Compañeros del metal

muñeco de jugador de fútbol americanoAlgo se mueve en las relaciones laborales austríacas. De momento, la primera escaramuza ha quedado en tablas.

29 de Octubre.- Las raíces etimológicas de la palabra moderno vienen de la expresión latina que podría traducirse por “el modo de hoy” (modus hodiernus) o sea, la manera más nueva de hacer las cosas (el matiz positivo que nosotros le damos estaba completamente ausente al principio, porque hoy se pueden hacer las cosas fenomenal o se puede hacer una ñorda pinchada en un palo, lógicamente). Por eso yo, cada vez que alguien me dice que quiere “modernizar algo” la verdad, me echo mano a la cartera como primera medida. Por lo que pudiera pasar.

Desde que pasaron las elecciones y parece que las cosas vuelven a su cauce (Stronach a sus chocheces, Strache a su eterna conspiración para dominar el mundo, Spindelegger y Faymann a su aburrimiento consuetudinario) no deja de oirse que Austria “debe ser modernizada”, que las estructuras del país deben ser puestas al día para hacerlas más eficientes y más competitivas.

Ya se podrán imaginar mis lectores a costa de quién.

Uno de los primeros intentos de hacer las cosas “al modo de hoy” ha quedado en tablas.

Las negociaciones, en Austria, se atienen al guión

Los obreros de la industria del metal y sus patronos llevaban días negociando las futuras condiciones por las que se regirá el sector.

Es una negociación periódica y siempre está envuelta en la máxima tensión. Los patronos, como es obvio, quieren hacer las cosas “al modo de hoy” lo más posible, mientras que los trabajadores, como es obvio también, lo que intentan es mejorar sus condiciones de trabajo y cobrar más para poder gastárselo en schnitzels y en juguetes para sus niños.

Es costumbre que las negociaciones sigan el guión siguiente:

Días antes de que se cierre el plazo para la aprobación del convenio, los trabajadores, como el regateador experto del zoco, amenazan con levantarse de la mesa y declarar una huelga. Los empleadores se echan las manos a la cabeza (cuidando, eso sí, de no revolverse mucho el pelo engominado). Y es que, en Austria, las huelgas se asocian a épocas históricas de muy ingrato recuerdo. Los empresarios ponen el grito en el cielo. Los trabajadores se enrocan y dicen que a ellos les chupa un pie completamente el hacer huelga. El telediario de máxima audiencia de la noche planta sus cámaras, a la americana, a la puerta del local en donde se desarrolla la negociación. Corren los segundos con desesperante lentitud, se negocia a brazo partido, poniendo todo le corazón en el asador (Sofía Mazagatos dixit) y, por fin, segundos antes de que la carroza se convierta en calabaza y los corceles en ratoncitos, salen los representantes de los trabajadores y de la patronal, sudados, con esa cara de agotamiento feliz que sucede a un coito maratoniano y placentero y anuncian que el peligro ha sido conjurado: no habrá huelga, la paz social austríaca no correrá peligro.

Muy al estilo aborígen, las dos partes habrán tenido que fastidiarse un poco y nadie se habrá salido con la suya, pero ambos bandos podrán presentarse ante sus pares con la cabeza bien alta.

Así ha sucedido esta vez. Ayer, es concrento.

El fondo de la cuestión

¿Cuál era el escollo esta vez? (y aquí viene lo del “modus hodiernus”) Pues eran las horas extraordinarias.

En este país, desde antiguo, todas las horas extraordinarias se pagaban y en los convenios quedaban naturalmente fijadas qué horas eran extraordinarias y qué horas se salían de la jornada de trabajo normal. La nueva moda, conforme a los vientos que corren por Europa, es que la patronal se busca triquiñuelas para ahorrarse los costes que suponen esas horas. A esto, en neolengua, Cruella de Merkel le llama “ser flexible”.

En sectores de actividad en los que, de suyo, por la irregularidad de los flujos de trabajo, es normal que los currantes tengan que hacer horas extraordinarias, los nuevos contratos ya se hacen “pauschaliert”. Esto es, contando con un sueldo base y un plus, siempre igual, por las horas que es presumible que se echen (aquel que, cuando yo trabajaba en la tele, se llamaba “plus de disponibilidad”).

A los trabajadores del metal esto, naturalmente, no les venía bien, porque hay muchos sueldos que se vuelven notablemente más jugosos con las horas extraordinarias y estos “pauschalen” en la mayoría de las ocasiones suponen ganar menos..

Otro escollo era el aumento salarial.

Los compañeros del metal no querían perder poder adquisitivo y ganar algo. A partir del primero de noviembre, subirán los sueldos un 2.85% (la inflación ha sido este año del 1.7%). La petición original del sindicato era del 3.4 y la de la patronal, del 2,3. Como suele decirse “ni pa ti ni pa mí”.

Aunque en estas negociaciones,  ya se sabe, estos topes se ponen para ser incumplidos.

 

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