Maria Cristina de Habsburgo: reina (y además, señora)

Maria Cristina de Habsburgo-Lorena con sus hijos

8 de Julio.- Dejábamos el otro día a Maria Cristina de Habsburgo recién casada, casi partiendo la tarta de boda en compañía de Alfonso XII en el nuevo comedor de gala del Palacio de Oriente de Madrid.

Sufriendo celos mortales igual que una reina mora

A pesar de que nuestra Christa hizo todo lo posible porque no fuera así, en aquella pareja el amor fluyó casi siempre solamente en una sola dirección. Alfonso XII nunca quiso a su mujer y, hecho un follarín de la pradera, se entregó a aventuras amorosas de todo género.

Al principio, el pueblo de Madrid, presa de lo que podríamos llamar “el síndrome Rebeca” (la muerta, Maria de las Mercedes era, a priori, mucho más salada que nuestra austriaca) no le tuvo mucha simpatía a Maria Cristina pero luego, conforme las infidelidades del rey se fueron haciendo públicas, la gente se compadeció de aquella pobre mujer e, incluso, muchos años después de que muriese, la copla le consagró un monumento. Reina y Señora se llama y, en ripios inmortales, canta el dolor de Maria Cristina“ de pie tras los ventanales/a veces llega la aurora/ sufriendo celos mortales/ igual que una reina mora”.

Alfonso XII, tuvo dos hijos fuera del matrimonio con la contralto Elena Sanz (con la cual, por cierto, Maria Cristina ajustaría cuentas en su viudez, porque una cosa es ser sufrida y otra no tener una memoria de elefante para los agravios). Uno de estos hijos, lo que son las cosas, llamado Fernando Sanz y Martínez de Arizala, los apellidos de soltera de su madre, fue un destacado ciclista de la Belle Epoque y participó en los juegos olímpicos de 1900 representando a Francia y ganó una medalla de plata.

Los genes Borbón, el deporte y las chatis, ya se sabe.

A pesar de todo, durante estos años Alfonso XII cumplió con su mujer por lo menos dos veces, dándole (para pesar del llamado “partido dinástico”) dos hijas. A la primera, Maria Cristina le puso Maria de las Mercedes y a la segunda, Maria Teresa.

Los misteriosos pañuelos rojos

Hacia 1884, el Rey Alfonso empieza a utilizar pañuelos rojos y toda la corte, servil como era entonces, le imita, considerándolo una divertida  excentricidad real. Sin embargo, solo unas pocas personas, entre ellas Cristina, conocen la razón: Alfonso de Borbón ha enfermado de tuberculosis –un mal prácticamente incurable en aquella época- y camufla con los pañuelos las hemorragias pulmonares que son la marca inconfundible de la enfermedad.

Por razones políticas, la enfermedad del rey se lleva en el más absoluto secreto, hasta que el estado del monarca se agrava tanto que es necesario que se recluya en el Palacio de Aranjuez. Cánovas, el Deus Ex Machina de la política de la época, insiste en que tanto Maria Cristina como la Reina Madre, Isabel II la cual, entretanto, ha sido autorizada a pasar algunos días en Madrid de vez en cuando, hagan vida normal en lo posible, que se las vea en el Teatro Real y otras ocasiones de gala. Maria Cristina se encarga de las tareas oficiales en representación de Alfonso. En la fase final de la enfermedad, Cánovas hace correr por Madrid la especie de que el Rey tiene un catarro muy fuerte del que debe recuperarse lejos del ajetreo de la capital.

Christa, la fuerte austriaca, ensayando el papel de reina constitucional que más tarde bordaría, deja en un segundo plano su obvio sufrimiento personal y trata de aparentar normalidad, escapándose algunos días por semana, en secreto, a ver al rey a Aranjuez.

En una de estas visitas, Maria Cristina le anuncia que está embarazada por tercera vez. Alfonso XII no llegará a conocer a la criatura: el Rey muere el 25 de Noviembre de 1885, una semana antes de cumplir los veintisiete años. Fallece, por cierto, en absoluta soledad ya que ni su madre ni Maria Cristina son autorizadas a estar con él en el último momento. Por esta razón se revelan como apócrifas aquellas palabras que, según algunos, Alfonso dirigió a su esposa en su lecho de muerte. Aquello de “Cristinita, guarda el coño y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas”.

Aunque, de eso, hablaremos la próxima vez.

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