ADN: La última frontera de lo privado

Pareja feliz mirando un teléfono móvil15 de Abril.- El progreso de la ciencia y de la tecnología nos enfrenta constantemente a nuevas realidades. Las personas que se ven a sí mismas como prudentes, ven en estas novedades un peligro. Los que son más intrépidos, piensan que representan una oportunidad de mejorar la vida de la Humanidad. La mayoría de las veces, el lado más inquietante de lo nuevo se disfraza con un aspecto lúdico o con una ventaja en algún campo que nos acongoja, sobre todo la seguridad.

Hace diez años, cualquier persona normal hubiera suscrito la afirmación de que poseer un teléfono de bolsillo con cámara incorporada era una pollardez. Hoy, todos llevamos el nuestro y la nuestra. Cuando hacemos una foto (pongamos a nuestr@ churri), inmediatamente el teléfono la enlaza a unas cordenadas de GPS y alquien que disponga de los aparatos apropiados puede saber en todo momento donde estamos haciendo fotos (o dónde estamos, a secas).

La mayoría pensamos que llevamos una vida normal, aburrida y, por lo tanto, con pocas probabilidades de que nos ocasione tropiezos con los chicos de la porra. Pero claro, todo eso depende de qué busquen en cada caso los chicos de la porra.

Asimismo, a todos nos parece inocente compartir con nuestros amigos de Facebook que estamos hirviendo agua para echar a cocer unos espaguetis o que hemos estado en el museo del sexo en Amsterdam o que nos tienen que hacer un análisis de heces. Pero todo tiene un pero. Últimamente, cuando subes una foto al libro de las caras, su software identifica aquellas zonas de la foto a) que son caras y b) te pide que digas a quién pertenecen esas caras. En futuras ocasiones, FB ya reconoce quién es la persona (ha guardado los parámetros de su rostro en su banco de datos) y ha quedado asimismo grabada su relación con nosotros. Cuando unos datos están guardados, siempre hay alguien que pueda hacer una búsqueda. Y los señores de FB la hacen, que a nadie le quepa duda.

FB supone, asimismo, que si dos personas son amigas es probable que compartan una porción de intereses parecidos. Por un lado, utiliza esa información para “sugerirnos” publicidad; pero, sin que nosotros podamos hacer nada para evitarlo, ahí están en manos de unas gentes a las que nadie controla datos (más o menos precisos) sobre nosotros, nuestros amigos, nuestras preferencias políticas, religiosas o sexuales. En los casos de personas que o son inocentes o están idos de la olla (especialmente los jóvenes, que han crecido con esto y les parece inofensivo) fotos de sus hijos, de ellos mismos en bolas o vestidos. En fin.

El caballo de batalla de este siglo que empieza va a ser la información que gente que no conocemos tiene de nosotros.

Y no sólo la información que, como pánfilos, estamos dando constantemente (lo dice uno que tiene un blog, pero bueno) sino aquella íntima que, imperceptiblemente, vamos dejando o, más grave, que nos obligan a dar.

Por ejemplo, el ADN.

Estos días pasados, el equivalente austriaco de nuestro Tribunal Constitucional (el Verfassunggerichtshof) ha dictado una sentencia pionera. En ella, se dice que la policía austriaca, amparándose en una interpretación ultralaxa de la ley (data la norma de 1999 y fue enmendada a principios de este siglo) ha estado recogiendo (y guardando) muestras de ADN incluso en casos en que maldita la falta que hacía recoger muestras de ADN. Por ejemplo en el caso que ha motivado la denuncia. Un señor al que se juzgaba por falsedad documental en el marco de un embrollo inmobiliario ¿Hacía falta que la policía obtuviese ADN del hombre para hacerse un perfil genético suyo? Parece muy improbable justificar semejante medida tomando el presunto delito como base ¿Estaba obligado a darle restos biológicos suyos un hombre al que los guardias forestales pillaron pescando en un estanque ajeno? Obviamente, no. La policía se ampara que el ADN es “nuestra huella dactilar” (por eso se pretende también que la policía de fronteras austriaca pueda, en determinados casos, recoger ADN de personas (basta con pasar un bastoncillo de los de limpiarse los oídos por las encías, o sacudir una prenda que haya estado en contacto con la piel). Y que el cruce de los datos de bancos de ADN a nivel mundial ayudará a resolver casos cuyos choris permanecen impunes hasta ahora.

Pues bien: el ADN es, y será, mucho más que eso. Contiene datos sobre nuestra raza, sobre nuestra propensión a padecer tales o cuales enfermedades, contiene información (al cincuenta por ciento) sobre nuestros padres, procedencia geográfica, etcétera. Un sinfín de cosas (y casi cada día se conocen otras nuevas). Si esa información, obtenida aparentemente con fines santos, dejase de ser confidencial –hoy, un riesgo real para todo aquello que esté guardado en un ordenador conectado a una red- cualquiera podría tener acceso a unos datos nuestros que ningun queremos que sean públicos. Datos listos para ser utilizados de maneras ilícitas o éticamente dudosas ¿Usted contrataría a un trabajador en cuyo material genéticos se ve la propensión a padecer un mal de tiroides o una depresión?

El tribunal austriaco ha instado a EPR a reformar aquellos párrafos de la ley demasiado inconcretos y a acotar con precisión en qué casos la policía puede recoger muestras de ADN de un sospechoso.

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