Póntelo, pónselo (o no)

Viena. Hombre vestido de traje tìpico trepando a un maibaum29 de Abril.- Susanne W., 32 años, nacida en un pueblo del land de Salzburgo y residente en Viena, es una empleada de banca vegetariana que vota a los verdes, es feliz poseedora de un ordenador Apple, sale una vez a la semana con sus amigas a tomarse unas copas y a poner a caldo a las ausentes, lee el Standard y, cuando la temperatura lo permite, disfruta del sol leyendo un libro tumbada en los enzies del Museums Quartier.

Durante unas vacaciones en Salamanca, en el curso de las cuales Susanne se familiarizó con la lengua de Jesulín de Ubrique, Susanne conoció a Oscar C., igualmente de 32 años, químico con facilidad para los idiomas, delantero centro más que mediano de un equipo amateur salmantino. Tras un año y medio de relación a distancia y, en gran parte, debido a la zarrapastrosa situación del mercado laboral español, Oscar decidió venirse a Austria “a probar suerte” y, por qué no, citando a Antonio Gala, “a poner la tentación en el lugar más conveniente para caer en ella” (florida manera que el ilustre polígrafo cordobés tiene de decir que Oscar se vino a Austria con el fin de que, tanto la vida sexual suya como la de Susanne, ganaran en calidad y cantidad).

Oscar y Susanne viven felices en Viena, en donde el español ha encontrado, para ir tirando, un trabajo como camarero en el servicio de desayuno de un hotel de la capital. El jefe de Oscar es un pelín mastuerzo, pero Susanne le conforta diciéndole que, mientras que sus compañeros no tienen más narices que servir cafés por el resto de sus vidas, Oscar, en cuando aprenda el alemán suficiente, levantará el vuelo para propulsarse grácilmente a puestos de más sustancia (y, sobre todo, mejor remunerados).

Los novios hacen de vez en cuando viajes a la zona rural de donde es oriunda Susanne, para ver a los suegros, con los que Susanne, siguiendo la costumbre local, habla por teléfono mientras está en Viena una vez por semana durante diez minutos (a veces, una vez cada quince días). Cuando están en Salzburgo, Oscar encuentra enormemente pintoresco ver a las personas vestidas con los trajes tradicionales (pantalón de cuero para ellos, dindrl para ella). Susanne, en cambio, a fuer de austriaca, empieza a echar pestes nada más que su santo habla de irse al supermercado más cercano (en época de oferta) y comprarse todos los archiperres necesarios para salir a la calle hecho un figurín campestre.Viena. Hombres en Lederhosen

La actitud de los austriacos con respecto al uso del trachten o traje tradicional austriaco es ambivalente. Mi experiencia es que los nacidos en el campo y residentes en ciudad, como la Susanne de nuestro ejemplo, tienden a considerar el trachten como una cosa paleta y atrasada; en cambio los urbanitas que solo tienen un recuerdo muy vago de que las vacas producen estiercol una cantidad de veces al día, asocian el trachten a) con la ingesta alcohólica en fiestas populares y, por ende, con los placenteros efectos de esa ingesta y b) con esa arcadia rural que consagraron esas películas en technicolor que se produjeron en este país inmediatamente después de la guerra mundial y hasta los años sesenta. Y, por lo tanto, los visten más como un disfraz que como un traje típico (más cuando, en esto de los trachten, cada vez se tiende más a la eliminación de las diferencias regionales: esto, puede parecer un contrasentido, pero por ejemplo, los austriacos de Burgenland no se visten con el trachten tradicional de Burgenland –que viene a ser parecido al de los huertanos de Murcia- sino que se ponen los atavíos alpinos que vende el Hoffer).

En cuanto al caso de nosotros, los extranjeros, mi experiencia es que, a determinados austriacos, les puede parecer un poco raro que nos pongamos nuestras (sus) galas campesinas. Lo encuentran un poquito extraño, un si es no es arficifial, como cuando yo me encontré en las fiestas de mi pueblo a la familia china que regentaba el todo a cien local (ahora “todo a un euro”) vestidos de perfectos sanfermineros de la Pamplona chica.

Mi consejo, queridos lectores, es no forzar. O sea, vestirse de trachten si se ofrece solo en el caso de que uno se sienta cómodo, y le guste y le salga (y, sobre todo, también que a la santa y al santo les haga ilusión y no les dé alipori salir con nosotros a la calle).

Y a vosotros ¿Qué os parece?

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Un comentario a Póntelo, pónselo (o no)

  1. Javi dice:

    Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, y sin reincidir en el tema que tratas, te dire Paco, que es posible que algunos empecemos a preocuparnos por tu salud con ese ritmo que llevas. Has pasado de entrada cada dos dias a dos entradas por dia. Si sigues asi, vamos a tener que asistir un dia al sepelio de Viena-directo, incluida visitilla al psiquiatrico de Viena a ver al bueno de Paco, que nos recibira con la diestra entre la solapa, sombrero imperial, y cantando la marsellesa. Y si se nos va Paco, solo nos queda la Viena pa turistas, y de esa ya me canse el dia que me entraron tres tipos diferentes vestidos de Mozart a la entrada de sendos monumentos historico-artisticos del Inner-Stadt…

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