Francisco José y Sissi: una historia de (des)amor

Viena.Busto del emperador Francisco JoséUn hombre aburrido aplastado por el peso del poder, una mujer neurótica e intelectualmente hiperactiva. Ella le buscaba las amantes. Él tenía hijos ilegítimos.

11 de Mayo.- Estamos en 1853, en Bad Ischl. Sofía, la madre del joven (y tímido, y socialmente inepto, y aburrido, y enmadrado) emperador Francisco José ha organizado el encuentro de su hijo con la que a ella le parece que será la emperatriz ideal: Helene, princesa de Baviera, conocida por su familia (y por la posteridad, a través de las películas del Sr. Mariscka) como Nené. Sofía se ha informado: Nené está sana, es moderadamente culta, es suficientemente mansa como para dejarse gobernar (cosa importante para una suegra autoritaria) y está razonablemente al cabo de la calle de las cuestiones de protocolo. Sin embargo, el tiro le sale por la culata a la estricta señora, porque su hijo se queda prendado de la hermana de Nené, Elisabeth, Sissi, a la sazón una muchacha de dieciséis años.

Sissi: la novia imprevista

Sissi pertenece a una rama segundona de la aristocracia bávara y por esta razón, a los dieciséis, puede permitirse todavía ser una niña inocente,totalmente en la higuera, alejada de todo lo que ha marcado la vida del encorsetado emperador.

Sissi (la verdadera abreviatura es Sisi, pero cuando se hacen las películas en los cincuenta, el señor Marischka no puede utilizar el nombre por una cuestión de derechos de autor) Sissi, decía, aparte de ser mona, representa para Francisco José una libertad que él nunca se atreverá a tomarse. Al saber del enco*amiento de su hijo, la archiduquesa Sofía intenta hacerle ver la falta de preparación de la chica para el papel que le está destinado, pero Francisco José, con esa obstinación típica de la gente que tiene digestiones mentales difíciles, se empecina y, tras el oportuno cortejo, la boda se celebra en la Iglesia de los Agustinos de Viena.

A partir de aquí, la mitología dice que, entre Francisco José y su señora, se desarrolló una historia de amor apasionado con la que solo Luigi Luccheni, un anarquista, pudo terminar, al clavarle un estilete en el corazón a Elisabeth mientras viajaba de incógnito por Suiza.

La realidad, como suele suceder, fue muy otra.

Fuera de la almibarada versión oficial, lo cierto es que Francisco José y su santa se parecían como un huevo de codorniz a una castaña pilonga. Él era como su pariente Felipe II de España. Su cerebro funcionaba como un tanque: lento, pesado, pero seguro. Y con la misma capacidad de maniobra una vez fijado el curso. Era un trabajador incansable pero con cero imaginación y las situaciones nuevas le producían urticaria. Hablar con otros seres humanos le infundía una parálisis total. Fuera de la caza, la burocracia y el ejército le interesaban muy pocas cosas. Ella, en cambio, era hiperactiva mental y físicamente. No podía estarse quieta. Aprendía idiomas, hacía gimnasia, se sometía a dietas de burro para mantenerse delgada (y quizá para intentar atraer a un señor que, en la cama, no debía de ser un follarín de la pradera, si se me permite mi humilde opinión). Pronto, a la real pareja se le terminaron los temas de conversación y, muy pronto, se convirtieron en dos desconocidos que compartían los caserones lujosos pero afectivamente inhóspitos en los que los Habsburgo desarrollaban la pantomima que constituía su día a día.

Soluciones para un matrimonio roto

Sissi empezó a marcharse de viaje cada vez más a menudo, con la excusa de enfermedades reales o fingidas y, desde muy pronto, el emperador empezó a buscar fuera del matrimonio las alegrías que no le daba su mujer. Lo hizo con tanto ahínco que Francisco José, católico cerrado y, por lo tanto, contrario al aborto y a cualquier método anticonceptivo, dejó por el mundo varios hijos ilegítimos de otras tantas amantes.

A partir de 1885, Elisabeth empezó a darse cuenta de que su señor esposo se sentía solo y, quizá para que dejase de darle la turra, fomentó la amistad de Francisco José con la actriz Katharina Schratt. Una mujer culta, guapetona, con cierto parecido con ella misma, que había nacido en el mismo año en que Sissi y su emperador se conocieron (Schratt murió en Viena en 1940, a los 87 años, mucho tiempo después de que Francisco José hubiese fallecido). Aún pueden verse en el palacio de Schönbrunn los rastros de la entrañable amistad que unió al bueno de Francisco José con Katharina. Ella le mandaba estampas devotas de sus viajes, que el emperador colocaba en un biombo de sus habitaciones. La verdad es que Sissi tuvo muy buen ojo para elegirle la amante a su mujer, porque Katharina Schratt, por lo que ha quedado dicho de ella, hubiera sido la mujer ideal de Francisco José. Piadosa hasta la manía, su pasatiempo favorito era hacer puzzles. Su única excentricidad era que era una gran amante de los animales. Tenía en su casa (en el número cuatro de la Ringstrasse, frente a la Ópera) dos monos, tres papagayos y siete perros. Siempre guardó la más estricta discreción sobre su relación con Franz Joseph y, cuando el emperador murió en 1916, le guardó las ausencias para siempre.

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3 Responses to Francisco José y Sissi: una historia de (des)amor

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  2. Antonio Alemán Curià dice:

    muy bueno este punto de vista

  3. Inés dice:

    ¿Desde cuando se es un “catolico cerrado” o un “catolico abierto”? Se es o no se es. La Iglesia catolica siempre estuvo en contra del aborto, que es un asesinato y hoy en dia, un genocidio en masa. Quisiera saber que opinan los que de escandalizan del Holocausto nazi…

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