La apasionante historia de la “Misión Sixto” (1)

KapuzinergruftEn una Europa exhausta por dos años de la guera más cruenta que el mundo haya conocido, se desarrolló una intriga diplomática que hubiera hecho las delicias de los amantes de las novelas de Dumas.

1 de Diciembre.- Da vértigo pensar en lo ajenos que, en el primer domingo de adviento de 1913, hace cien años, estaban los europeos ante la matanza que se les venía encima. Solo algunos indicios, como el escándalo Redl, indicaban, como truenos lejanos, la proximidad de la tempestad de plomo y de fuego que iba a abatirse sobre un mundo que aún creía en la inocencia.

A partir del atentado de Sarajevo, sin embargo, los acontecimientos empezaron a precipitarse y Europa se hundió en una orgía de sangre que fue, en muchos sentidos, una guerra entre clanes familiares. O mejor, entre ramas de lo que, en un sentido amplio, podría considerarse como una misma familia de dirigentes. Porque, debido a las alianzas matrimoniales, y a la fertilidad de los descendientes de la reina Victoria de Inglaterra, cuya matriz actuó como nodo central de una red a escala europea, media realeza continental era cuñada o suegra de la otra media. Aunque, debido a la política de propaganda a la que la Gran Guerra obligaba, a partir de 1914 se hiciera todo lo posible y a toda prisa para borrar las huellas de estos parentescos.

(En este sentido, por ejemplo, se encuadra el cambio de nombre de la casa real inglesa por el de Windsor que aún conserva hoy, al objeto de borrar las resonancias germánicas del auténtico apellido de los monarcas ingleses, Sachsen-Coburg Gotha o, si no me equivoco, Sajonia Coburgo Gotha).

Un hombre, el emperador autriaco Carlos I, quiso aprovecharse de esta situación para apagar la máquina de picar carne de la primera guerra mundial. Sin embargo, lo que podríamos llamar la resistencia de la estructura de poder al cambio, se lo impidió. Como resultado de su fracaso, el secular imperio de los Habsburgo se hundió para siempre y nació la Europa moderna.

Esta es la historia de la llamada “Misión Sixto”.

 La muerte, escoltada por la sabiduría, va tras los soldados

La muerte visita Viena

El 21 de noviembre de 1916, el emperador Carlos sucedió al anciano Francisco José. Austria-Hungría se encontraba enzarzada en la guerra mundial, pero todo el mundo que, en los pasillos del poder, tenía la perspectiva suficiente, sabía perfectamente que la situación del imperio del águila bicéfala era insostenible por más de un año, año y medio a lo sumo.

Las economía imperial se encontraba exhausta y amenazaba el fantasma del hambre y de las escaseces de todo tipo. El joven emperador austriaco había comprendido asimismo que el Káiser Guillermo, el principal aliado de Austria, era un enfermo mental poseido por una vesania belicista a la que, si no se le ponía coto, precipitaría Europa en el abismo (aún más, o sea). Así que, animado por su esposa, la solo aparentemente frágil Zita de Borbón y Parma, Carlos decidió jugar la carta de la paz.

A favor de ello, hablaba también que, en el momento de su ascenso al trono, Austria había completado oficialmente sus objetivos militares, con lo cual hubiera podido abandonar la guerra mundial sin ningún tipo de deshonra. Solo la obcecación alemana mantenía a los austriacos en el campo de batalla.

Había que tender puentes y mandar mensajes a la llamada “entente” (las potencias aliadas, Francia, Inglaterra e Italia, principalmente) pero ¿Cómo hacerlo? El asunto era extremadamente delicado porque, si las negociaciones fracasaban o se hacían públicas, las relaciones de Austria con sus aliados podrían verse quebradas para siempre y la catástrofe podría agravarse aún más.

Probablemente, partió de Zita de Borbón la idea de solicitar el concurso de sus hermanos, el príncipe Don Sixto de Borbón y Parma (padre, por cierto, de Carlos Hugo de Borbón Parma, muerto en 2010 que fue pretendiente carlista a la corona española) y Don Francisco Javier de Borbón y Parma.

A ambos, les fue encomendada una misión que hubiera hecho las delicias de cualquier amante de las novelas de Alejandro Dumas.

Este post (y los que seguirán) no hubieran surgido sin el amable concurso del redactor de este blog. Muchas gracias, Reo 🙂

Articulo publicado en Historias de la Historia con las etiquetas: , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Follow Me