Andreas Gabalier, la castidad y la respuesta austríaca a la crisis

Andreas GabalierDi que, hace unas semanas, estaba yo viendo la televisión y di que echaban una cosa que se llamaba La Noche de la Volksmusik (o similar).

12 de Octubre.-Periódicamente, la ORF nos alegra con estas emisiones en las que las cantantas y los cantantes entonan en playback unas canciones con las que los Camela quizá no se hubieran atrevido.

Gabalier como concepto

En esto de la Volksmusik (o sea, la translación al tendido centroeuropeo de Rosario Flores, Rosa de España y David de María) hay clases, como en todo. O sea, hay estrellitas, hay estrellas como Andrea Berg (esa mujer a la que aún no conoce Jose Luis Moreno, pero que tendría gran porvenir en el universo creativo del conspícuo ventrílocuo) y luego, hay luminarias. El Juanito Valderrama de la Volksmusik (perdóneme el Maestro allá donde se encuentre) es un muchacho que atiende por Andreas Gabalier.

Gabalier es un producto perfecto de discográfica. Hasta el punto que podría decirse que Gabalier es, más que un cantante, un concepto. Luego me extenderé más en este punto.

En fin: di que Gabalier termina de cantar (en playback) su último éxito, cuyo título contenía la palabra Zuckerpuppen (en el escenario había, por cierto, una “muñeca de azúcar” ad hoc vestida de traje tradicional austriaco). En esto que, al astro del cuplé transalpino, se le acerca el inefable y siempre profesionalísimo Alfons Haider y le pregunta por los rumores sobre su reciente emparejamiento con una presentadora de la ATV. Muchacha buenísima,por cierto, no hay ninguna duda, pero que todo lo que tiene de rubia lo tiene de sosa. Se azara un tanto el Elvis de los prados, el público enardecido ruge, inquiere Alfons Haider algunos detalles aptos para menores a propósito del romance (Haider es un señor muy elegante y nunca inquiriría otra cosa) Andreas Gabalier lanza al aire un par de picardías de esas que solo podrían poner colorada a una monja que llevase en clausura desde 1920. Aprieta Haider en plan tío mayor que quisiera sacarle detalles jugosos a un sobrino remiso y, en estas, se nos descuelga Andreas Gabalier con que él ama tanto a su novia que sólo consumará su relación después de haberse casado por la iglesia. Y se queda tan ancho. El público aplaude y el televidente (este televidente) se queda perplejo en casa sin saber si descojonarse ante estas declaraciones que juzga, con perdón, de veintegenario. Pero las declaraciones del astro le dan que pensar.

Amo a Laura

Naturalmente, Andreas Gabalier es muy libre de hacer con su guitarra lo que le pete. Incluso, es muy libre de ponerse a practicar alpinismo o puenting o macramé para mortificar al cuerpo y no tocarse, que luego salen pelos en las palmas de las manos y los niños se quedan ciegos. Por no hablar de la pobrecita de su novia, pasando hambre mientras amueblan el piso y se publican las amonestaciones, que ya hay que ser pava (con perdón). Pero es indudable que, si Andreas Gabalier dice en un programa de máxima audiencia, delante de un cierto número de millones de telespectadores, que lo suyo es la abstinencia y el amo a Laura, es porque, naturalmente, cree que decirlo es algo que le va a hacer ganar puntos de cara a esas personas que, llegadas a casa, rezarán un rosario y luego le darán un par de clicks al itunes para descargarse sus melodías.

Decía antes que Andreas Gabalier es un concepto y Andreas Gabalier, como producto, cubre un nicho de mercado.

Es más: Andreas Gabalier es un producto de la crisis.

Es obvio que, en estos momentos, Europa se encuentra en un momento transcendental de su historia. Una encrucijada (lo he dicho muchas veces) comparable a la que supuso, por ejemplo, la primera guerra mundial. Un mundo, lentamente, está hundiéndose tras el horizonte de la Historia, otro está surgiendo. Aún informe, aún sin definir.

Zusammen ist man weniger allein

A pesar de que en Austria la crisis se ha dejado sentir (gracias a Dios) muy moderadamente, se huele en el aire el miedo al cambio (es, de todas maneras, un rasgo muy acentuado del carácter de este pueblo). El miedo a ese futuro incierto del que no sabemos nada.

En estas situaciones, ha sucedido siempre, la gente suele tirar por dos vías: en primer lugar, el pasado. Si no el verdadero, uno inventado (ejemplo clarísimo es la manipulación constante de la Historia de los nacionalismos periféricos españoles, a los que no les tiembla el pulso a la hora de cambiar nombres, modificar fechas o deformar hechos históricos para adecuarlos a sus fines presentes). En el caso austriaco, esa arcadia creada por necesidad no es otra ese medio rural que sale (aunque sea solo de refilón) en las películas de Sissi. Esas vacas que pacen en calma, ese cielo azul, esas chicas monas vestidas enseñando un casto escote y su frufrú de enaguas; esos chavales fornidos enseñando pantorrilla, ese cura bonachón y anciano que es el consejero delegado de Dios en esta Tierra y que impide a las muchachas y a los muchachos hacer travesuras juntos en el pajar (vamos, por parejas).

Por otro lado, la masa acude al grupo. Y ahí es donde se encuadra el auge actual del traje tradicional en Austria. La gente se pone el trachten, aunque en su vida hayan olido una boñiga de vaca ni hayan visto el campo más que en los documentales, para reconocerse miembros de un grupo. Para sentirse amparados. Es el título de aquella película Zusammen ist man weniger allein (Juntos se está menos solo).

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