Andreas Gabalier, Madre Coraje y Vaya par de Gemelas

Andreas Gabalier2 de Diciembre.- El sábado pasado, en la Stadthalle de Viena, ante 12500 espectadores, el cantante Andreas Gabalier cerró su gira Volksrocknroller Tour. Yo, estaba entre ellos.

Madre Coraje o Vaya Par de Gemelas: usted elige

Creo que fue Jose Carlos Mainer, el prestigioso catedrático español especializado en la literatura de la llamada Edad de Plata de la cultura española (1898-1936) el que dijo que el fascismo es una excrecencia de la modernidad.

O sea, que sin todas aquellas personas inteligentísimas (y algo piradas) que, después de la primera guerra mundial, pensaban que el mundo estaba hecho un asco y que había que pasarle urgentemente el Pronto y el paño, Hitler no hubiera tenido la más mínima posibilidad.

Porque la huida de la conciencia colectiva hacia esa arcadia ultraconservadora que el fascismo propone es, ante todo, una reacción de susto ante unos cambios que van demasiado deprisa, que no se admiten por  extremos o que no se entienden.

Mientras veía a Andreas Gabalier el otro día, no podía quitarme la frase de la cabeza.

Tampoco podía quitarme de la cabeza aquellos conciertos multitudinarios que Isabel Pantoja daba anualmente para la asociación de taxistas de Barcelona, patrocinados por Radiolé o el hecho, poco conocido, –extrañas asociaciones mentales tiene la vida- de que Lina Morgan, a mediados de los ochenta, estuviera ensayando algunas semanas para un montaje de Madre Coraje de Bertold Brecht para el Centro Dramático Nacional.

Lina Morgan, por cierto, tiró la toalla porque “no creía que su público fuera a verla en aquel nuevo registro” .

Y es que, señora, el artista es, lo quiera o no, un reflejo del público que paga la entrada o compra su libro (o que lee su blog) y a ese público se debe ante todo.

Por decirlo de otro modo, es cierto que mola gustarle a los que van al teatro a castigarse las meninges con Bertold Brecht pero si, en cambio, a tus fans les gusta Sí al Amor o Vaya Par de Gemelas pues ajo, agua y a poner todo el corazón en el asador, para tener a tu clientela contenta. Todos tenemos la mala costumbre de comer, qué le vamos a hacer.

Unos lo llaman prostitución y otros servicio público.Andreas GAbalier Wien Stadthalle

Gabalier S.A.

El concierto de Andreas Gabalier empezó a las siete y media con un telonero italiano (germanoparlante, curiosamente) anunciado con una triste voz en off que decía hablar en nombre de Sony Music. Mis lectores más mayores se acordarán de Ricardo Cocciante. Pues eso. Con las puestas al día inevitables, voz rasposa, bella sin alma y rayos UVA.

Después, y dado que el concierto en la Stadthalle era el cierre de una gira, se personó el escenario el paganini del guateque, o sea, el promotor del evento. Imagínense mis lectores a don Pantuflo Zapatilla, pero pasado por un bar de viejos de los Alpes. Vaqueros, chaqueta de viejo austriaco, vientre prominente rebosando del cinturón reventón, bigotillo de mosquetero. En fin, eso.

El paganini se extendió en las bondades de su pupilo, encomió (con poca modestia) su propio ojo comercial al haber detectado el potencial de Gabalier cuando solo era un alevín de la Volksmusik (*)y, después, pasó a alabar el buen gusto del respetable que abarrotaba la sala más grande de la Stadthalle.

Después, el padre de Zipi y Zape anunció la aparición en escena del hermano de la estrella de la velada: Willi Gabalier. Apareció el danzarín hecho un sueño de Alfredo Landa en “No desearás al vecino del quinto” (mucha lentejuela, mucha licra), acompañado de una muchacha piernilarga, faldicorta y presumiblemente “cerebriescasa” (yo es que siempre pienso fatal de la inteligencia de las bailarinas de Jose Luis Moreno y el Ballet Noche de Fiesta). La pareja perpetró un baile presuntamente acrobático por un escenario que, por tamaño, resultaba bastante inhóspito para semejante cosa.

Terminada la danza (todo un poco WTF, las cosas como son) Don Pantuflo entrevistó a Willi Gabalier, el cual aprovechó para anunciar ante 12500 clienes potenciales que había abierto una academia de bailes en Graz (la “s” está puesta aposta). Pues bien está, majo.

