Novedades en la educación de los críos de Austria

familiaLa ministra de educación austriaca, Sra. Hanisch-Hosek, ha propuesto una importante novedad en la formación de los niños de EPR.

25 de Febrero.- creo que la mía fue la última generación cuyos educadores, a diferencia de los actuales, no tenían un concepto demasiado idealizado de la infancia. En mi época, aún, la niñez era una época de la vida que se nos impulsaba a dejar lo más rápido posible y sin demasiados miramientos. Como los niños tampoco eran, generalmente, hijos únicos, nadie se sentía en la obligación de cuidarlos más de la cuenta y, salvo por ciertas formas de dependencia de los padres típicamente mediterráneas, la verdad es que se nos trataba como si fuéramos gentes que debían aprender desde muy pronto el verdadero sentido de la vida. El resultado es que la mayoría de los niños, sobre todo en ocasiones solemnes, terminaban pareciendo adultos en miniatura.

Niños con síndrome de Estocolmo

Tanto mi hermano como yo íbamos a un colegio en el que se nos exigía mucho (el otro día un amigo se me escandalizaba cuando le hacía yo recuento de nuestras interminables jornadas de trabajo, que incluían clases extraescolares a las que íbamos por gusto; unas jornadas que empezaban a las ocho y media de la mañana y terminaban a las nueve de la noche o más, cuando habíamos terminado los deberes y teníamos media hora -¡Por fin!- para leer un libro de Los Cinco o un tebeo de Asterix).En las aulas, los críos vivíamos en un clima perpétuo de pavor (particularmente a un profesor que se llamaba Don Luis y por el que mi hermano y yo seguimos teniendo un cariño muy parecido al síndrome de Estocolmo) un clima de terror que hubiera horrorizado a cualquier psicólogo de hoy. A nuestros maestros no se les caía de la boca la palabra “trabajar” (y sus variantes) que si “vamos a trabajar”, que si “no trabajas nada” que si tal y que si cuál, y los métodos de evaluación eran crueles y te ponían delante de la cara tus carencias, para que las mejorases.

Sin paños calientes.

Don Luis particularmente era el maestro más duro y, si el libro de texto debía dar para un año, él lo terminaba a un ritmo frenético y cabrón por estas fechas, a más tardar en la primera quincena de marzo.

Naturalmente, se asumía que esta velocidad era parte del proceso de decantación del alumnado, por el cual se separaba a los más talentosos. Porque en mi época nadie se hacía ilusiones: había críos más torpes y críos más listos. Y éramos tan cafres que actuábamos todos con el convencimiento de que así había sido siempre y así sería mientras el mundo fuera mundo. Y amigo, si los que éramos estudiosos teníamos serias dificultades para absorber la cantidad de información que Don Luis trataba de embutirnos en el cerebro, no quiero pensar lo que sucedía con aquellos menos dotados para los libros.

Éramos auténticos esclavos del bolígrafo, porque, de manera parecida a como mi hermano cuenta que sucede hoy en Corea, al otro lado del mundo, se nos inculcaba desde pequeños que estudiar y saber era la única manera de ser algo mejor de lo que nuestros padres habían sido. O sea, la única manera de escapar del trabajo manual, del frío, de las inclemencias del tiempo, de la baja consideración social. Saber era, para nosotros, críos de aquella época, la única manera de ascender en la escala social.

No había dolor

Todavía, cuando veo los anuncios de televisión que parecen dirigidos a convertir a los niños en compradores imbéciles de todo tipo de productos de colores fosforescentes, me llama mucho la atención la profusa utilización de la palabra “diversión” (Spass, en alemán). El niño austero, estudioso y miedica que sigue viviendo en mí, se escandaliza, porque para nosotros la diversión era una cosa que había que robarle al tiempo de estudio. Aprender no tenía por qué ser divertido, ni nadie esperaba que lo fuera. Los adultos de aquella época no veían como una catástrofe irreparable que los críos se enfrentasen a plúmbeas tareas o que el tedio se apoderase de sus vidas. Es más: se esperaba que fuera así, para que aprendieran lo antes posible de qué iba la vida. En mi época, la diversión provocaba gran descofianza y una cierta mala conciencia.

Lápiz y boli

Los niños de mi época llevábamos una existencia en que las gomas de borrar Milán eran, todo lo más, de colores pastel y el material de estudio se parecía sospechosamente al de oficina. El típex era un lujo asiático y las gomas de borrar con perfume primero, una novedad estratosféricamente cara y, después, cosa de niñas. Cualquier cosa seria se escribía con bolígrafo y el lápiz se utilizaba solo para borradores de cuentas. Se nos enseñaba a considerarlo algo informal porque “se podía borrar” lo cual era una manera de dotar de prestigio a lo escrito con boli y a que, al considerarlo inalterable, nos responsabilizáramos del trabajo hecho y respondiéramos por él.

En fin, no sigo.

Todos estos recuerdos se han agolpado en mi mente al leer la nueva propuesta de la ministra austriaca, Sra. Hanish-Hosek, para cambiar el sistema de evaluación durante los cuatro años que dura el primer tramo de la escuela obligatoria austriaca (la Volkschule). Pretende que, a partir del curso que viene, los centros puedan elegir entre dar notas como ahora o sustituir las evaluaciones por informes de otro tipo sobre las carencias y virtudes del educando. A Don Luís le hubiera dado la risa sarcástica, claro. A él, cuya frase favorita era “cero al cociente y paso al alumno siguiente” (la seguimos repitiendo mi hermano y yo con el mismo deleite con el que otros hablan de los salvajes recuerdos de su servicio militar) y, sospecho que, si yo fuera padre y mi hijo me llegara con semejantes rodeos, lo encontraría sospechoso. Como si nos estuvieran engañando a mí y a él. Cuando a uno le educan en el gore, quiere y espera gore, aunque las películas de Isabel Coixet sean lo “moelno”, supongo.

En estas cosas se nota que uno se va haciendo viejo irremediablemente.

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