Tú también eres famoso en Viena (aunque no te lo creas)

La tuna en StephansplatzLas tecnologías de la comunicación nos han puesto en una situación que antes solo experimentaban las personas a las que llamamos “famosos”.

21 de Febrero.- Muchas veces, la gente me pregunta por qué empecé a escribir Viena Directo. La respuesta es más bien tontaina y para nada espectacular. Cuando yo llegué aquí, va a hacer diez años, me pasaba el día contándole a mis amigos y familiares en interminables correos electrónicos lo que me pasaba o me dejaba de pasar (ya me conocen mis lectores: lo mío no es la síntesis, precisamente).

Total: que cuando me enteré de que existían unas cosas que se llamaban blogs pensé que algo así podía ser mi salvación ¡Una especie de The Paco Post! ¿Qué más se podía pedir?

Pronto, me di cuenta de un hecho perturbador y era que buscando cosas como “abuelas en bragas” o “sexo en Viena” o «austriacos en la cama» (pongo solo dos de los ejemplos más recurrentes) personas totalmente desconocidas y de intenciones no siempre predecibles podían llegar a mi blog. Unas gentes que, naturalmente, también podían mirar sin ser vistas y opinar (aunque soy consciente de que uno de los placeres que, para los lectores anónimos, produce un blog, es abrir una ventana  las vidas ajenas y cotillear).

Durante mucho tiempo, el fenómeno fue manejable. Entre los desconocidos y yo había un muro de anonimato que, si bien les protegía a ellos cuando decían “caca, culo, pedo,pis” también me protegía a mí.

Mis lectores fieles (que son muchísimos, gracias a Dios) me conocen y saben que no soy el tipo de bloguero incendiario pero, como dice un famoso –y bastante tontucio– columnista español “escribir es meterse en líos” y, si uno ha aprendido algo en tantos años de darle a la tecla diariamente, es que con la gente nunca se sabe, y artículos que a uno le parecen de lo más inocente, siempre encuentran la manera de ser malinterpretados o cogidos por la parte en donde queman.

Mi primera agarrada (chispas)

Por suerte, mi primer incidente o agarrada con un lector se produjo relativamente pronto y fue por un motivo muy estúpido que, para más inri, no tenía nada que ver con Viena. Escribí un post bastante ingénuo a propósito de cierto tema polémico y un amigo mío, contra todo pronóstico, se molestó, y de nada sirvieron los intentos que yo hice por reconducir la situación.

Nuestra amistad, desgraciadamente, se acabó debido a este incidente. Y yo, a partir de aquel momento, me propuse (sin mucho éxito) ser más precavido.

Viena Directo se ha convertido, desde entonces, y puedo decirlo sin falsa modestia, en una pequeña institución dentro de la comunidad hispanohablante de Viena. Según mis cálculos, creo que, en una franja de edad entre los 25 y los 55 años, todos los españoles que viven aquí me han leido alguna vez (no es difícil, dado que creo haber escrito sobre casi todo lo que se puede escribir, menos sobre cocina y coches, temas ambos sobre los que mis conocimientos tiran a modestos). Se da la circunstancia además de que Viena Directo es, hasta donde yo tengo noticia, el decano en su género. Esto supone que, tanto el blog como su autor, están considerablemente expuestos al ojo público, y han estado expuestos desde hace ya mucho tiempo.

Este fenómeno se ha incrementado exponencialmente gracias a Facebook y también, recientemente, gracias al podcast, que funciona muy bien. La gente me reconoce por la calle o cuando escuchan mi voz. Sentado en bares con amigos la gente se acerca a preguntarme si yo soy yo, o me paran por la calle. Hasta ahora siempre para decirme cosas bonitas, como que se ríen mucho con mis artículos. Es MUY agradable y me gusta mogollón que así sea –de hecho, si no me gustase ser popular, escribiendo un blog en el que pongo tanto cuidado y trabajo, estaría haciendo un pan como unas hostias, con perdón de la expresión- pero, naturalmente, tiene sus peligros.

Mira cómo terminó John Lennon.

Más allá del buen gusto

Pongamos que, de todas las experiencias relacionadas con Viena Directo, hay un 85% que son positivísimas y un 15 por ciento que, en diferentes grados, no son tan buenas.

Pero el motivo principal de este post es menos contar mi vida (que tiene un interés relativo) y más intentar concienciar a las personas de que, gracias a Facebook o gracias a internet, TODOS y cuando digo todos, digo TODOS estamos expuestos a que la gente vea de nuestra vida lo que nosotros les dejemos ver. O sea, todos estamos en una situación en la que antes solo estaba la gente que llamamos famosa.

Facebook, en este sentido, es particularmente pernicioso porque crea una ilusión de horizontalidad, de que todos somos iguales y accesibles que, especialmente entre los jóvenes, se ha convertido en moneda de uso común.

Como todas las ilusiones, cuando uno se pega el guantazo contra el duro cemento de la realidad es cuando vienen las lágrimas.

Hay que pensar en internet como en un mundo virtual con una realidad tan real (aunque no sea táctil) como nuestra realidad de todos los días. Y lo mismo que, en la vida táctil no le daríamos las llaves de nuestra casa a un desconocido, no debemos hacernos amigos en Facebook de personas que no conocemos personalmente –yo esta política la llevo a rajatabla, y ya aviso-; o, lo mismo que no nos pondríamos en medio de la Kartnerstrasse o de la Puerta del Sol y, a gritos, preguntaríamos al aire qué hacemos con nuestra vida, en internet, en foros públicos, no es prudente publicar según qué detalles privados. Ni siquiera por una cuestión de buen gusto, sino de seguridad personal.

Nunca, pero nunca, se sabe quién puede estar leyéndote.

 

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