Por qué un inmigrante ve más que un aborígen: el caso Stronach

Aguila¿Ve un inmigrante más que un aborígen? En otras palabras ¿Tenemos los inmigrantes ventaja sobre los aborígenes a la hora de detectar ciertos fenómenos? Una reflexión

28 de Enero.- Una de las cosas que uno aprende cuando es inmigrante en un país en el que no ha nacido es que, si se lo curra, cuenta con una ventaja que no asiste a los aborígenes y es la de tener una mirada fresca y, digamos, “objetiva” sobre según qué cosas.

Palabras que distraen de las apariencias

Esto también sucede porque uno, a la fuerza, aprende a no despistarse y a buscar información sobre los acontecimientos que suceden a su alrededor en sitios en donde un nativo no necesita buscarla.

Me explicaré y, de paso, explicaré ese “a la fuerza”.

Generalmente, cuando uno llega aquí, lo hace sin tener ni idea de alemán. Esto conlleva que los días de uno se conviertan en una película coreana sin subtítulos que dura las horas que uno permanece despierto.

El cerebro se esfuerza por entender, se concentra en entender, se desvive por entender.

Hasta tal punto, que uno tiene la sensación de estar intentando comprender lo que le dicen y lo que sucede con todo el cuerpo. En las primeras semanas de estancia aquí, uno termina hecho polvo todos los días. Yo lo llamo “el cansancio del emigrante”.

Poco a poco, sin embargo, tu cerebro empieza a ayudarse de cosas ajenas a las palabras para intentar descifrar los mensajes del exterior. Esto hace, por ejemplo que, para un emigrante (un hablante no nativo de alemán) el lenguaje no verbal  o el tono en que se dicen las palabras, sean tan importantes como para un niño pequeño, una persona sorda o un afásico.

Uno no lo nota cuando está en Austria, pero cuando vuelve a su país.

Porque de pronto empieza a percibir cosas que sus paisanos no perciben. Sobre todo discrepancias entre lo que se dice y lo que rodea a lo que se dice. O sea, entre las palabras y el contexto, el lenguaje no verbal…Para esas cosas un emigrante tiene los sentidos mucho más aguzados que el resto de sus conciudadanos. Es como si, para compensar la pérdida de información que supone no contar con el lenguaje, el cerebro se esforzase poniendo en valor todo lo demás.

Y todo esto viene a cuento porque hoy Frank Stronach ha anunciado su retirada de la política austriaca.

“Frenk” tira la toalla

Todo esto viene a cuento porque hoy, Frank Stronach (“Frenk” como lo pronuncian en Austria) ha anunciado que deja la política y se vuelve a la que es su residencia oficial (y, más importante, tributaria): Canadá.

Para cualquiera que hubiera seguido paso a paso la creación y el discurrir hasta hoy de lo que podríamos llamar “el fenómeno Stronach”, estaba clara la discrepancia entre lo que Stronach “decía” (o lo que le inventaban sus relaciones públicas) y lo que Stronach “era”.

Para alguien llegado de fuera que observase el fenómeno desde la distancia que da tener que seguir interpretando lo que le dicen tomando como base más cosas, aparte de las palabras (yo, por ejemplo, aunque sea pecar de inmodesto) estaba claro que un hombre de ochenta años jamás podría llegar a ser algo en la política de un país en el que ni siquiera vivía (ni podía vivir, so pena de que la Hacienda austríaca le metiera un puro), por añadidura, un hombre al que le escribían discursos de patricio generoso pero que, en vivo y en directo, se comportaba (con perdón por la falta de respeto) como lo que, quizá, no sea: “un burro cargado de millones”.

Cualquiera con dos dedos de frente que se hubiera parado a pensarlo, podía hacer la siguiente operación: Frank Stronach se presentaría a las elecciones como cabeza de lista, obtendría su acta de diputado y luego a)no sabría qué hacer con ella o b) no podría hacer nada con ella, porque, por no poder  no podría ni asistir a las sesiones del parlamento austriaco.

Y, sin embargo, misteriosamente, una gran cantidad de los electores austriacos se tragaron el anzuelo (en algunos casos, gente culta, con estudios, yo conozco a alguno que otro) e incluso servidor tuvo que aguantar debates en los que le reprocharon ser una persona muy conservadora que desconfiaba de lo nuevo (¡!).

Y lo que es peor en mi opinión: uno hubiera podido justificar el fenómeno Stronach si el envoltorio de palabras hubiera sido, por lo menos, de una calidad aceptable. Pero es que ni siquiera eso. Porque el discurso de Stronach es casi totalmente ininteligible (de hecho, circulan en internet unos vídeos absolutamente surrealistas con la transcripción de las cosas que Stronach decía y que no tenían ni pies ni cabeza).

Así las cosas, se plantean muchas preguntas. Si Stronach fue en todo momento un fenómeno creado intencionadamente o, por lo menos, incentivado (estaba clarísimo desde el principio que más Stronach significaba claramente menos Strache) ¿Qué causas llevaron a una parte del electorado a participar en lo que, en muchos lugares tiene el nombre de fraude? ¿Tanto ha dejado la gente de creer en la política que no les importaba quemar su voto, el suyo, el único que tienen, utilizándolo en algo de un porvenir tan claro y, al mismo tiempo, tan dudoso?

Hoy, Stronach ha dado un discurso ante la prensa en el cual ha dicho que, a pesar de abandonar su acta de diputado y dejar la política, seguirá tutelando al partido “desde la distancia”. Y uno no sabía si reir, o llorar.

O pedir que, ahora que aún estamos a tiempo, se implante en la Unión Europea que sólo aprobar un examen psicotécnico y de comprensión lecto-escritora dé derecho al voto.

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