La archiduquesa roja (1)

Laxemburg!La monarquía hispánica está en crisis! El Rey está torpón y a la Infanta pueden empapelarla por blanqueo y evasión de impuestos. Su Majestad podría consolarse si leyera algunas historias de los primos Habsburgo. Comparado con ellas, lo de la Infanta, una partida de parchís.

7 de Enero.- La monarquía hispánica está en crisis. Ay, señor.

El Rey nuestro ídem está torpón (cosas de su edad, por otra parte: o qué leche quieren ¿Que corra el hombre la maratón de Nueva York?) y, por si fuera poco, a la infanta la pueden empapelar por haber contratado a la asistenta de contrabando para no tener que darle los papeles.

Entretando, el príncipe Felipe y doña Letizia, callan y miran (como dicen que hizo el patriarca cuando el abuelo Paco pescaba cachalotes con la mano temblona). Ella, sonríe y es la pesadilla de quienes le inventan una desgracia al mes (yo estoy convencido de que, si la dejan, doña Letizia va a ser una reina estupenda: primero porque tiene mucho tesón y luego y esto, como dicen en Cádiz, no es criticar, es referir, porque es la única de esa familia que puede decir lo de “el perro de San Roque” y que no nos dé la risa floja).

Don Felipe, a fuer de alto, sensato y calladico, no solo ha sido portada varias veces en la revista “Sueños de Suegra” sino que cada día tiene más predicamento entre la parroquia gay. Y, como lady Gaga y Madonna saben por propia experiencia, quien cuenta con el apoyo de los gays tiene el billete comprado para el futuro, porque en Chueca tienen mucho olfato y siempre apuestan por el caballo ganador.

Al fin y al cabo, a la Monarquía la sostiene esa clase media que compra el Hola y en España, al paso que vamos, la única clase media que va a quedar son los gays, que son los que tienen todavía dinero para gastarselo en revistas caras, en casarse (que sale por un pico) y en adoptar niños.

Historias de la familia real austríaca

Su Majestad no es de muchos libros (esto es más de “Su Majestada” como decía Tip, que el Rey tira más por la vertiente “esportivo-cinegética”) pero nuestro Rey quizá debería consolarse –con la pata en alto y la muleta en astillero, adarga antigua y galgo corredor- leyendo las aventuras de los Habsburgo. Porque en todas partes cuecen habas y doña Cristina no ha sido la única princesa que ha ido por la vida dando “campanás”.

El 2 de Septiembre de 1883 nació en Laxemburg la archiduquesa Elisabeth de Austria, a la que llamaremos Gisela a partir de ahora (elijo este nombre de entre el montón que le pusieron en la pila para diferenciarla de su abuela, Sissí “emperatrí”).

Gisela era hija de Rodolfo y de Estefanía de Bélgica un matrimonio que, mientras duró, solamente se llevó regular. A lo mejor porque él la contagió a ella de sífilis y ella no se lo perdonó jamás en la vida. O a lo mejor porque él era más bien viva la vírgen y ella, como buena belga, había salido rezadora.

Cuando nuestra heroína tenía 6 años, en 1889, su padre Rodolfo, único heredero varón del emperador Paco Pepe, se voló la tapa de los sesos en compañía de su amante, la jovencísima Maria Vetsera.

Reacción de sus abuelos: Sissi, volverse (más) loca de las mechas (todavía) de lo que ya estaba y Francisco José, poner en la finca de Mayerling un convento de monjas carmelitas. En donde está hoy el altar mayor de la Iglesia, por cierto, estaba la cama en donde los dos pobres desgraciados estos se mataron.

Unas maneras, como puede verse, muy sanas de pasar el duelo por la pérdida de un ser querido.

Ya fuera por la pérdida precoz del padre o porque se dio cuenta de cómo estaban de mal del tiesto todos los suyos, o porque se manifestaron en la pequeña Gisela los genes de una familia que no estaba muy en sus cabales (no había que perder de vista a toda la parentela de Sissi, que estaba casi toda para que la encerrasen) la muchacha empezó pronto a hacer lo que le salía de la peineta.

Su abuelo quería que se casara con el príncipe heredero de Alemania pero Gisela debió de informarse y como los Hohenzollern también estaban fatal del casco terminado en pincho, declinó la oferta (nein, danke) y eligió a un noble, Otto zu Windisch-Graetz por marido.

A Paco Pepe no le vino bien, claro. Pero cuando a Gisela, entonces de 18 años, se le metía algo debajo de la tiara no había quien se lo quitase y el emperador terminó diciendo “de que sí” aunque para la boda le ascendió a príncipe para compensar un poquito la falta de pedigrí del novio.

Pero la vida le tenía guardada a nuestra archiduquesa algunas aventuras. Menos mal que su abuelo, el emperador Paco Pepe, se murió a tiempo de no saberlas. Si no, le hubiera dado una embolia al pobre hombre.

Porque, comparado con lo de nuestra infanta, lo de “la archiduquesa roja”, como se la llamó, una partida de parchís.

Pero de eso, hablaremos mañana.

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