Ding dong the witch is dead

una pareja de manifestantes de izquierdas17 de Abril.- Querida Ainara (*): Hoy ha sido el entierro de Margaret Thatcher. Sin duda alguna, para bien y para mal, la realidad de estos primeros compases del siglo XXI  es el resultado de su gestión al frente del Gobierno británico. Desde que se conoció la noticia de su muerte (un mero trámite, como si dijéramos, porque la que fue Margaret Thatcher hacía ya muchos años que había desaparecido en el fondo de su demencia) las valoraciones sobre su figura se han sucedido. “La tácher” como se la conocía en mi infancia, ha dejado un Reino Unido dividido. La bancada conservadora, de quien la muerta era el orgullo y el estandarte, la ha reverenciado (quizá porque todos los mitos, por el hecho de serlo, están completamente desactivados). La izquierda británica, que durante mucho tiempo fue víctima de su éxito, la ha demonizado. La víctima de este tira y afloja con los despojos de la difunta ha sido otro muerto, el bueno de Harold Arlen. En 1939, compuso para la banda sonora de El Mago de Oz, una canción que ha tenido múltiples versiones “Ding dong the witch is dead” (Ding Dong la bruja ha muerto). Una eficaz campaña de internet ha elevado esta vieja tonadilla infantil al segundo puesto de las listas británicas. Escandalizados, los conservadores incluso han pedido al Gobierno que censurase la canción.

Para ti, Margaret Thatcher será un personaje histórico del que, quizá, tengas lejanas referencias. Sin embargo, si te hablo de ella es más porque, a mi juicio, Margaret Thatcher ofreció al mundo un modelo muchísimo más erróneo de lo que nunca pudo ser una gestión política cargada de sombras: una versión de lo que debía de ser una mujer de éxito, que impregnó la sociedad occidental de su tiempo. Si pienso en la biografía de Margaret Thatcher veo a una persona que fue vendiendo al diablo del Poder partes de su alma en (in)cómodos plazos. Porque Margaret Thatcher tuvo que vencer todas las barreras que se le ponían a una mujer de su tiempo para que no alcanzase el éxito. Hizo muchos sacrificios, pero sin duda los más duros debieron de ser los trozos de sí misma que se dejó por el camino. Desde el principio, tuvo todos los vientos en contra. En un país tan clasista como la Inglaterra de la posguerra mundial, Thatcher procedía de un estrato social humilde (era hija de un tendero); era, además, fea (bueno, esto no se notaba tanto, porque los ingleses no son el pueblo más agraciado de la Tierra exactamente) y, además, era mujer; y no contenta con esto, era de derechas. Margaret Thatcher era, como si dijéramos, un negro metido a skinhead.

Supongo que, desde el principio, Margaret Thatcher asumió que, si quería triunfar en la vida, tenía que esconder, disimular o hacer olvidar todo lo que ella veía como defectos que pesaban en el lado malo de su balanza. Por eso se convirtió en una señora “de hierro”, como la llamaban. Se hizo inflexible, se hizo invulnerable, se hizo autoritaria (eso que la gente de derechas llama “ser carismático”), se acostumbró a tener razón y se acostumbró a pensar que las críticas se acallan más tarde o más temprano si uno sabe esperar a que se callen. Reformó un país con una economía al borde de la catástrofe (a mediados de los setenta, el Reino Unido tuvo que pasar por la humillación de pedirle un préstamo al FMI) pero la población británica pagó un precio muy alto. Los programas satíricos de la televisión inglesa (el Spitting Image, más bestia que ningún otro programa satirico de antes ni de después) la mostraban orinando de pie en el servicio de caballeros. Y quizá esa fue la clave de su figura: Thatcher pensó que ser una mujer de éxito consistía básicamente en convertirse en un hombre. En asumir todos los valores que la sociedad consideraba entonces (y ahora) como “varoniles” y que, aún, se asocian hoy al “macho alfa” político.

Estoy seguro que, entre las nieblas de su mente decrépita, Margaret debió de pensar que, aquello, había sido feminismo.

(La pobre).

Besos de tu tío

(*) Ainara es la sobrina del autor

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