Explosión en la Mariahilferstrasse de Viena

Explosion MariahilferstrasseHoy, a las diez de la mañana, una explosión ha hecho que un edificio se viniera abajo parcialmente en una céntrica calle vienesa.

26 de Abril.- Hoy, a eso de las diez de la mañana, se ha producido una explosión en la parte de Mariahilferstrasse que queda fuera del Gürtel. Un edificio de antigua construcción se ha venido abajo parcialmente. De momento, no se saben las causas de la explosión, pero todo apunta a que el gas ha sido el culpable. Al principio, se pensaba que no había habido víctimas (es una hora sabatina que muchas personas aprovechan para hacer sus compras semanales) pero ahora se sabe que, entre los escombros, había por lo menos dos personas: un hombre de 48 años que ha sido rescatado de entre los escombros tras estar más de cinco horas enterrado y un chico de diecinueve años que ha muerto en el hospital.

Una operación de salvamento tan espectacular como la de esta mañana (35 coches de bomberos, y 110 hombres, entre bomberos y personas especializadas en salvamento) ha atraido naturalmente a los curiosos.

publico

Yo me he pasado a eso de las tres de la tarde. La calle, normalmente muy concurrida, estaba cortada. La zona exterior de Mariahilferstrasse es un distrito popular, proletario y se puede decir que esa parte de la población vienesa que no sabe quién es Sissi y a la que la Escuela de Doma Española le trae al pairo se apiñaba en las aceras dispuesta a ver lo poco que hubiera que ver.

Cuando yo estaba terminando de hacer las fotos que ilustran este artículo, un policía se ha acercado a la muchedumbre y, hablándoles muy despacio, como si fueran niños pequeños, les ha dicho:

-Por favor, a partir de ahora, les ruego el mayor silencio posible, nada de telefonear ni de hablar. Estamos utilizando unos aparatos muy sensibles para detectar sonidos –y dramático, ha dicho- ¡Quizá sea la última oportunidad de encontrar supervivientes!

Una mujer, detrás de mí, ha dicho por lo bajo:

Es mentira. Con los aparatos que tienen, a estos les da igual que hablemos o no.

Entre la mayoría de las personas, ha reinado un consternado silencio, sin embargo. Incluso los obreros que reparaban la luna de un escaparate rota por la onda expansiva, han parado de trabajar, expectantes.

Un viejo, con una cámara de las que Noé utilizó para hacer el catálogo de las bestias que se subían al arca, hacía fotografías con un teleobjetivo nacido en Japón en el siglo pasado. Al minuto de hablar el policía, sólo se oían os clics de la cámara.

Casi de puntillas, yo he dado la vuelta a la manzana, por una calle trasera en la que no había estado nunca –y no me había perdido nada tampoco-. Al salir de nuevo a Mariahilferstrasse –ya lejos del alcance de los aparatos ultrasensibles- una mujer le había traido a un policía joven un par de rebanadas de pan moreno y un extrawurst, para que se quitase el hambre de andar desenterrando muertos en vida. El policía le daba bocados a la salchicha con mucho apetito y uno ha pensado -¡La vida, que siempre reclama sus derechos sobre la muerte!- que aquello de perseguir al delito debe de ser bastante poco saludable vista la alimentación.

Unos doscientos metros más allá de la zona cero de la catástrofe, de nuevo el bullicio. Los hombres en chandal, las mujeres con leggins de colores fosforitos, los chavalillos con cazadoras de cuero sintético de tres tallas más grandes de lo necesario.  La vida, al fin.

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