Meditación sobre las cenizas 1/2

atocha jardin tropicalPara todas las víctimas de los atentados del 11 de Marzo de 2004 y sus familiares

11 de Marzo.- Hoy debe ser un día de respeto pero también un día de recuerdo. Hace diez años, murieron en Madrid varios cientos de personas debido a las consecuencias del mayor atentado terrorista de la Historia de España. Se puede decir que, de hecho, la Historia más reciente (o ya no tanto) del país empezó a fraguarse en aquella hora de miedo y de incertidumbre.

Durante muchos años, los atentados del 11 de Marzo han sido una herida abierta en el corazón de España, un recuerdo duro, ardiente, inextinguible, del guerracivilismo incurable que azota cíclicamente el alma de esa nación que no tiene remedio.

En los últimos días sin embargo, de entre las cenizas, creo que ha brotado (tímidamente) el verdor fresco de una nueva esperanza.

Antes de las bombas

Para hacer un breve resumen destinado a aquellas personas que me leen y que no son españolas, diré que, el 11 de Marzo de 2004, en la recta final de la campaña electoral, estallaron varias bombas en varios trenes que, desde el sur de la provincia de Madrid, se dirigían a la estación término de la red de cercanías, Atocha. Una de las de más tránsito de esa capital.

Hasta aquel momento, las encuestas daban ganador al candidato conservador, del Partido Popular, el hoy presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

Antes de los atentados, las posibilidades del aspirante, Jose Luis Rodríguez Zapatero, por decirlo de manera suave, eran muy modestas. Sabiéndolo y, como suele suceder en estos casos, para empujar al candidato cuya victoria estaba prácticamente cantada a la posición de partida menos favorable posible y mancharle en lo posible con la reputación de su mentor, Jose Maria Aznar, en su mejor interpretación del gigante egoísta, los responsables de campaña de Zapatero le hicieron prometer a su candidato toda suerte de medidas si no insensatas, por lo menos sí bastante arriesgadas, en la confianza de que nunca tendría que cumplirlas.

Eran una reacción directa, si bien se mira la única que les cabía,  a la deriva autoritaria, chulesca y personalista que había adquirido el gobierno de Aznar en su segunda legislatura. Una legislatura en la que el presidente había creido sentar las bases para una perpetuación en el poder del Partido Popular mediante el reparto, a personas de su confianza, de puestos estratégicos en las élites del Estado y del mundo empresarial.

Aznar, fuertemente coservador, con un sentido de Estado tirando a escaso y decididamente cortoplacista, había llevado a España a aventuras bélicas tan dudosas como la de apoyar a George Bush Jr. en la invasión de Irak, bajo la excusa de unos armamentos “de destrucción masiva” que luego se supo que nunca existieron –y peor: que tanto Bush, como Aznar, supieron siempre que nunca habían existido-.

En lo social, el gobierno Aznar se había hecho rehén –gustosísimo- de la parte más necrosada de la Iglesia católica (últimos años del pontificado del ultraconservador y reaccionario Juan Pablo II, que luego se prolongarían en esa gerontocracia fósil que presidió el hoy Papa Emérito).

Para decirlo brevemente, los responsables de campaña lo tenían fácil para presentar a Zapatero, un hombre, como se demostró luego, con las luces imprescindibles para leer un telemprompter, como un estadista moderno, cosmopolita (¡!) y aliado con otro estilo más amable de política –lo que después, en la línea de la vaciedad sideral y del curso errático que presidiría el gobierno del socialista se llamó “el talante”-.

Una carrera contra el tiempo

El 11 de Marzo de 2004, pues, todo estaba preparado para que Mariano Rajoy llegase a la Moncloa –palacio en donde viven los presidentes españoles- y Jose Luis Rodríguez Zapatero se lamiese las heridas en sendas entrevistas con periodistas afectos de El País –entonces, aún, un periódico a la altura de sus mejores hermanos europeos- en cuyos titulares, irremediablemente, aparecería esa aberración sintáctica: “el día después”.

No fue así.

La noticia de las explosiones se extendió rapidamente primero por Madrid y después por toda España, pillando a Gobierno –entonces Gobierno en funciones- y oposición –también a la espera de nuevo destino o confirmación del anterior- como suele decirse “en bragas”.

