González-Ruano y las intensidades del mal

Normandy France¿Justifica la destreza artística la inclinación al mal o, por lo menos, el olvido de la ética? “El marqués y la esvástica” de Rosa Sala Rose y Plácid García-Planas nos lleva en un viaje apasionante por la Europa de la II Guerra Mundial.

6 de Junio.- Ante todo, la emigración es, independientemente de las causas de la produzcan, una aventura vital.

Una de sus consecuencias es que, a veces, uno tiene la sensación de ser lanzado fuera de las propias casillas, fuera del estrato social en el que uno ha nacido y se siente confortable, y depositado en un lugar un poco a la intemperie, habitado por personas con las que, en otras circunstancias, no hubiera trabado nunca relación.

Durante mis casi diez años en Austria, he tenido ocasión de conocer a todo tipo de personas, inmigrantes como yo.

Personas que han aterrizado en Austria por diferentes motivos. Por amor, en muchos casos. En otros, por mera conveniencia económica o laboral –estando la vida como está, no es poco-; pero hay un cupo de inmigrantes, pongamos un cinco por ciento del total, que han aterrizado en Austria simplemente porque Austria es otro sitio más en el que dar tumbos. Una parada más en un camino que, en muchos casos, puede ser que termine de una manera oscura, turbia, o las dos cosas a la vez.

Son personas de las que la experiencia dice que hay que protegerse, principalmente porque no tienen ninguna intención de echar raíces en el país y tienden a aprovecharse de quien se acerca a ayudarles de buena fe. Avanzan siempre con una política de tierra quemada, no respetan el “ecosistema” de las personas que les echan una mano pensando que son corderos cuando, en realidad, son lobos o, mejor, parásitos omnívoros que se asientan en un lugar, agotan todos los recursos disponibles y luego se marchan, con buena suerte sin dejar rastro.

La parte buena de estas historias es que, para el ojo experto (o, simplemente, para el observador sensato) estas personas emiten constantemente señales que dicen “aléjate de mí, no soy de confianza”. Con un poco de cuidado, uno puede ponerse de perfil y minimizar los daños.

La siniestra historia de González-Ruano, falso “marqués” de Cagigal

No hacía más que pensar en esto mientras leía “El Marqués y la esvástica”, de Rosa Sala Rose y Plácid García-Planas, libro al que he vivido enganchado durante los últimos cuatro días (han estado a punto de atropellarme un par de coches y algún que otro ciclista porque, incapaz de dejar la lectura, iba por la calle con el libro abierto siguiendo los avatares de los dos investigadores).

También me acordaba de una cosa que le escuché decir a Javier Cercas. Decía el escritor que, habiendo llegado tarde a la literatura profesional y con el mundo literario muy mitificado, no tardó en descubrir que ser buen escritor no siempre equivale a ser buena persona.

El libro de Sala Rose y García-Planas trata sobre una parte de la peripecia vital del escritor español –hoy casi completamente olvidado- César González Ruano.

González Ruano fue, mis lectores españoles se situarán en un minuto, el Francisco Umbral de los años cuarenta y los cincuenta españoles.

Esto es: un columnista con una amplia parroquia de lectores, que gozaba de gran credibilidad, que disfrutaba epatando y que era tan prolífico como  brillante (aunque nunca tan brillante como él se creía, claro está).

En aquella España ruda, cerril, mediocre, en donde el gobernador civil de Cuenca consideraba que el complemento indispensable de cualquier hombre moderno era un fusil ametrallador (es histórico: lo menciona el propio González-Ruano en su “Diario íntimo”) y en una Europa asolada física, económica y (sobre todo) éticamente por la segunda guerra mundial, González-Ruano fue un gato cruel, de mirada vidriosa, siempre pegado a negocios hediondos, que contó con una buena suerte tan imbatible como solo explicable porque la gente con la que se relacionaba o bien era tan canalla como él, o bien no sabía con qué peligroso personaje se estaba jugando los cuartos.

Solo tuvo un tropiezo: en 1942 fue detenido por la Gestapo, en el París ocupado, y puesto a buen recaudo durante algo más de dos meses en la prisión de Cherche-Midi (hoy desaparecida).

Después, González-Ruano fue liberado, salió de Francia y volvió a España, en donde se ganó la vida como prolífico articulista y novelista ocasional hasta que murió de cáncer de vejiga a mediados de los sesenta.

La gran pregunta

¿Por qué la Gestapo detuvo a González-Ruano? Los historiadores, a través de una investigación apasionante intentan responder a la pregunta ¿Estuvo González-Ruano implicado en el expolio y la matanza organizada de judíos que trataban de escapar por Andorra de la deportación?

Con haber sido la respuesta a la pregunta importante, a mí me parece que lo más valioso del libro de Rosa Sala Rose y Plácid García-Planas es utilizar la figura de García-Ruano, a través de las estancias del escritor en Roma, en el Berlín nazi, en el París ocupado, para trazar un fresco transversal y preciso, quirúrgico casi, de lo que era aquella Europa.

Un fresco de lo que puede ser un sistema corrompido por las dictaduras, por la privación de grupos enteros de su estatus de seres humanos, en donde la avaricia, la crueldad, la falta de conciencia, el egoísmo, el silencio cómplice, sucio y culpable, se convierten en moneda de cambio; un sistema en el que so capa de un presunto elitismo artístico o intelectual, los personajes bailan una danza macabra que, en cada contorsión, envía a personas a Buchenwald o a Auschwitz, al olvido, al abismo en donde viven los muertos sin nombre ni tumba.

Tengo que confesar que, en algunos momentos, al leer las historias de algunos de aquellos desgraciados que fueron víctimas de González-Ruano y sus delirios de grandeza, no he podido evitar que se me saltasen las lágrimas.

Como muchos otros (austriacos también) González-Ruano se benefició de la admiración y del silencio de otros escritores contemporáneos suyos o más jóvenes, para quienes “el arte” o “el dandismo” no tenían nada que ver con la bondad o la decencia. Uno de ellos fue el mismo Francisco Umbral, el cual llamó González-Ruano maestro y le dedicó encendidos elogios poco antes de fallecer a principios del siglo XXI.

Todos tenemos miedo de algo y a veces encontramos en nuestros mitos excusas para nuestros propios actos turbios.

Hoy es el aniversario del día D. Europa no pasa por sus mejores horas. Esperemos que la Historia no se vuelva a repetir.

 

 

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