Doña Juana ¿La loca? (II)

Pintura renacentista flamenca

La primera (y apasionante) parte de esta historia puedes encontrarla si pinchas aquí

Después de haberse concertado su boda con el archiduque Felipe el Hermoso y tras un azaroso viaje, Doña Juana de Castilla puso pie en Flandes, en donde comprobó dolorosamente lo que va de lo vivo a lo pintado.

22 de Agosto.- ¿Qué pensaría Doña Juana mientras navegaba hacia el norte de Europa? Como era normal en la época, la de la infanta era una boda a ciegas. Los novios no se conocían en persona y es probable que la única referencia que tuvieran de la pinta que tenía el otro fueran retratos salidos de los siempre aduladores pinceles de los pintores de la corte.

En cualquier caso, la mar no le daría a nuestra infanta mucho tiempo para abismarse en sus pensamientos. A los pocos días de partir de Laredo, la escuadra tuvo que buscar refugio en Portland y, cuando al fin arribó a las costas de Zelanda, el 31 de Agosto de 1496, una de las carracas genovesas encalló frente a la localidad holandesa de Middelburg y tuvieron que abandonarla. Con tan mala suerte que era el buque que llevaba la mayoría de los objetos personales de la novia.

Mientras todas estas cosas sucedían, en Flandes, en la corte del archiduque Felipe, se estaba desarrollando una feroz batalla por el poder.

Los gabachos mueven ficha

Francia, mediante un grupo de consejeros a sueldo instalados estratégicamente en el entourage de Felipe el Hermoso (lo que entonces se llamaba “un partido”), intentaba por todos los medios parar la boda con Doña Juana, tratando de convencer al archiduque Felipe para que revocase los acuerdos matrimoniales que había firmado Maximiliano I, su padre y emperador, para establecer una alianza con Francia .

(Por cierto, hablando de majaras: entre los Austrias, los matrimonios consanguíneos y el medio desquiciado y ultrarreligioso en la que vivieron la mayoría de los miembros de la familia, hizo que algunos no andaran demasiado bien del casco. Este Maximiliano, por ejemplo, se hacía acompañar a todas partes por su ataud y mantenía largas conversaciones con él. Y a todo el mundo, claro, le parecía normalísimo, que para eso él era el emperador y lo valía).

Así pues, cuando Doña Juana puso (¡Por fin!) pie en Flandes, su novio no acudió a recibirla. Hay que pensar la situación de extrema precariedad en la que debió de vivir nuestra paisana durante los dos meses siguientes. Era una muchacha de diecisiete años, sin experiencia, que se había cruzado el mundo conocido para ir al encuentro de su futuro marido, el cual andaba todavía deshojando la margarita sin decidirse a casarse con ella o a cambiarla por una francesa. Estaba en una cultura distinta, en medio de una gente de habla extraña, en un país que no tenía nada que ver con la Castilla en la que había nacido.

Para nosotros es difícil imaginar un sentimiento así esto porque, quien más quien menos, ha visto en los documentales de la tele la fauna australiana o las estepas de Mongolia pero para Doña Juana, los Países Bajos, con su lluvia, con sus nublados, con su verde paisaje, debieron de ser como el planeta Marte.

El caso es que los consejeros a sueldo de la corona gabacha fracasaron y Felipe el Hermoso accedió por fin a pasar por la vicaría, boda que se celebró en octubre de 1496 (después de que los novios se tratasen el mínimo imprescindible para cubrir las mínimas formalidades que incluso una boda de estas características implicaba). Parece ser que, nada más verse, Felipe el Hermoso cayó en las redes de la española (ya se sabe que no hay mejor manera de cazar a un austriaco que maltratar su idioma lo más  posible) y Juana, educada en la mojigata corte de los Trastámara (mojigata por influencia de la reina Isabel y porque tampoco había dinero para dispendios) quedó pronto prendada de los huesos del archiduque Felipe.

Herzogshut
La corona del archiduque, Kloster Neuburg (A.V.D.)

La española cuando besa

El Hermoso, como luego su hijo Carlos y desgraciadamente para doña Juana, resultó ser un follarín de la pradera. O sea, que lo mismo que se enamoró de la española se desenamoró de ella.

O más bien, dado lo que uno conoce del material centroeuropeo, lo más probable es que “la locura” de doña Juana se desencadenase por una diferencia cultural. Para Doña Juana, como buena española, la monogamia era una cosa indiscutible y el sexo tenía siempre implicaciones emocionales, vinculantes y afectivas. Para Felipe el Hermoso, como para muchos paisanos suyos después de él, el sexo era principalmente una gimnasia que hacía feliz.

Por otro lado, la corte de Felipe el Hermoso, dominada por los nobles borgoñones, estaba atravesada por un río de oro procedente del tráfico de ricos productos textiles que, desde Flandes, suministraban a toda Europa. En esas condiciones, a Felipe el Hermoso la rectitud moral de su señora le debió de dar como perezón.

Las aventuras contínuas de su marido, que se agudizaron con el primer embarazo de la ya archiduquesa Juana, hicieron que la española se consumiese en celos mortales (“igual que una reina mora”, que cantaba Juanita Reina refiriéndose a una de sus descendientes, tan cornud…Digo, tan desgraciada en los amores como ella). Doña Juana dio en vigilar incesantemente a su marido.

El 24 de Noviembre de 1498 nació la primogénita de la familia, Leonor de Austria, que haría un carrerón (primero reina consorte de Portugal y luego reina consorte de Francia); el 24 de Febrero de 1500 nació el futuro emperador Carlos en unas circunstancias algo rocambolescas: devorada por los celos y con un tripón de aquí te espero, Doña Juana había perseguido a su santo hasta Gante, en cuyo palacio se celebraba una fiesta. Cuenta la Historia que, en los lavabos de dicho palacio, parió la española al que sería el monarca más poderoso (y más gotoso) de su tiempo. Teniendo en cuenta el estado en que estaban las letrinas en aquella época, habla mucho en favor de la fortaleza de la raza nacional que la española no cascase de fiebre puerperal.

No fue así a Dios gracias y en 1501, en Bruselas, parió a su tercera hija, que llegó a  reina de Noruega (lo flipas).

Pero para entonces, la vida de Doña Juana había empezado a dar el siguiente giro.

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Un comentario a Doña Juana ¿La loca? (II)

  1. victoria dice:

    Te vas superando. Lo que no sabía yo era eso del ataúd. ¡Qué cosas¡

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