Tras esto, salió nuestro divo. El público enloqueció, varias monjas pre y postclimatéricas presentes en el auditorio sufrieron desmayos y sucedieron tres horas y media de éxitos, sudor, sexo reprimido, dialecto y piezas oratorias.

Qué vende Andreas Gabalier

Antes de seguir, me gustaría decir que opino firmemente que Andreas Gabalier es muy bueno en lo que hace y que pienso que su éxito no es casualidad. Dicho esto:

Vamos a empezar por lo que NO vende. Gabalier no vende voz (no puede venderla porque no la tiene: de hecho, tras lo del sábado, y si sigue como va, yo le vaticino unos nódulos en las cuerdas vocales de aquí a dos años como mucho, porque como cantante tiene cero técnica y dolía escucharle, sobre todo en los tramos más altos de las canciones)

¿Vende entonces sexo? Bueno, vende un cierto tipo de sexo. Para que nos situemos: mis lectores más memoriosos se acordarán de Andoni Ferreño o de Agustín Bravo (inefables acompañantes de Carmen Sevilla en las “labores de presentación” del Telecupón) pues Andreas Gabalier vende exactamente ese sexappeal de convento e internado para señoritas de película de Rocío Durcal. A lo más que me llega es a mover el moneymaker con cierta gracia (hombre, no es poco a este lado de los Alpes, en donde quien más quien menos parece tener las tibias soldadas al coxis, pero para decirlo claro: si a mi cuñada le dieran a elegir entre su Ricky Martin de su alma y Andreas Gabalier, el diestro de Estiria tendría posibilidades cero).

El sábado,  por cierto, también volvió a decir que es virgen y a mí volvió a darme la risa floja igual. El público, inexplicablemente para mí, rugió ante esta confesión . Literalmente, dijo: “soy inocente como una violeta de los prados” (sic y doble sic), tócate los coj…digo, los pinreles, y yo me sentí la única persona normal de 12500 porque señora, ser virgen a los treinta no puede ser sano para las cabezas (ni para el pito ni para nada).

Seguimos: sí que puede, y muy orgulloso, vender conocimientos musicales. Gabalier, a diferencia de la mayoría de las folklóricas españolas (incluido el Príncipe Gitano), con las que tiene tanto en común, es un tío muy preparado. Toca el piano y toca el acordeón (de hecho, los mejores momentos de todo el concierto fueron cuando se sentó a tocar las canciones al piano él solo, sin luces, ahí tengo que reconocer que el tío es capaz de ponerle la carne de gallina a un salmonete: con la canción que le dedicó a su padre y a su hermana muertos (sobre estas líneas), a mí se me empañaron los ojos: fue de hecho el mejor momento del concierto, porque fue completamente de verdad. La Stadthalle parecía la sala de su casa. Ahí, Gabalier mostró el poderío que le hace valer lo que pesa en oro).

Y Gabalier vende ideología: un mensaje claro y muy identificable, y aquí cerramos el círculo. Los fans de Gabalier son personas a las que este mundo inestable y en perpétuo cambio les da susto, que no se manejan con la tecnología (nuestro héroe dijo abominar de ella) y buscan la evasión al precio que sea. Y Gabalier lo sabe. Entre canción y canción, se marcó unas piezas oratorias que merecerían un análisis pormenorizado que les ahorro a mis lectores. Un canto al traje típico, a la muchacha mollar (curiosamente la novia de Gabalier es una Barbie rubia que no responde nada a la belleza rubensiana y con el colesterol alto que su santo defiende por los escenarios), un canto al dialecto (¡En Alemania no entienden esta canción! Rugidos del público) y a una heterosexualidad de esas que piden tirar al pilón de la plaza mayor al forastero.

¿Hasta qué punto todo esto es postureo o marketing? Mi opinión personal es que Gabalier Andreas es un tipo muy listo que hace el esfuerzo de rebajar el nivel de lo que dice hasta que pueda entenderlo un niño de guardería. Fue quizá por eso por lo que, a pesar de habérmelo pasado muy bien en el concierto, al salir no pude evitar la impresión de haber asistido a una especie de mítin. Y me dio cosica.

(*) Volksmusik: música popular, género parecido lejanamente al folklore, con mucho sintetizador, mucha niña mona en traje tradicional y mucho paisaje alpino.

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