VD serie oro: La archiduquesa roja (2)

Rudolf

La foto es el escritorio del príncipe Rodolfo de Habsburgo, padre de nuestra heroina. Como se ve,tampoco es que el hombre fuera la alegría de la huerta(Hofmobiliendepot, Viena)

Continuamos hoy con la historia de la Archiduquesa Roja, otra miembro de familia real de historia rebelde y heterodoxa.

Continuamos hoy con la apasionante historia de la hija del príncipe heredero del imperio austro-húngaro, a quien, por comodidad de quien esto escribe y de sus lectores, hemos bautizado como Gisela (en vida, se la conoció más bien como Elisabeth Marie, quizá para distinguirla de su abuela).

Una madre y una hija se casan y se separan

Hagámoslo pues sin más dilación: habíamos dejado a la rebelde Gisela sosteniendo contra viento y marea su amor con un hombre (Otto zu Windisch-Graetz) al que, una vez obtenida la aquiescencia del emperador Paco Pepe, hubo que ennoblecer para que, de cara a la galería, el matrimonio no fuera tan desigual. El compromiso se hizo público en 1900, un año que fue transcendental en la vida de Gisela por otras razones y es que su madre, Estefanía de Bélgica se casó con un conde húngaro. Este matrimonio selló para siempre la brecha que separaba a la madre y a la hija. Una brecha que, aunque solo hubiera sido de carácter, ya habría sido suficientemente grande (Estefanía de Bélgica era una señora muy conservadora y su hija ya hemos visto cómo se las gastaba, más del rollo del padre) por si esto fuera poco, además, Gisela culpaba a su madre del trágico final de su padre y, a partir de su segundo matrimonio, dejó de tener contacto con ella mientras que recordaba cada año el aniversario de lo que, en su día, se llamó “la tragedia de Mayerling”.

Gisela y la gata Flora

A Gisela su propio matrimonio no le salió gratis. El emperador Paco Pepe aceptó a condición de que renunciase a todos sus derechos como miembro de la familia Habsburgo-Lorena. Entre ellos, por ejemplo, Gisela renunciaba al fondo de emergencia que los Habsburgo tenían para el caso de que alguno de los miembros de la familia tuviera un aprieto económico. La boda se celebró en 1902, en la capilla del Hofburg (la misma en la que cantan todos los domingos los famosos niños cantores de Viena, por cierto). La novia tenía 18 años  y se sentía, por primera vez en su vida, libre.

El matrimonio, aunque tuvo cuatro hijos, no fue muy feliz debido, quizá, al fortísimo carácter de los cónyuges. Se sucedieron infidelidades y ataques de celos por las dos partes e, incluso, corre la leyenda de que, en cierta ocasión, Gisela pilló a su marido en plena batalla amatoria con una amante y que se lió a tiros con la querindonga de su esposo.

(Aunque este comentario quizá no sea muy políticamente correcto, sobre todo viniendo de parte de quien la está biografiando, uno tiene la sensación de que Gisela era del modelo Gata Flora, ya saben mis lectores: que si se la meten chilla y si se la sacan llora, o sea que ella no estaba a gusto en la vida con nada, y nada le venía bien)

En 1911, Gisela le compró a un sobrino del emperador el castillo Schönau, el cual hizo alhajar (¡Qué bonito verbo!) ricamente. Para entonces, las batallas de platos voladores de la nieta del emperador con su marido eran un secreto a voces que empezaba a transcender. Para acallar los rumores, Gisela pasaba los inviernos con sus niños en Istria (una táctica que antes le había funcionado fenomenal a su abuela Sissi, la de poner tierra de por medio).

En estas escapadas junto al mar, conoció a un caballero llamado Egon Lerch, marino mercante, con el que tuvo una “amistad especial” hasta que el pobre fue herido de muerte durante la primera guerra mundial y se fue al fondo del mar con su submarino. Corría 1915.

Divorcios, pitotes y piquetes

En Agosto de ese mismo año, Gisela, hasta la peineta de su marido, le pidió la separación. Como sucedía con aquel tipo de asuntos de familia, se necesitaba el permiso del anciano emperador. Gran problema. Paco Pepe era un hombre de profundas convicciones religiosas  y no cedió, así que Gisela y su marido tuvieron que continuar como hasta entonces, seguramente poniéndole dos velas negras al abuelo para que cascase cuanto antes. En 1916, cuando sus plegarias fueron escuchadas y la vida del emperador hizo chimpún, desapareció el último obstáculo que impedía la disolución del matrimonio.

A la muerte del emperador se produjeron enormes enfrentamientos entre Gisela y su marido por la custodia de los hijos. Estos pleitos no se resolvieron hasta que, en 1924, los jueces terminaron fallando, como solía ser el caso en aquellos momentos, a favor del marido. Los hijos reaccionaron desesperados y se negaron en redondo a irse a vivir con su padre. Se montó un pitote monumental. Para entonces, Gisela ya era muy conocida por sus simpatías socialdemócratas, así que, cuando llegó el juez acompañado de 22 gendarmes(¡!) para llevarse a sus hijos con el padre, un piquete de más de cien trabajadores (otra vez ¡!) bloqueó la entrada del Schloss Schönau impidiendo que se consumara el hecho. El padre interpuso un recurso que fue, finalmente, desestimado por los jueces y los críos se quedaron con su madre.

No fue el fin de las aventuras de la inquieta Gisela, cuyo capítulo final contaremos en el próximo post.

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