HC Strache y Carmen Sevilla: iconos pop, vidas paralelas (2/2)

StracheComo decíamos ayer, siempre que veo a HC Strache, el jefe de la ultraderecha austriaca, me acuerdo de Carmen Sevilla. Es inevitable ¿Quieres saber por qué?

Y es que Strache y doña Carmen tienen muchísimas cosas en común.

Strache y el componente aspiracional de su personaje

Particularmente ese componente aspiracional sin el cual la cabaña ovina de Patuel hubiera llevado una vida mucho peor.

Como Carmen, como Isabel Pantoja, Strache sabe que se debe a su público el cual, al final, es el que paga el precio de la entrada. Por eso, como Lina Morgan, siempre actúa para todo el teatro, de la primera a la última fila. Hasta para el caballero que manda flores y él sabe quién es.

Y se esfuerza en ser una versión mejorada del  núcleo duro de sus votantes. Esto es: personas sin una instrucción académica especialmente rica (por lo tanto sin herramientas demasiado sofisticadas para analizar la realidad) y, por lo mismo, con un deseo desesperado de encontrar un sistema de ideas coherente que les alivie de la angustia que les produce no entender el mundo. Blancos, negros, buenos, malos, enemigos reconocibles, amigos con los que compartir cervezas. Combínese esto con un deseo igualmente desesperado de pertenencia a un grupo que se considera exitoso, unos cuantos relojes caros y escandalosos, una higiene personal que ralla en lo carcelario (los conscriptos tienen todo el tiempo del mundo para dedicarselo a su aseo personal) y el esqueleto del éxito de Strache como personaje estará ahí.

Ubi irritatio ibi fluxus

Políticamente, Strache representa todo lo contrario a aquello en lo que yo creo.

Su discurso y el de sus corifeos es machista, homófobo, racista, parece estar siempre a un paso de la violencia física, verbalmente va de mamporrero que aspira a imponer su opinión a como dé lugar y parece carecer de otra empatía que no sea la de enardecer a su público en discusiones tabernarias. Pero, a pesar de eso, tengo que reconocer que, si Strache fuera un personaje de ficción (Aunque ¿Hasta qué punto Strache no es un personaje de ficción?) yo hubiera caido a los pies de su creador. Como soy fan absoluto del Pijoaparte de Juan Marsé (leer “Últimas tardes con Teresa” una de las mejores novelas españolas del siglo XX).

Es más: pienso que Strache está pidiendo a gritos una novela o un ensayo que analice su figura, el porqué de su éxito y lo poliédrico de sus talentos (todos naturales, como de manantial).

Ese lado en sombras que está siempre presente pero que, como es tan evidente, pasa inadvertido para la mayoría de la gente. O sea: el esfuerzo ímprobo que Strache se ha tomado para construir al personaje que nosotros vemos y que es muy probablemente la pantalla que él utiliza para desviar la atención de aquellas zonas de su biografía de las que está menos orgulloso  (y no me refiero a la dudosa catadura de sus amistades neonancis, sino más bien a algún punto de su pasado remoto). Zonas oscuras que, para el resto del mundo han dejado de tener importancia pero que sin duda él tiene presentes en todo momento. Pinchándole y produciéndole una incomodidad que le impulsa a ser como el toro que se crece con el castigo.

El único político profesional de Austria

Strache, en ese sentido, es el único político profesional de Austria, porque para él, la política es algo de vida o muerte. Para Strache, la política, la batalla contra esa corriente que, según su visión del mundo, siempre fluye contra él, es un medio de justificar ante sí mismo su presencia en el mundo.

Verle en acción provoca por eso reacciones ambivalentes. Por un lado, la admiración que produce ver trabajar a cualquier profesional entregado apasionadamente a un oficio que sabe que se le da bien (ese gustillo que da, por ejemplo, ver cocinar a Arguiñano) por otro, miedo, aversión, porque es una persona que siempre sale a matar y de la que se intuye que, llegado el caso, no va a respetar los límites, las convenciones o los tabúes que nos hemos dado para que la vida en este mundo merezca la pena.

Yo por mi Andreita ma-to

Lo demostró el sábado en Pressestunde, un programa de la ORF en el que se realizan entrevistas políticas (que normalmente discurren como balsas de aceite).

Una de las periodistas presentes le preguntó a Strache por su decisión (sin duda poco ortodoxa) de anunciar la ruptura de su última relación sentimental a través del canal oficial del partido. Esta pregunta le dolió a Strache porque, sin duda, entraba dentro de una de las zonas oscuras de las que hablábamos más arriba y el político se entregó a una inaudita serie de ataques ad hominem (“ad mullierem”, en este caso) en la que le reprochó a los periodistas presentes el estar vinculados por matrimonio al Poder. A ese stablishment que Strache siempre invoca cuando, una vez y otra, se le niega el lugar en el sol que él cree que se merece.

Cualquier otro político austriaco hubiera rehuido el enfrentamiento, pero Strache no. No puede. Es superior a él. Y demostró que se había preparado la entrevista hasta el punto de guardar en la manga secretos de sus entrevistadores para poderlos usar en caso necesario. Y asomarse al alma de alguien que va por el mundo así, cuando no es un personaje de ficción, puede dar miedo. Mucho miedo.

Porque nada tiene que importarnos tanto como para dejar de ver seres humanos en quienes tenemos enfrente. Y si algo nos importa tanto como para perder esa perspectiva elemental, entonces es que algo está fallando y, en algún lugar dentro de nosotros mismos, debería encenderse una alarma.

Ahora, que hay gente a la que ese pilotito le falta de serie ¿Lo tendrá Strache?

 

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Un comentario a HC Strache y Carmen Sevilla: iconos pop, vidas paralelas (2/2)

  1. Clara dice:

    Muy elocuente y bien elaborado doble-artículo, mi querido bloguero de referencia 🙂
    Nunca se me hubiera ocurrido semejante comparación, pero tal y como lo muestras la relación está clarísimamente bien establecida: entretenimiento absurdo para el pueblo ignorante, necesitado de cortinas de humo que los desvíe de posibles opiniones demasiado molestas para los poderes fácticos.
    El final es lo que más me ha dado que pensar…un político que no tiene ningún respeto por nada ni por nadie, que solo quiere inspirar terror ante el adversario…¿psicópata? ¿narcisista? Pero vale, al fin y al cabo ellos solo son un reflejo de lo que nosotros somos…¿tan psicópata se está convirtiendo nuestra sociedad para tener líderes así en el siglo XXI? ¿Porqué no evolucionamos? Muchas preguntas y pocas respuestas, pero para eso estás tú, y tus intensos artículos. Liebe grüssen, Paco

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