Cuidado, que nos están leyendo

  Un hombre moreno en una obra de arteO de cómo las redes sociales son lo más parecido que hay al habitáculo de un coche.

10 de Junio.- Queridos amigos, let´s face it: todos hemos pasado por la siguiente experiencia: semáforo (pongamos de una concurrida arteria viení). Verde, ambar, rojo. Detenemos nuestro vehículo. En paralelo se sitúa otro coche, miramos de reojo y vemos como el que está al volante del otro coche empieza a hurgarse la nariz con saña, como si quisiera alcanzar eso que los clásicos conocían como “el tercer ojo” (a la pituitaria me refiero).

¿Qué ha sucedido? Pues que los conductores consideran el espacio del habitáculo del coche como un recinto clausurado, privado y solitario (e, inconscientemente, consideran también que es invisible para el resto del mundo y que, por lo tanto, no están obligados a respetar ciertos hábitos civiles).

Pues bien: con internet pasa un poco igual. La gente deja escritas por la red cosas que le pondrían los pelos de punta a un calvo y se queda tan pancha, porque internet conlleva para muchos de nosotros el anonimato y, por lo tanto, la impunidad.

¿Siempre? Pues no, como se ha encargado de demostrar un tribunal austriaco dándole un susto a una pandilla de tiroleses.Viena. Cancha deportiva

Facebook y pollo al chilindrón

Érase una vez cuatro amigos (tres y una ) que estaban intercambiando mensajes  en una red social. Ya saben mis lectores, “qué rico estaba el pollo al chilindrón que me he comido hoy” (me gusta, I like it, no me gusta). A este nivel de sofisticación me refiero.

Los seres que hoy nos ocupan eran jóvenes, inconscientes y sin muchas luces, por lo que ahora se verá. Se tocó la cuestión, siempre espinosa, de la inmigración, calentóse el debate, se mencionó el tema de las cámaras de gas, se les deseó a algunos turcos destino tan aciago como el que había afligido a varios millones de judíos durante el Holocausto, dichas manifestaciones llegaron a los amigos de estas personas humanas a través de la fibra óptica o de las microondas (cuatrocientos contactos por cabeza)  y ¡Pimba! La fiscalía de Innsbruck actuó de oficio imputándoles un delito de incitación al odio racial (Verhetzung).

Los acusados fueron citados ante el juez y, naturalmente, después de reconocer que lo que habían escrito había estado feo, trataron que su señoría entendiese en qué contexto se habían hecho aquellas manifestaciones. Charlas entre amigos, bromas que se hacen, discusiones tabernarias, dicharachos sin importancia, o sea.

El juez debió de considerar lanzas lo que los imputados consideraban cañas, y no se dejó conmover. Tres de los acusados aceptaron su culpa, y decidieron purgarla mediante trabajos de servicio a la comunidad.

 Grafitti our little secret

El vicio solitario

 El cuarto, sin embargo, no quiso aceptar esta solución y, como ejemplo de cómo se habían desarrollado las cosas, expuso ante el juez la broma que había dejado escrita  en el Caralibro y que yo, a mi vez, dejo aquí reproducida para que mis lectores, si lo creen conveniente, la evalúen. Dice así en una versión bastante agreste de la  lengua vernácula: „Warum gibt’s in da türkei koane samenspender??? …weil di ganz wixxa bei uns san ;)“. Ahí va la traducción: “¿Por qué en Turquía no hay donantes de esperma? Porque todos los pajilleros se han venido aquí (a Austria)”.

En interés del progreso filológico de mis lectores, tengo que aclarar que Wixxa (Wichser, pajillero, masturbador compulsivo) se tiene por estas tierras por un insulto bastante grueso. Digamos que, de Wixxa, es como se motejan los conductores los unos a los otros, cuando se encuentran en situaciones conflictivas provocadas por el  tráfico de vehículos con ruedas. Sería sinónimo de cabrón, en la Península, o de pendejo en diferentes Repúblicas hermanas de Latinoamérica.

El acusado declaró asimismo que él, personalmente, había contado el mismo chiste a muchos turcos y que los dichos turcos habían encontrado la broma de partirse la caja pectoral. El levantamiento de cejas del juez después de escuchar esto último se sobreentiende.

Su señoría no se dejó convencer y empapeló al acusado, condenándolo a una multa de 480 laureles. En el caso de que no pudiera hacer frente al pago de esta cantidad, se le hubiera puesto a la sombra durante sesenta días.

 Epílogo con emoticono

 Nuestra historia no terminó aquí, sin embargo.

El lenguaraz ciudadano tirolés apeló a una instancia más alta, la cual certificó su inocencia basándose en lo siguiente: después del chiste de los pajilleros, el acusado utilizó el emoticono del ojillo cerrado, o sea: 😉, el cual significa que lo que viene delante es de coña y no merece ser tomado muy en serio.

Dado que esta traducción del emoticono puede leerse en Wikipedia y que es comunmente aceptada, sostiene la más alta instancia judicial del Tirol, no se puede considerar que el hombre estuviera incitando a dar matarile a todos los administrados por Erdogan y, por lo tanto, no habría cometido delito alguno con la broma de los pajilleros.

Así, nuestro tirolés salió en libertad sin cargos.

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