El conejito, la huelga y el “sacaputas”

HuelgaEsperemos que Ainara no haya sacado conclusiones erróneas a propósito de cómo funciona el mundo.20 de Noviembre.- Querida Ainara (*): esta semana te escribo para comunicarte que, en algún momento del sábado o del domingo pasado, caiste en las posibilidades de la huelga como medio de presión. Nada más y nada menos.

Te cuento (o, como diría Karmele Marchante, “te comento”): este fin de semana, te quedaste a dormir una noche en casa de tu amiguita R.

R., vive con sus padres en una zona residencial próxima a tu zona residencial y váis al mismo colegio, en donde compartís mesa en el comedor, pupitre y, hasta que un niño de segundo de primaria tuvo el rostro el rostro pálido de mangártela, también compartíais una peonza  de colores que te regaló tu abuelo hace poco.

(Espero que aprendieses a no fiarte de la bondad de los desconocidos, que hay por ahí cada granuja suelto que no veas).

A lo que íbamos:

Tu amiguita R. tiene varias mascotas. Entre ellas, un conejito (un animalito blanco, plácido, mordisqueante de zanahorias).

A tí, el hecho de que R. tuviera este roedor, con sus jaula y sus tubérculos, para ella sola te pareció el colmo del glamour y, cuando llegaste a tu casa, le comunicaste a tus señores padres (particularmente a tu señora madre, porque tu señor padre debía de estar en Alemania, levantando la economía del reino de Cruella de Merkel) que aspirabas también a la posesión de un conejito igual que el de tu amiga R..

Tu madre, como hubiera dicho Matías Prats, valoró esta propuesta negativamente, y a ti, después de evaluar los instrumentos de presión que se encontraban a tu alcance, no se te ocurrió otra cosa que decir:

-Pues entonces, no te voy a obedecer hasta que me compres el conejo.

Tu madre, conteniendo la risa, te debió de mirar con cara de “mira cómo tiemblo” (que es una mirada característica de ella que a mí me hace mucha gracia)  y te amenazó con medidas coercitivas si persistías en tu actitud rebelde (más concretamente, debió de resucitar ante tí el fantasma del tortazo en el glúteo, método eficaz, instantáneo, aunque políticamente incorrecto, de atajar los brotes levantiscos en los niños de la infancia de los países mediterráneos, no así en los de estas repúblicas centroeuropeas).

Ante semejante perspectiva (que nunca se concreta, porque me consta tus padres nunca te han tocado un pelo de la ropa) tú renunciaste a plantear de nuevo tus reivindicaciones (o las pospusiste hasta momento más favorable), debiste decir algo como “jopé!” y se consumó otro episodio de la secular batalla de las clases obedientes a su pesar contra las que tienen la sartén por el mango.

A los adultos, Ainara, nos hace mucha gracia la rebeldía infantil (cuando es dentro de un orden, como la tuya) e historias como esta tuya del conejito terminan formando parte de ese acervo que siempre sale a relucir en las cenas de navidad (esas cenas de navidad a las que tu tío, el que vive en el extranjero y sabe hablar en raro, tiene una asistencia discontínua).

Para compensarte del trauma, te voy a contar una historia de tu padre.

Tu bisabuela María era una mujer que, en alemán, podría describirse como fromm (o sea, muy pía y muy religiosa) y, como muchas personas de su tiempo y circunstancias, tenía una relación con lo prohibido que podríamos considerar casi  fóbica.

Tu padre, no era un secreto para nadie, era su ojito derecho.

A los demás nietos también nos quería mucho, obviamente, pero con mi hermano era predilección.

Siendo tu padre algo más pequeño de lo que tú eres ahora, aprendió la palabra “sacapuntas” pero, al principio por falta de pericia, siempre decía “sacaputas”, sin la N.

Era escuchar “sacaputas” y a tu bisabuela le entraba una ansiedad que hiperventilaba, la pobre mujer. Y, solícita, se lanzaba a corregir a tu padre, marcando mucho las sílabas. Parece que la estoy oyendo:

-Sa-ca-PUUUUUUUN-tas.

Tu padre, que se daba cuenta de que debía de estar diciendo algo prohibidísimo y superpicante, decía:

-Sacaputas.

Y tu bisabuela, otra vez:

Sa-ca-PUUUUUUUN-tas.

Y tu padre, muy rápido:

-Sacaputas.

Y nosotros, muertos de risa, al ver el apuro de la pobre señora.

En fin:cosas de niños.

Besos de tu tío

 (*)Ainara es la sobrina del autor

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Un comentario a El conejito, la huelga y el “sacaputas”

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