Operación Paperclip (1)

9 de Abril.- 19 de Abril de 1945. Hace solo seis días que las tropas soviéticas han entrado en la ciudad de Viena.

La otrora esplendorosa urbe es una ciudad sucia, en muchas zonas reducida a ruinas, en la que reina el hambre y la enfermedad. La gente muere a cientos todos los días y no siempre de heridas de guerra. Los jardines y los descampados se utilizan como improvisados cementerios. Las estatuas del ornato público están protegidas por toscas construcciones de ladrillo y sacos terreros. Vehículos de todas clases despanzurrados, retorcidos y humeantes atascan las calles. Las ventanas del ayuntamiento neogótico son semejantes a una fila de ojos ciegos, los soldados han hecho hogueras con el parquet del edificio decimonónico del parlamento y en la Heldenplatz hay una plantación de patatas.

Como suele suceder en estos casos, reina la confusión que siempre garantiza un ejército en marcha. Los aliados saben que el régimen de Hitler está dando las últimas boqueadas, pero aún no está muy claro cómo se organizará la posguerra.

Es en estas circunstancias cuando Stalin, el zar rojo, da unas órdenes desde Moscú que hacen honor a la astucia de campesino que ha dejado su camino de ascenso al poder sembrado de cadáveres. Son terminantes: antes del fin de Agosto de 1945 se deberá desmontar toda la maquinaria y las instalaciones industriales que el ejército soviético encuentre a su paso. La coartada jurídica es considerarlas “propiedad alemana” y, como tal, susceptibles de ser utilizadas como una indemnización de guerra. La URSS empieza a cobrarse sabiendo que, el que llega primero a las rebajas, tiene siempre posibilidad de elegir.

En total, los comunistas desmontan 220 instalaciones de todo tipo y mandan a la URSS, según las últimas investigaciones, 31200 vagones de mercancías llenos de bienes de todo tipo. Desde herramientas a teléfonos, desde bombas de riego a altos hornos.

El “desmontaje” de Austria no se limitó sin embargo a lo material. Los aliados, esta vez las cuatro potencias, empiezan a rifarse a técnicos especializados, científicos e investigadores, sin importarles su actitud hacia el régimen caido. La operación mejor investigada desde entonces ha sido la americana, conocida por el nombre clave de “Paperclip”. Ella fue la responsable de que Werner Von Braun, el responsable del programa de misiles balísticos del III Reich fuera llevado a América para construir los cohetes de la NASA (a la postre, y transfigurado en científico bueno con acento teutón, von Braun llegaría a ser una cara conocida en la posguerra gracias sus apariciones televisivas). No fue el único, también los físicos austriacos Willi Nordberg y Siegfried Bauer trabajaron en el programa espacial del tío Sam.

En cambio, poco se sabe de aquellos que cayeron en manos soviéticas –sin duda, un destino mucho menos apetecible-. Fueron llevados a la URSS en el marco de la operación “Osoaviachim”. Por ejemplo, el ingeniero vienés Ferdinand Brandner. Brandner fue miembro del partido nazi (entonces ilegal en Austria) desde 1932. A partir de 1937 puso su talento a disposición de Junkers, compañía para la que desarrolló un motor para el bombardero Ju 288. Después de la guerra fue apresado por los soviéticos, que le llevaron a un “campo de especialistas” llamado Krasnogorsk, en las cercanías de Moscú. A partir de 1947 dirigió un grupo de ingenieros germanoparlantes, que desarrollaron el sistema de propulsión Kuznezov NK 12. Fue autorizado a volver a Austria en 1953, pero paró poco aquí. En 1960 fue a Egipto, en donde construyó un motor ultrasónico y después se asentó en China. Murió sin embargo en Salzburgo, en 1986.

Pero no fue el único: otros muchos científicos austriacos fueron llevados de grado o por fuerza a territorio de las potencias vencedoras. Pero de ellos, hablaremos en el siguiente post

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2 Responses to Operación Paperclip (1)

  1. Javi dice:

    Sin pretender hacer comparaciones odiosas, me ha llegado a la cabeza la sangria de cientificos e ingenieros de la piel de toro…botin de guerra tambien?

    • Paco Bernal dice:

      Hola Javi: no, botín de guerra no, respeto por las tradiciones. Históricamente, en España la ciencia le ha importado a todo el mundo un pimiento. Así nos va. Un abrazo.

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