La fascinante historia de la familia Coudenhove-Kalergi (1)

29 de Marzo.- El pórtico de la fascinante historia que hoy voy a contarles a mis lectores es una imagen. Muestra a una bellísima jovencita japonesa vestida, cosa infrecuente para su tiempo y sus circunstancias, a la moda europea de la era victoriana.

En aquella época, en la que había que posar largo tiempo para que la imagen de uno quedara impresa en las placas impregnadas de nitrato de plata de los fotógrafos, solo una gran disciplina como la que sin duda poseía nuestra heroína, permitía pasar a la posteridad con una cierta gracia.

Nuestra protagonista, sin lugar a dudas, lo consiguió. La fotografía muestra a una muchacha de talle juncal que sostiene una sombrilla y mira a un punto que dista mucho de la inquisitiva lente del fotógrafo. La cabeza está ligeramente inclinada y, si uno mira la imagen con atención durante un cierto tiempo, casi tiene la sensación de que nuestra joven va a estallar de un momento a otro en una risita cascabelera que ya se le ha quedado enredada en los ojitos rasgados: negros y brillantes como dos guijarros pulidos por un arroyo cantarín.

Foto: Wikipedia Commons

La fotografía debió de ser tomada alrededor de 1892, en las cercanías de Tokio, y muestra a Mitsuko Aoyama a los dieciocho años. Poco tiempo antes, su vida había cambiado de una manera de esas que solo pueden suceder cuando la realidad se empeña en superar a la ficción.

El padre de Mitsuko tenía una tienda de antigüedades orientales en un suburbio tokiota que se llamaba Ushigome. Una tarde, acudió al establecimiento un extranjero, el conde Heinrich Coudenhove-Kalergi, el cual, como muchos europeos cultos de su época, estaba fascinado por el lejano oriente.

Coudenhove-Kalergi, a la sazón diplomático del cuerpo austro-húngaro, era un caballero alto, no del todo feo, con el perfil cansado que ostentaban muchos de los aristócratas de entonces. Era un hombre de una cultura enciclopédica que, aparte del japonés, dominaba otros quince idiomas. Entre ellos el árabe, el turco, el hebreo, el español y el portugués. Además, era trabajador y enormemente inteligente: debido a que el embajador, su jefe, no sólo estaba acreditado ante la corte del sol naciente, sino que también había presentado credenciales en Korea, China y Siam. Como resultado, Coudenhove-Kalergi se veía obligado a llevar casi él solo todo el trajín de la embajada de la capital nipona.

El señor Aoyama, padre de Mitsuko, como buen anfitrión, llamó a su hija para que sirviera el té. Cuando la joven entró en la habitación, el extranjero se levantó como mandaba el protocolo de su época siempre que una señora hacía su aparición. Mitsuko, algo avergonzada, hizo la reverencia correspondiente y sirvió el té. Más tarde, escribió en su diario que había pensado que, el gesto del extranjero se había debido a que llevaba unos zapatos demasiado estrechos y que había sentido la necesidad de desentumecer los pies.

Fue amor a primera vista. Mitsuko y Coudenhove-Kalergi no tardaron en convertirse en amantes y, con muy poco tiempo de diferencia y para escándalo del puritano señor Aoyama, la pareja tuvo muy pronto descendencia. Dos hermosos niños a los que, después, se conocería como “los japoneses”. Coudenhove-Kalergi escribió a Europa y le anunció a su familia no sólo su amor incondicional por Mitsuko, la menuda japonesa que se había convertido, según el lenguaje de la época, en “su concubina”, sino también su enamoramiento total del Japón y su intención de permanecer para siempre en aquel país que le había conquistado.

Estaba muy ajeno, sin embargo, a que la vida tenía reservado para él y para su novia un destino totalmente distinto.

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