El affaire Lucona (Primera parte)

Barcos en alta mar10 de Agosto.- A finales de enero de 1977 el naufragio de un barco abrió la espita con todos los ingredientes de una apasionante novela.

Un barco se va al fondo del mar

23 de Enero de 1977. Algún punto entre la India y Sri Lanka. Son las cuatro de la tarde hora local (las 12 de la mañana en Viena). El cielo está despejado, la mar en calma  y un carguero de mediano tonelaje, el Lucona, la surca. De pronto, sin previo aviso, hay una explosión y el Lucona se va al fondo del piélago llevándose con él a seis de los doce miembros de su tripulación. La explosión, naturalmente, no fue fortuita y se puede decir que, los que la prepararon, tuvieron mala suerte: ellos habían previsto que la tripulación pereciera enteramente y no quedaran testigos de su acción.

En el momento de hundirse, el Lucona se encuentra en uno de los puntos más profundos del océano índico. Concretamente, el pecio, antes de tocar el fondo del óceano, habrá de recorrer 4192 metros.

Es el principio de uno de los procesos por corrupción más aparatosos de la historia de Austria y, sin duda, en el que más miembros de la élite del país se vieron implicados.

Como se supo luego, el Lucona había salido de Chiogia, en el norte de Italia, el día de reyes de 1977. A bordo, según los papeles oficiales, había una instalación destinada al enriquecimiento de uranio valorada en 212 millones de chelines austriacos (unos 15 millones y medio de euros actuales). La realidad, era muy otra: en las bodegas del carguero no había más que chatarra. En concreto, los aperos de una explotación carbonera y de una fábrica textil. En conjunto, los herrajes no valían más que 73.000 euros.

La carga había sido asegurada en Viena y el beneficiario del desastre del Lukona era el señor Udo Proksch. La carga del Lucona estaba dirigida a un hombre de paja de Proksch el cual no había sido más que una excusa para la realización de un viaje que todo el mundo, desde el principio, sabía que no iba a concluir.

Algo huele a podrido en el reino de Dinamarca

¿Quién era Proksch? En principio, el dueño de la pastelería Demel (una de las más famosas de Viena, en las cercanías de la Michaelerplatz), casado con Erika Pluhar, actriz conocidísima y, por si todo esto fuera poco, un networker insaciable, perejil de todas las salsas, seductor de mujeres, amante de las armas y amigo de toda la gente guapa del stablishment vienés de la época, particularmente de aquella vinculada a la infraestructura del todopoderoso SPÖ de la era Kreisky.

Proksch había cofundado en 1973 el Club 45, que tenía su sede en los altos de la pastelería Demel. Para ser miembro, había que pagar la astronómica cuota mensual de 300 chelines (79 euros al cambio). Naturalmente, en aquella época, el club era un sitio selecto solo apto para altos funcionarios y políticos. Entre ellos, pertenecían al club el presidente actual de Austria, Sr. Heinz Fischer, el que fue ministro con Kreisky Hannes Androsch (que tuvo que dimitir por otro escandalo sonado, el de la turbia construcción del Hospital General de Viena) y el que luego sería canciller Franz Vranitzky. En las recoletas estancias del Club 45 se cocinaban negocios, se tejían favores y, en medio de todas las redes, como una tarántula feliz que viajara de un lado a otro de su tela, estaba Udo Proksch.

Cuando el Lucona explotó en medio del Océano Índico, la aseguradora se negó a pagar la indemnización a Udo Proksch, alegando la sospecha de que la carga que llevaba el barco no era la que reflejaba la documentación que obraba en su poder. No hay noticia de que Proksch reclamara en ningún sentido.

El Lucona, su carga y las turbias luchas por el dinero y por el poder que rodearon su viaje interrumpido de manera tan abrupta, hubieran pasado desapercibidos para siempre si no hubiera sido por dos periodistas vieneses que, diez años después de sucedidos los hechos, descubrieron que algo olía a podrido en el reino de Dinamarca (o, mejor dicho, a 4192 metros por debajo de las aguas del Índico).

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