Un perro llamado Mistetas

viena. cocker spaniel secándoseY en esto, del túnel del tiempo, surgió Mistetas. Como últimamente parece que están surgiendo otras cosas.

22 de Mayo.- Querida Ainara (*): hace un par de días, me llamó tu abuela a eso de las siete de la tarde –estaba yo planchando- y me dijo: “mira, que te paso a tu sobrina que te quiere contar un chiste”. Te pusiste al teléfono y, desde el túnel del tiempo, surgió Mistetas.

Por si para cuando leas esto se te ha olvidado, te recuerdo el chiste: “Esto era una mujer que tenía un perro que se llamaba Mistetas, y entonces se le perdió el perro y fue a un policía: “señor policía, señor policía ¿Ha visto usted a Mistetas? No, pero me gustaría verlas”.

Naturalmente, te mondabas de risa (bueno, los dos nos reíamos: tú por el límite transgredido y yo por pensar en lo que tú te estabas divirtiendo, y por lo que me recordabas a Margaret O´Brien en Cita en St. Louis).

Luego vinieron las protestas mías, nunca demasiado serias y siempre a beneficio de inventario  (“!Pero bueno, quién te ha enseñado eso! Me lo he inventao yo, tío Paco; no me lo creo, ay, pero qué sinvergüenza es esta niñaaaa)

¡Ay, Mistetas…! Supongo que del túnel del tiempo no surgirán otras cosas de mi infancia las cuales, por fortuna, han perdido actualidad. No creo que cantes lo de “Franco, Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer se lo lava con Ariel” (¡Quién de tus contemporáneos, por suerte, sabrá quién era Franco!) pero, por lo que parece, otras cosas sí que volverán de las tinieblas de aquella Transición en la que viví mis primeros años: vamos, vuelven ya.

Por ejemplo, la clase de religión.

Antes de seguir, Ainara, creo conveniente dejar claro que soy católico y creyente. Es más, creo que, de todos los que estuvimos, fui uno de los poquitos que se emocionó el día en que te bautizamos. Cada vez que me despido de ti, te hago en la frente la señal de la cruz, para que Dios te proteja (vamos, como nos protege a todos, o sea de aquella manera con la que no tenemos más remedio que conformarnos, porque lo que nos pasa entra en unos planes que sólo Él conoce). También rezo todas las noches y de día cuando tengo algo especial que pedir (o por lo que dar gracias, lo cual es todavía mucho más importante y es un aspecto que se suele descuidar).

Dicho esto: creo que es un error y un atraso que la religión católica (o cualquier otra) se estudie en los colegios públicos.

Y para afirmarlo me atengo a mi propia experiencia.

Estudié religión en el colegio y en el instituto entre los 5 y los 18 años de mi edad. En total, 13 años. Y la verdad es que no aprendí nada de provecho.

Bueno, miento: algunas cosas de provecho sí que aprendí, porque en el Instituto, tuve un profesor muy majo que, aparte de intentar explicarnos sin mucha convicción aquella chorrada del método Ogino (él no lo decía porque se jugaba el curro, pero yo sospecho que él planificaba el crecimiento de su familia utilizando los condones, como por otra parte es normal) decidió explicarnos la historia del Pueblo de Israel. Y así aprendimos bastante de lo que pasó en aquella región del mundo antes de que en el siglo I naciera Jesucristo.

Por lo demás, el pobre pasaba grandes apuros cuando le hacíamos preguntas que solo nosotros, en nuestra inocencia de niños que estaban creciendo en una sociedad que había perdido la suya, podíamos hacerle. A saber:

– ¿Por qué dos personas que no se aguantan no pueden divorciarse? (o sea ¿Por qué está mal que dos personas que sólo se hacen daño mutuamente se separen?)

-¿Por qué la Iglesia –en mi época creíamos aún que solo había una- siempre dice No a las estupideces más grandes –particularmente si se trata de algún avance científico importante-?)

-¿Qué tiene de malo el sexo sin que haya bendiciones de por medio? (hoy podríamos incluso decir “si hasta hay muchos curas que lo practican”, pero en aquella época aún no nos atrevíamos a tanto)

-¿Por qué miente la Iglesia diciendo que es pobre, si a la vista está que está forrada? (no hay más que ver cómo iba el último Papa y la pasta que se gastaban en festejarle cuando venía a España). Y si es verdad que es pobre ¿Por qué se gasta el dinero en gilipo**eces como mover a un viejecito al que todo el mundo puede ver por la tele de un lado para otro, en vez de gastarse la guita en cosas verdaderamente importantes?

 Y tantas y tantas otras que no pongo aquí por no aburrirte.

Más tarde, mis contactos con la caridad “patrocinada por el Vaticano”  (ver aquí, aquí y aquí) no ayudaron mucho a mejorar la opinión que la Iglesia, como organización, me merece.

O sea, que necesita mejorar (y mucho). A ver si con el nuevo Papa el tema se arregla un poco.

De todas maneras: lo que sé de los dogmas no lo aprendí en el colegio (ni falta que me hacía) sino, como es natural, en la catequesis (que daban siempre unas señoras de invariable aspecto mustio y/o militar). Así pasa en la mayoría de los países de nuestro entorno. En la escuela deberían estudiarse, porque es importante para el desarrollo de la persona,  valores éticos, pero a ser posible compartidos por toda la sociedad.

A diferencia de los obispos españoles tengo dudas más que serias de que darle la turra a la gente con cosas que no quiere aprender ayude a que la sociedad vuelva a un estadio que, como Mistetas, pertenece un pasado que todos los adultos hemos superado.

En España seguirán convencidos (cada vez menos, porque también los católicos tenemos sentido común) los de siempre y los otros, pues estudiarán ética. Como debe ser.

Besos de tu tío

(*) Ainara es la sobrina del autor

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