La emperatriz Zita: una vida en invierno (2)

KapuzinergruftEn el segundo capítulo de la vida de Zita de Borbón-Parma contaremos, entre otras cosas, cómo el atentado de Sarajevo llevó los sanitarios al palacio de Schönbrunn

15 de Abril.- Dejamos el sábado a la joven(cita) Zita hecha polvo por la asquerosa dieta inglesa y a punto de conocer al que sería el amor de su vida: el futuro emperador (por carambola) Carlos de Habsburgo.

Un romance en Franzensbad

Zita y el entonces archiduque Carlos intimaron en el balneario de Franzensbad, en la República Checa. Carlitos era un guayabo de dieciocho primaveras que quedó hechizado por Zita –probablemente le puso mucho la habilidad de la muchacha para el canto gregoriano, ejem-; el caso es que, tras casi dos años de discreta relación, en 1910 el joven archiduque empezó a preocuparse, no le fueran a levantar la novia al encontrarle a Zita otro plan más ventajoso –en aquella época, esas cosas pasaban-; fue Maria Theresia, hermana del emperador Paco Pepe, abuela de Carlos y algo pariente también de Zita, la que lo organizó todo para que la boda pudiera celebrarse. La verdad es que no hubo demasiado problema. Los príncipes, padres de Zita, no reinaban, con lo cual no había que temer problemas con otros países ni incompatibilidades de alianzas ni nada, así que el emperador dio su consentimiento.

El compromiso se celebró en Lucca, Italia, el 13 de Junio de 1911.

En Fuente de Cantos, provincia de Badajoz, el bebé que, en el futuro, llegaría a convertirse en mi abuela María, cumplió ese día exactamente una semana de vida.

La última gran boda de un mundo agonizante

El 21 de Octubre, Carlos y Zita se casaron, en una brillante fiesta que reunió a toda la realeza europea –de hecho, se puede decir que aquella boda fue uno de los últimos grandes eventos de un mundo que, nadie lo sospechaba entonces, había iniciado ya la cuesta abajo que lo llevaría a la desaparición- el anciano emperador Francisco José fue el encargado de brindar por la eterna felicidad de los novios, los cuales posan resplandecientes de felicidad en las fotos que han quedado de aquel día y hay que decir que, incluso Zita, que no era una mujer especialmente hermosa, parece transfigurada.

Todos los presagios parecían acompañarles y los invitados murmuraban que, si todo seguía la pauta prevista, en diez o veinte años, la pareja de recién casados a la muerte del archiduque Francisco Fernando, reinaría sobre uno de los imperios más grandes y prósperos de Europa.

En fin: todos sabemos que la aristocracia europea no se ha distinguido nunca por su clarividencia.

Apenas un año después, en noviembre de 1912, nació Don Otto de Habsburgo –sigo la nomenclatura centroeuropea porque, si no me equivoco, en español, el archiduque se hubiera llamado Otón-. En total, la pareja tuvo siete hijos más, tres de los cuales nacerían en el exilio.

Estalla la guerra mundial

En junio de 1914, la vida de Carlos y Zita saltó por los aires, al mismo tiempo que moría el sucesor al trono de los Habsburgo, el archiduque Francisco Fernando –el cual, por cierto, y aunque esté mal hablar de los muertos, era bastante mal bicho, aunque este no sea el tema de esta serie-. Carlos y Zita se convirtieron automáticamente en los herederos del imperio y se vieron obligados a ocupar unos puestos para los que no contaban ni con la experiencia ni, probablemente, con la gramática parda necesaria.

Cuando el emperador Francisco José –o sea, Austria-Hungría- le declaró la guerra a Serbia, como el viejecito no estaba ya para muchas batallas fue Carlos el que se puso al frente de la armada imperial. Como primera medida, ordenó a su mujer y a sus hijos que se fueran a vivir a Schönbrunn –debido a razones de seguridad-. Fue en este momento, por cierto, cuando se abordó una innovación fundamental en el palacio de verano de los Habsburgo: se instaló un cuarto de baño moderno y todo el mundo pudo hacer sus cositas sin acudir a orinales y palanganas y luego tirar de la cadena. Albricias. (¡Que tuviera que estallar una guerra para esto! En fin).

Cuando dejó a su mujer a buen recaudo entre la acartonada etiqueta palaciega, el archiduque Carlos le confió a Zita su pesimismo sobre el futuro de aquel asunto que solamente acababa de empezar. El tiempo vino a darle la razón.

 

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Un comentario a La emperatriz Zita: una vida en invierno (2)

  1. Isabella de Paulo dice:

    Usted se expresa de una manera muy jocosa de la familia Imperial de Austria, oh esta haciendo periodismo de investigación de la historia del mundo, oh esta haciendo estandad comedy, y se lo refiero con mucho respeto . Atentamente Sor. Isabella de Paulo.

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