandal –una ropa que aquí, fuera de los gimnasios, sólo usan los turcos y los ciudadanos venidos del este-, merodean por el aparcamiento, fuman cigarros interminables mirando las fotos de los escaparates del sex-shop cercano –matronas vestidas de diablesa, cuarentonas con afición al látex-; de vez en cuando, por estirar las piernas o por huir del personal de seguridad del supermercado del bricolaje, suben unas cuantas decenas de metros, hasta llegar a la altura del burdel cercano.

Ellos también se prostituyen –de hecho, en alemán se utiliza la misma expresión para describirlos que para las profesionales del amor- pero no ofrecen sexo, sino trabajo.

En Austria, un país en el que la mano de obra es carísima (sobre todo en los oficios), los trabajadores ilegales del Baumax de la Triesterstrasse cobran, por todo tipo de labores relacionadas con la construcción, la electricidad y las reparaciones del hogar, un diez por ciento de lo que cobran los trabajadores austriacos.

Por diez euros la hora (y si uno se arriesga a que no haya un sitio en donde reclamar en caso de problemas) puede encontrar  un solador, un electricista, un pintor, o las tres cosas a la vez.

Los Manolos y los Benitos del este proceden fundamentalmente de Bulgaria y de Rumanía y los trae a Austria, como a los demás emigrantes, la esperanza de una vida mejor.

Son personas, asimismo, que hablan el alemán imprescindible para no morirse de hambre, que se vienen a trabajar aquí “de lo que sea” a veces, traidos por redes que rozan la delincuencia, que les alquilan un cuartucho miserable y se llevan dos euros de cada diez en concepto de “comisión”.

A pesar de que en 2011 el mercado laboral se abrió a los ciudadanos de los países del este de Europa, los cuales hasta entonces necesitaban permiso para poder trabajar en Austria, los chapuzas de la Triesterstrasse no tienen ninguna esperanza de integrarse en el mercado laboral austriaco de ninguna manera ortodoxa. En el caso especial de Bulgaria y Rumanía, la moratoria rige hasta el 31 de Diciembre de este año. Hasta entonces, cualquier empresario austriaco que quisiera contratarles, tendría que acudir al AMS –servicio de empleo público austriaco- y pedir el permiso correspondiente. Pocos empresarios austriacos lo hacen, y es por eso que los Vladimires, los Milan o los Roman del aparcamiento del Baumax se ven forzados a buscarse la vida como pueden para, a pesar de sus salarios clandestinos, estirar el dinero para mandarles algo a sus familias que viven, muchas veces, en condiciones de extrema pobreza.

La policía no va contra ellos, eso también es verdad, sino contra los jefes de las mafias de la construcción que les emplean sin darles de alta, engañándoles y, con ello, evadiendo impuestos a la Seguridad Social austriaca. Esto no significa, sin embargo, que los trabajadores ilegales de la Triesterstrasse tengan la vida fácil.

La seguridad del Baumax se encarga de que no se acerquen directamente a los clientes y procura mantenerlos alejados de las puertas del comercio. No siempre pueden –el Baumax tiene varias entradas- y los trabajadores aprovechan los descuidos de los seguratas para tratar de encontrar a alguien que los enrole para pintar un piso o solar una habitación.

En estas condiciones, la competencia entre ellos es brutal y no es raro que, en estas catacumbas del mercado laboral se produzcan también situaciones de violencia, cuando un cliente no sabe por qué candidato decidirse.

La pobreza les saca de sus casas y el intento de trabajar “en lo que sea” les trae a Austria, sólo para encontrarse una pobreza de la que tienen muy pocas oportunidades de salir.

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