El precio de tu intimidad

cámarasUno se resiste, cuesta aceptarlo, pero parece que el proceso es irreversible. Por más esfuerzos que uno haga, es imposible detenerlo.

15 de Diciembre.- Cuando empecé Viena Directo –ay, parece que ha pasado un siglo- mi propósito era hacer una “caja de la experiencia”. Se trataba de que, si alguien venía detrás de mí y encontraba mis textos pudiera, si no andar sobre mis huellas (eso hubiera sido algo muy pretencioso por mi parte) por lo menos aprovecharse algo de mis errores. Asimismo, pensé que Viena Directo debía de ser una especie de investigación sobre mí mismo. Como si fuera un espejo. De manera que debía contar lo que me pasara de un modo lo más leal posible.

Hoy quiero confesar

Pues bien hoy, como cantaba la Pantoja, quiero confesar: me he dado cuenta de que, para muchas cosas, estoy dejando de ser español. O sea, que no solo tengo un contacto cada vez más ténue con la realidad diaria, a pie de calle, del país que dejé hace casi diez años, sino que estoy dejando de considerar como normales comportamientos que observo en mis compatriotas y empiezo a adoptar –supongo que es inevitable- una mirada centroeuropea sobre las cosas.

Una de esas cosas para las que cada vez soy más austriaco es el pudor. En lo que afecta a las emociones, fundamentalmente.

Por ejemplo: en uno de los grupos de Facebook que sirven de mentidero a la comunidad española en Viena, alguien ha dejado escrito que una cadena de televisión española financiará el billete de vuelta  por navidad a un número de emigrantes con la sola condición de dejarse grabar en el momento en que lleguen a casa y le den la sorpresa a sus familiares. No es nada original, ya hubo un vídeo viral con el mismo tema hace algunos meses (Supongo que, a la larga, el pacto también incluirá adobar la historia suficientemente para hacerla más atractiva para la audiencia y que la cadena se reservará el derecho de seleccionar las historias más morbos…Digo, más acorde a sus fines).

A mí me ha parecido, francamente, una puta vergüenza (con perdón de la expresión) el que alguien quiera aprovecharse de la gente de una manera tan baratuna y tan sentimentalona. Inmediatamente, he pensado en cómo reaccionaría un austriaco normal si le ofrecieran una posibilidad semejante.

Y, acto seguido, me he acordado de una historia.

Reagrupación familiar

Cuando yo era pequeño y vivía en Madrid conocí a unas personas que estaban trabajando para una pequeña productora de televisión (bueno, trabajaban pero “al hispánico modo”, o sea, sin cobrar más que la promesa de que “si todo salía bien” algún día les pagarían).

Ese “si todo salía bien” era que, si los formatos que estas personas inventaban llegaban a concretarse algún día en programas de televisión, les harían un contrato (por obra o servicio determinado, que así se llamaban entonces). O sea, una cosa peor que la esclavitud. Porque a los esclavos, por trabajar, Escarlata O´Hara les daba la cama y la comida. Ellos, en aquella época, se pagaban hasta el látigo con el que les flagelaban. Y estoy hablando de los tiempos en que todavía no había crisis. No quiero pensar cómo será ahora.

Pues bien: estos aspirantes a guionistas inventaron un formato novedoso de programa. Se trataba de un concurso que el devenir posterior de los acontecimientos ha vuelto algo siniestro.

La cosa funcionaba así: había dos inmigrantes –procedentes ambos de algún país convenientemente pobre de Sudamérica-. Dichos dos inmigrantes debían cumplir la condición de haberse lanzado a la “aventura de la emigración” solos, sin sus familias. En el programa hubieran competido por el permiso de residencia de sus respectivas parentelas. Por la reagrupación.  El proyecto se desestimó por la dudosa legalidad de la propuesta (de la ética no habló nadie, que esto es televisión y de lo que se trata es de hacer dinero). Pero hubiera dado seguramente para varias semanas de sorpresas y canciones de ayer, de hoy y de siempre. En aquellos momentos, estoy seguro, no hubiera sido difícil encontrar candidatos. Hoy, visto lo visto, habría leches por una plaza. Solo que no entre los inmigrantes sudamericanos, sino entre los emigrantes españoles viviendo fuera. La necesidad es muy mala.

Es triste decir esto de algo que se ama tanto, pero la industria de la comunicación es una máquina de picar carne. Deglute historias incesantemente. Son su materia prima, lo mismo que la ternera es la de McDonald´s. La misión de los que trabajan en esa industria es conseguir su materia prima, o sea TUS historias, al coste más bajo posible. En este caso, es una ganga: un billete de avión (unos cientos de euros a lo sumo), unas horas de cámara freelance y ¡Voilá! Varios millones de euros en publicidad.

La elección es tuya ¿Vale tu intimidad y la de los tuyos los cientos de euros que cuesta el billete?

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Un comentario a El precio de tu intimidad

  1. Iván dice:

    No, no lo vale.

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