Parar un tren

Madrid. Manifestante sosteniendo una pancarta24 de Abril.- Querida Ainara (*): a pesar de que los dos tenemos la sensación de que el otro es una especie de otro yo nuestro, tu padre y yo tenemos algunas diferencias de carácter. Unas diferencias que eran más agudas cuando éramos niños pero que se han ido suavizando con el tiempo hasta permanecer latentes, de fondo. Estas diferencias son, han sido siempre, el secreto del éxito de nuestra relación. Y es que los hermanos Bernal no compiten, ni han competido nunca. Nos hemos sentido siempre muy a gusto y muy bien cada uno en nuestra parcela, de manera que creo no equivocarme si digo que tu padre y yo, además de ser hermanos, somos muy buenos amigos.

Una de las diferencias que más se ha suavizado con el paso del tiempo (como por otra parte, era lógico que así fuera) es la cuestión de la paciencia. Creo que, si hubiera habido campeonatos del mundo de la especialidad, yo hubiera podido ser plusmarquista.

De niño, de adolescente, de jovencito, yo siempre era de los que reaccionan con tranquilidad ante las contrariedades. Si no se podían cambiar las cosas, normalmente yo esperaba a que las circunstancias cambiasen (proceso que, normalmente, tomaba su tiempo) o bien trataba de “hacerme amigo” de las circunstancias, encontrando lo que éstas pudieran tener de favorable. Mi hermano, tu padre, en cambio, era de los que se desesperaban.

Tratando de calmarle –y consiguiendo, generalmente, que se encalabrinase más- yo le animaba a que, si no podía cambiar las circunstancias, tratase de cambiar la percepción que tenía de ellas. O sea, que burlase al destino utilizando los sucesos a su favor. La frase concreta –no muy afortunada desde el punto de vista literario- era “si la vida te da flores, flores; y si te da estiercol, utilízalo para plantar flores en él”. En aquellos tiempos, yo utilizaba la frase como un mantra. Hoy no estoy tan seguro del optimismo que subyace detrás de ella y cada vez me inclino más a pensar que, cuando Dios aprieta, ahoga pero bien.

A veces, sin embargo, pienso en lo siguiente. Hace más de veinte años, España estaba en una crisis económica no sé si más dura que la de ahora, pero sí muy profunda. En aquellos tiempos sombríos, coincidiendo con el principio de la década de los noventa del siglo pasado, olvidadas las alegrías olímpicas,se alcanzaron, por ejemplo, cotas de paro muy parecidas a las de ahora. En 1994, un 24 por ciento de las personas que buscaban trabajo no lo encontraban. Hasta, por lo menos, 1997, la tasa de paro se mantuvo por encima del 20%. Y sin embargo, yo no recuerdo que hubiese la sensación de desaliento que hay hoy. La sensación de que el fin del mundo está próximo y de que, para lo que nos queda de estar en el convento, nos bajamos los pantalones y obramos a la vera de cualquier muro.

Está claro que, aunque los acontecimientos sean parecidos, es la percepción de la gente lo que ha cambiado. Y, es más, cada vez estoy más convencido de algo que sí que subyacía en la frase con la que yo le daba la tabarra a tu padre. Una cosa que se puede aplicar a todas las circunstancias de la vida y no solamente a los avatares de la crisis económica (algo que, al fin y al cabo, pasará algún día) y es esto: resulta muy poco productivo intentar convencer a alguien de la realidad de los acontecimientos es, objetivamente como es (¿Existe la objetividad?), lo que al final queda es la percepción que cada persona (o la sociedad entera) tienen de una realidad concreta. Si esa sociedad, como pasa en el caso de la española, tiene la percepción, el concepto global de que el mundo, la realidad, tal y como hasta ahora la habían conocido, está a punto de terminarse, entonces no importará que la objetividad de los acontecimientos desmienta esa percepción, porque la creencia se abrirá paso como un tren en marcha e, igual que un bólido lanzado a toda velocidad, será imposible de parar.

Así pasa y así ha sido siempre.

Besos de tu tío

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Un comentario a Parar un tren

  1. Javi dice:

    Si y no, mi querido Paco.

    Me explico: hasta ahora yo pensaba como tu. Lo mal que lo pasamos alla por los 1993-1994 con esos porcentajes de los que la gente no parecia acordarse hasta hace nada. Pero si miras la grafica correspondiente http://elpais.com/elpais/2013/04/25/media/1366878313_750528.html comprobaras como tras el nuevo metodo de medicion de desempleo lo que han hecho es reducir el porcentaje de desempleo resultante, con lo que, si siguiesemos usando el metodo vigente en 1994, probablemente estariamos ahora rondando el 34 o 35%. Casi na, y que Dios nos coja confesaos, Pepelui…

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