Viena Directo serie oro (3): un cuento de adviento

Schonbrunn navidadNuestro cerebro se parece bastante a los circuitos integrados. Sin darnos cuenta, nuestras ideas recorren casi siempre los mismos caminos. La historia de hoy lo demuestra.

El sábado pasado cuidé durante todo el día –con muchísimo gusto- al hijo de unos amigos. Un chaval un poco mayor que mi sobrina, bien educado, listísimo para su edad, servicial y con unos ojazos azules en los que el Titanic podría hundirse otra vez sin mayores problemas.

Quizá probablemente gracias a ellos, confirmé que la llave del corazón de muchas mujeres es ver a un hombre solo (y joven) que lleva a un niño de la mano. Daba igual a quién nos acercáramos, vigilantes (o sea, vigilantas) de museo, dependientas, camareras de McDonald´s, era ver al niño y que se les dibujara en la cara esa sonrisa que denota que uno ha bajado las defensas.

Ibamos el crío y yo por Mariahilferstrasse sorteando a las hordas de ciudadanos del este que, cada navidad, luchan a VISA partida para vaciar las tiendas de esta capital cuando, al pasar por delante de la iglesia de María Auxiliadora, se nos acercó un muchacho cuya cara (como de acabar de caerse de un alero) indicaba fehacientemente que su reino no era de este mundo.

¿Queréis encender una vela en la iglesia? –nos dijo, y nos entregó una al niño, otra a mí y dos fotocopias del evangelio del nacimiento. Al crío del dio, además, dos pegatinas en las que ponía que Jesús le amaba.

Ah,  pues vale.

Y allá que nos encaminamos, el niño y yo, al interior del templo. Me quité la gorra (le quité su gorro), me santigüé (el chaval hizo una imitación bastante convincente) y, en esto, nos salió al encuentro una señora sonriente la cual, después de comprobar que íbamos perfectamente equipados para afrontar el adviento sin mayores contratiempos, nos señaló el camino del altar mayor. Mi amiguillo y un servidor encendimos las candelas y luego nos acercamos a un sacerdote a que nos bendijera, que nunca viene mal. El cura era bajito, muy simpático. Nos puso paternalmente las frescas manos en la frente (yo me tuve que agachar un poco) y nos encomendó a la protección divina que, aunque sea un poco irreverente reparar en ello, debe de asemejarse en algo al Red Bull, porque el páter sostuvo que va bien para el cuerpo y el alma.

A la salida, de nuevo la señora sonriente.

¿Ha encendido usted ya la vela?

-Sí, sí, muchas gracias.

En este momento, la señora sufrió la bajada de defensas que decíamos más arriba:

Pero qué hijo tan rico tienes –y le soltó al chavalín otro par de pegatinas en las que ponía que Dios le amaba. El chaval se las guardó como pudo en el bolsillo de la cazadora, porque los  niños son como los viejos y les entusiasma todo lo que es gratis. Y de nuevo la mujer:

Tome usted, una medalla bendecida para la frau Gattin – literalmente, “mi señora esposa”. Yo le di las gracias en nombre de ella porque, al fin y al cabo ¿De qué hubiera servido explicarle que nada de lo que ella creía ver existía de verdad? El niño ha nacido (y vive felicísimamente) en una de esas familias que se llaman Patchwork, bastante alejada del modelo Sagrada Familia del Pajarito. En cuanto a este servidor, no es que su vida sea precisamente Sodoma y Gomera pero, de vez en cuando, y por suerte para mí y para mi cuerpo, tiene algunos episodios que, me temo, a Benedicto le harían arrugar la nariz (aunque, pensándolo bien, a Benedicto, el noventa por ciento de las cosas que hace una persona normal todos los días debe de hacerle arrugar la nariz).

Por suerte, como ponían las pegatinas que nos dieron, Dios nos ama a todos tal como somos, porque nos ve en la intimidad de nuestro corazón. Ese sitio en donde no existen los prejuicios y todos somos buenos. Todo está bajo control.

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Un comentario a Viena Directo serie oro (3): un cuento de adviento

  1. Ana dice:

    No te preocupes, que ahora tenemos a Francisco y ya no es lo mismo. 😀

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