Desde el principio –lo creo firmemente- tanto en los despachos de la calle Génova –Partido Popular- como en los de la calle madrileña de Ferraz –Partido Socialista- estuvo claro que el país se estaba enfrentando a un tipo de terrorismo inédito hasta entonces: el islamista.

Las reacciones en los dos centros de poder fueron, como era esperable, diametralmente opuestas.

Los de Aznar debieron de sentir lo mismo que Indiana Jones en “En Busca del Arca Perdida”. El panorama debió de ser como en esa escena  famosa en que la piedra rodante amenaza con aplastar al héroe. Los conservadores sumaron dos y dos: “si han sido los árabes –se dijeron- la gente nos va a echar la culpa –miraron todos a Aznar, recordaron la famosa “foto de las Azores”- ergo: no pueden ser los árabes ¿Qué otra organización terrorista hay que pueda cargar con el muerto? Está claro: ETA”.

La elección de ETA como culpable, por cierto, tenía otra grandísima ventaja: dentro de la marca Partido Popular, estaba incluida la lucha contra el terrorismo y el PP se había ocupado de actuar como si todas las víctimas fueran simpatizantes del Partido Popular y solo el Partido Popular actuase de acuerdo con sus intereses –de hecho, en la larga “travesía del desierto” posterior a la victoria de Jose Luis Rodríguez Zapatero, los cuarteles de invierno del Partido Popular fueron las asociaciones de víctimas del terrorismo, cosa que no le hizo ningún favor ni a las víctimas del terrorismo, que se vieron empujadas hacia posiciones que lindaban muy peligrosamente con la ultraderecha; ni a la imagen del Partido Popular como organización mínimamente ¿Cómo decirlo? Bueno, seguro que en las mentes de mis lectores surgirán adjetivos convenientes-.

A partir de ese momento, la cúpula del Partido Popular que –casualidades- era también la cúpula del Ministerio dle Interior, empieza una carrera frenética para construir una versión oficial que vincule a ETA –organización separatista vasca- con los atentados de Atocha.

Esta carrera contra el tiempo y las evidencias que fueron surgiendo durante el mismo 11 de Marzo y los días siguientes incluye ruedas de prensa, llamadas telefónicas a los directores de los principales medios de comunicación e, incluso, una votación forzada por España en la Organización de las Naciones Unidas condenando la participación del separatismo vasco en unos hechos criminales que llevaban clarísimamente la firma del terrorismo islamista.

Mientras tanto, en el reino del talante

¿Qué sucede, mientras tanto, en la calle Ferraz? En el centro neurálgico del socialismo se orquesta, en ese momento, una operación tan dudosa como aquella a la que están entregados los conservadores en la calle Génova.

Los atentados de Atocha se ven como la única posibilidad –en realidad un inesperado golpe de teatro del destino- para que Jose Luis Rodríguez Zapatero gane unas elecciones que, veinticuatro horas antes, no hubiera podido ni siquiera soñar que ganaría.

En vez de ofrecer un frente compacto con el Gobierno, cosa que hubiera sido lo esperable (y que de hecho sucedió por ejemplo con ocasión de los atentados de Londres) los socialistas se entregan a la tarea de distanciarse de él (la pregunta es ¿Hubiera sido posible una hipotética rueda de prensa del Jefe del Gobierno en ese momento y del Jefe de la Oposición transmitiendo una imagen de estabilidad y contundencia? Lo dudo mucho: si desde el PSOE se habían utilizado todos los medios para denigrar a Aznar, no es menos cierto que desde el PP se había tratado de destruir la reputación de Zapatero sin reparar en medios –no existían, entonces, fotos de las hijas del futuro presidente, cosa que hubiera hecho la tarea muchísimo más fácil-).

Los socialistas utilizan toda la maquinaria propagandística del Partido –entonces, perfectamente engrasada debido a la campaña electoral- para convocar manifestaciones masivas vía SMS y capitalizan el estado de opinión que reina ya para entonces –mediodía del 11 de Marzo, primeras horas del día 12- en amplias capas de la sociedad. Esto es, los atentados de Atocha son una reacción clarísima del islamismo por la participación española en la guerra de Irak. Aznar nos metió en la guerra de Irak, luego Aznar tiene la culpa de los atentados. Derribemos a Aznar.

En aquellas horas oscuras de luto, de sangre, de imágenes de cadáveres que inundan los medios de comunicación, media España se entrega a la tarea de intentar pulverizar la credibilidad de la otra media.

Con un solo objetivo: el Poder.

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